Arthur Miller, uno de los principales autores teatrales del siglo XX, encontraba en el relato breve ciertas afinidades con la obra dramática pero aclaraba que era el cuento el formato que lo acercaba más al público al “pillar desprevenido al adversario (el público o la crítica) en la sala de espera del dentista, en un tren o en un avión, o en el baño” y poder robar a cada lector desprevenido unos minutos en cualquier instante de su vida cotidiana. “Uno puede atrapar con mayor rapidez lo maravilloso por sorpresa”, afirmaba. Además, Miller se mostraba admirado del poder que le daba la narrativa corta para detener el tiempo y poder así diseccionar los pensamientos de sus personajes, al contrario que en el teatro, que le exigía condensar los acontecimientos.
“Es como este bar, es el mejor de Nueva York, ¿verdad?. Aquí ni siquiera puedes sentarte en el váter sin un billete de cien dólares en cada oreja, mira allá, al gandul de pelo gris con la fulana, empinando el codo para sacarse a su esposa de la cabeza, y ¿para qué? Para poder hacerlo con esa Sue a la que de todos modos ha pagado. Los quiero a todos. Me lego a mí mismo al mundo, a la vida, a todo ese fraude.
Me alegro de estar aquí hablando contigo. ¿A qué se debe? ¿Quién sabe por qué cruzas el puente para ir al encuentro de unas personas y no de otras? En este momento mi felicidad es absoluta. Subestiman la naturaleza de la lealtad entre hombres; es un reto de naturaleza distinta a la relación con una mujer. En ocasiones ganaba y me avergonzaba porque el puñetero caballo me obligaba a oscilar de un lado a otro cuando llegaba a la meta, en vez de hacer mi entrada con elegancia. Podía inclinarme más cerca del caballo de lo que suele ser capaz cualquier hijo de perra, pero a veces te toca un caballo con una pata rota y traqueteas como el cuerpo de un ahogado atado en un carretón sin muelles. Cabalgas por los demás jockeys, por su admiración, por el estilo. En mi última carrera, en Argentina, me empotré contra la valla, me pusieron alambres y tornillos y me soldaron veintidós huesos, y, al cabo de tres meses en el hospital, dejaron de llegar las flores. Un jockey es como una estrella de cine, con toda esa comedia día y noche y las fulanas babeando al decir tu nombre como si lo tuvieras impreso en la puñetera frente”.
Arthur Miller “Vislumbre de un Jockey”
Salud,
