Buenas, cofrades:
Al hilo de los comentarios anteriores, hago esta pequeña reflexión sobre en qué se ha convertido la clase Optimist: de una embarcación hecha artesanalmente con ocho (sí, son ocho) tableros de madera, para ser utilizada como escuela para niños con ganas de aprender a navegar divirtiéndose (o de divertirse navegando), a un inmenso negocio espoleado y dirigido por la propia Clase, que ha encontrado su mejor apoyo en unos padres supercompetitivos dispuestos a gastarse cantidades astronómicas de dinero en que sus niños no a aprendan a navegar, sino a ser los primeros a toda costa.
Los australianos han entendido mejor que nadie que hay que mantenerse lejos de este tinglado, y han sacado sus propias clases nacionales para niños.
No brindo.
