Botín por Botín
un gran para tod@s.
Ha caído en mis manos el libro de Glyn Williams titulado El mejor Botín de Todos los Océanos que narra principalmente la captura del galeón español Nuestra Señora de Covadonga por el aristócrata británico George Anson, primer barón de Anson, que llegó a ser almirante, y que en ese momento estaba mandando al HMS Centurion.
Su odisea ya la conocía por la historia naval pues su expedición
-Viaje alrededor del mundo hecho en los años desde 1740 al 1744 / por Jorge Anson -
que fue en día muy publicada y leída pues narró grandes dramas como demuestra que sólo el Centurión sobrevivió en una escuadra inicial formada por seis barcos.
Sólo por el dato que de los mil novecientos hombres que iniciaron la aventura, sólo regresaron quinientos con vida, puede revelar lo duro de la expedición.
Además las revistas y los periódicos de su época la iban contando por entregas según la versión de Philips que era un supuesto oficial del Centurion y según decía y se basaba en el "auténtico" diario de a bordo o su capellán Walter o del maestro de guardiamarinas Pascoe Thomas.
Se conocen de esta historia en siglo XVIII al menos 44 ediciones diferentes.

Pero vamos que esa ruta la llevaban practicando los Galeones de Manila habitualmente y duró la friolera de 250 años.
Y sí ,era una larga y dura travesía de 16.000 kilómetros que duraba seis meses de ida y cuatro de vuelta en la que se enfrentaban a las condiciones climáticas, al hacinamiento y al escorbuto.
Así que os podréis imaginar esas mentes calenturientas trabajando.
Lo cierto es que su aventura fue un sufrimiento y desde el punto de vista inglés, no hay un sufrimiento más sufrido que el sufrimiento británico.
En ese tiempo estábamos en la guerra hispano-británica conocida como Guerra del Asiento, que ellos llamaban la Guerra de la Oreja de Jenkins, que ya hemos visto en otros hilos y eran desacuerdos menores territoriales y económicos.
Gilipolleces para estar atizándonos años por pura rivalidad entre imperios.
Estaba claro que Anson navegaba por allí , primordialmente, para hostigar a los barcos españoles y apoyar a la resistencia contra España.
Antes de leer un libro de hechos históricos navales épicos novelado por un británico en el marco de una contienda con España, tengo que hacer un examen de conciencia para que mis neuronas se impregnen en el hecho que el imperio español controló durante más de tres siglos la mayor parte de América junto con otras tierras y los dos océanos más importantes gracias a sus hombres y a su poderío naval. Los lagos españoles les decían.
España tenía sus miserias, sí; peros los otros también las tenían y a veces más gordas y no trata de tapar las suyas y dejar caer del burro al otro.
Por eso este ejercicio de respaldar interiormente la objetividad es bueno para no caer en las bien construidas redes de las descalificaciones, de las del mundo gira alrededor de mi imperio deformando la realidad del momento.
Es cierto que la historia la escriben los vencedores como decía Orwell pero no hay que pasarse tanto.
España pintó mucho en el panorama naval y si se analiza bien, muchísimo y fue primordial por mucho que la apisonadora historicista británica se empeñe en que no.
Sin embargo Glyn Williams, pese algunas cojetás , narra la historia de esta rivalidad como una novela de aventura donde no hay sebosos españoles oliendo a ajo.
Pero no cuenta los detalles; son los detalles que hacen que la historia varíe un poco.
No cuenta que el HMS Centurion era un navío de cuarta clase de mil toneladas y 44 metros de eslora ,con 60 cañones y una tripulación de 400 almas y el Covadonga era un el típico Galeón de Manila de 34 metros de eslora armado con 5 cañones de a 12 libras y 8 de 6 libras con 264 pasajeros y 266 tripulantes entre los que había 43 soldados y 177 criados.
Con esos recursos se dispuso a combatir siendo diezmado por los pesados cañones de la batería baja del buque insignia, mientras avezados tiradores apostados en las cofas barrían la cubierta del mercante español.
Que no me cuenten historias. Murieron 60 hombres en la parte española e hirieron a los mismos con su capitán incluido, mientras que el inglés sólo tuvo 3 muertos y 15 heridos.
Sólo hay que ver esta pintura de la batalla para observar que el Covadonga es más grande que el navío de Anson para darse cuenta de esta patraña ya que era exactamente al contrario

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Pero botín por botín os quiero contar una historia que pasó 34 años después de esta aventura que quizás muchos desconozcáis.
En aquella época los hijos de los ricos y aristocráticos ingleses hacía un viaje europeo de estudios que ellos llamaban el Grand Tour.
Una vez que completaban sus estudios en las universidades de Oxford o Cambridge, y antes de ocupar sus puestos relevantes en la vida pública ya sea en el Parlamento o en la Cámara de los Lores, se tiraban viajando por Europa hasta cuatro años sabáticos para aprender idiomas, artes, esgrima, música, política y otras materias sobre todo en Francia, Países Bajos, Alemania e Italia.
Se perseguía con esta fantástica costumbre, que para ellos era una aventura, que se acercaran a la cultura moderna y clásica como a la sociedad aristocrática de los países visitados así como si entraran con buen pié en la edad adulta y el matrimonio más o menos convenido. Un viaje de iniciación.
Iban acompañados de sus preceptores, ayudas de cámara, cocineros y un largo etcétera que les asistían en sus viajeras estancias y cuya estadía final invariablemente era la Toscana italiana.
Tenían la costumbre de ir comprando en los lugares que visitaban las obras artísticos que les gustaban o las que sus preceptores le decían que tenían valor ya que el presupuesto no era un problema.

Normalmente el legado artístico final lo embarcaban en el puerto de Liborno ,un puerto libre de sospechas ya que era propiedad de los Médicis, para su transporte final a Inglaterra vía estrecho de Gibraltar.
En este contexto la fragata inglesa Werstmorland, con patente de corso, armada con veintiséis cañones y sesenta tripulantes ,estaba anclada desde marzo de 1788 recibiendo mercaderías; sólo bacalao y otros de productos alimentarios de consumo, decían ellos, pero lo que entraban también eran los tesoros comprados por los integrantes del Grand Tour convirtiéndolo en un auténtico museo flotante.
Cuando el Westmorland finalmente se hizo a la mar, era principios del año 1789 , lo hizo acompañado de dos bergantines llamados Grand Duca di Toscana y el Southampton. Su capitán Michael Wallace llevaba además en su caja fuerte una gran cantidad de dinero proveniente de las transacciones por el pago anual del bacalao.
Cuando el convoy llevaba poco tiempo navegando en se dieron cuenta que estaba persiguiéndolos los buques de línea franceses Cathon y Destine, más dos buques pequeños, que entre ambos contaban con más de cien cañones.
Tuvieron esa mala suerte de cruzarse con estos barcos que salieron de patrulla navideña y su capitán D'Espinouse se encontró con este regalo nada más zarpar del puerto de Toulon.
Era imposible oponer resistencia así que se rindieron y los franceses abordaron los barcos.
En ese momento Francia estaba contra Inglaterra por la guerra de Independencia Americana y España, aliada de Francia, también apoyaba a las colonias americanas así que el Borbón Carlos III permitía a sus parientes franceses que utilizaran, sobre todo los puertos de Cádiz y Málaga, como bases para sus hostiles operaciones navales.
Así que el 9 de enero de 1779 llegaron los Reyes Magos a Málaga.
Sobre la cubierta del Westmorland se hicieron los documentos que declaraban la captura bone prise o sea que era legal.
Como la Compañía de Longistas de Madrid estaba interesada en comprar el barco y su carga, los franceses se lo venden, después de trincar el dinero de la caja fuerte, y se quitan ese problema de en medio no sin antes rescatar de la bodega un cuadro embalado que parece ser, porque hay otras versiones, regalan a su ministro de marina de visita en el puerto.
Como al ministro tampoco le interesaba la pintura lo vendió a un marchante y ganó un dinerito porque el cuadro es el famoso Perseo y Andrómeda de Anton Raphael Mengs que adquirió Catalina II de Rusia y que ahora podemos ver en el museo Hermitage.

Cuando terminaron con las toneladas de bacalao, los 4.000 barriles de anchoas, los quesos parmesanos, las libras de seda, barriles de sal tártara, cajas con diversas medicinas y otros objetos, vieron que en el fondo habían unos 55 cajones llenos de muchos objetos artísticos.
No le dieron especial importancia y como tenían grabados en las tablas a quién iban dirigidas y eran personajes tan importantes como el hermano de Rey de Inglaterra, el duque de Gloucester, el duque de Norfolk y otros insignes nombres, lo consideraron una inversión para después revendérselas a sus antiguos y millonarios propietarios una vez acabada la guerra.
Las marcaron con una P y una Y a fuego (Presa Ynglesa) y las dejaron apartadas en un tinglado mientras que infructuosamente se discutía diplomáticamente.
Terminó la guerra y las cajas y cajones seguían olvidadas acumulando polvo en el almacén hasta que el conde de Floridablanca, primer ministro de Carlos III, le informó al rey que dentro de esas cajas había objetos de valor.
Haciendo valer su derecho de adquisición preferente el rey entró en negociaciones con la Compañía de Longistas que en principio le pidió 600.000 doblones de oro, pero al final lo cedieron por 360.000 reales de plata.
Aprovechando la coyuntura ,Floridablanca compró los retratos de Basset y Lord Lewismam y el resto de las cajas y cajones fueron trasladados en noviembre de 1783 a la Academia de San Fernando para ser abiertos y valorados.
Los cajones tenían los más diversos contenidos artísticos en su interior, más de 800, además de libros, notas y diarios, retratos, grabados y un largo etcétera.
La mayoría siguió en la Academia que el rey, imitando a sus primos franceses, había creado para servir a la instrucción a las bellas artes así que los dibujos ,esculturas, acuarelas, muebles etc. allí se quedaron, sin embargo otros se repartieron y ahora están distribuidos por distintos museos, como la chimenea de mármoles amarillos, verdes y blancos que está en el palacio Real en el salón Carlos III o la que está en la Casita del Príncipe del Pardo o los dos retratos de Pompeo Batoni, los dos únicos que el Museo del Prado tiene o los medallones de lava y colecciones de piedras en el museo Romántico y Geológico; o por último, para no dar la brasa, una de las cinco mesas de piedras duras que el Westmorland trasportaba. La que podemos ver en el Museo Natural de Ciencias Naturales de Madrid. El tablero exhibe un 72 muestras de los mármoles, alabastros y otras rocas.
Así mientras, por ejemplo, vemos en el Museo del Prado este cuadro

podemos pensar de que parte del dinero del botín del galeón Ntra.Sra. de Covadonga sirvió para pagarlo.
Saludos  Andrés
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