2 a 4 de diciembre – Mindelo, Cabo Verde
Ya estamos en el mar, de nuevo en el Atlántico, tras una parada en Mindelo, en la isla de San Vicente, Cabo Verde. Lo cierto es que han sido días llenos de actividad y no hemos tenido prácticamente tiempo de nada más que de poner el barco a punto, hacer turismo y divertirnos, lo que no es poco.
Como os anunciaba, llegamos a Mindelo el día 2 de diciembre, de la que la tarde anterior a las 18:30 nos separaban 195 millas … pues bien, nos las merendamos, literalmente volando, puesto que a las 14:00 estábamos amarrando. Habíamos recorrido 195 millas en menos de 18 horas y un total de aproximadamente 850 (más la “propina” que nunca debemos olvidar) en cuatro días y dos horas.
El día 2 amaneció con buena visibilidad, y quienes estaban de guardia pudieron ver en la distancia la isla de Santo Antao, que está junto a la que es nuestro destino, pero se levantó una impresionante calima que redujo la visibilidad a aproximadamente un par de millas. Así, cuando las dos islas fueron apareciendo sucesivamente, lo hicieron como leves sombras al principio, revelándose luego en toda su majestuosa altura, propia de formaciones volcánicas.
Unas millas antes de llegar, y mucho antes de lo que lo hacemos habitualmente, fue necesario poner el motor en marcha, debido a que el rebote del viento en la isla de Santo Antao nos dejó parados y flotando como un corcho, lo que tras la furiosa navegada de la noche y la mañana anteriores fue como una especie de anticlímax. Y, de paso, nos permitió recrearnos en la observación de las islas a las que nos acercábamos, aparentemente tan áridas que su nombre parece una ironía, igual que lo es el del Cabo del Viento en la isla de Santo Antao, puesto que nos recibió con la calma chicha que ya he comentado.
Entramos en el puerto de Mindelo, amarramos, y nos pusimos a arranchar el barco como paso previo a una buena y merecida ducha, todo ello tras algunas llamadas a familiares y amigos más cercanos. Entretanto, JuanLu y César fueron a las oficinas de aduanas y policía portuaria para dar cuenta de nuestra llegada y realizar los trámites necesarios.
A medida que íbamos acabando de ducharnos, nos íbamos concentrando en el punto en el que primero piensa un navegante al llegar a tierra, es decir, un sitio en el que tomar una cerveza bien fría … Cuando llegué, los mallorquines continentales, Lluis, Óscar y Xavier, junto con el ibicenco titular de la tripu, José; acompañados, como no podía ser de otra manera, por el navarro más “salao” de la tripulación, Don Miguel, habían tomado al asalto una estupenda mesa junto al mar, en un bar que estaba sobre el mar, el “Bar Flutuante” de la Marina de Mindelo. Allí estaban dedicados a la muy marinera actividad de trasegar heladas doradas de producción local, mientras conversaban animadamente … con sus teléfonos móviles a base de whatsapp … Yo, para no interrumpir, pedí una cerveza bien fría y me puse a verificar mis whatsapps y correos electrónicos, más que nada porque estaban los piratones tan concentrados que me dio la impresión de que si les distraía podían emprenderla conmigo a base de golpes de teléfono, y esos trastos son duros.
Es de justicia, sin embargo, reconocer que el brote de antisocial compulsión telemática fue de corta duración y al poco rato estábamos atronando la marina con nuestros comentarios y risas. Poco después llegaron Juan Luis y César, acompañados por Emma y Duna, con la noticia de que éramos oficialmente visitantes legales de la isla. Así que nos fuimos a pasear y buscar un lugar para cenar que César conocía, el Pica Pau, uno de esos sitios en los que no te meterías si no lo conoces, pero es que sale en la “Guía del Trotamundos”, en Trip Advisor y figura en la memoria de muchos marinos … y cuando te asomas a su vetusto comedor, ves las paredes llenas de notas escritas por tripulaciones de barcos, gorras, gallardetes … así que inmediatamente piensas que el lugar valdrá la pena, por vetustos que estén el mobiliario, las instalaciones y el dueño. Reservamos mesa para una hora más tarde y nos fuimos a pasear y, ¿ a que lo adivináis? … Pues sí, a hacer tiempo y …. ¡¡¡a tomar otra cerveza!!!!
Mindelo es un lugar que te asalta los sentidos, en todos los sentidos, tiene una belleza peculiar, donde se mezclan edificios nuevos con otros sin acabar, otros antiguos y remozados, otros decrépitos, todo ello con un inconfundible estilo colonial que, si no fuera porque es más pequeño, se habla portugués, y los coches no tienen cincuenta años, te podría hacer pensar que estás en La Habana. La población es en su mayoría mulata y habla portugués o “creole”, una extraña mezcla de diversos idiomas que encontramos a todo lo ancho del Atlántico tropical y subtropical, lo he oído en Cabo Verde y en un sitio tan alejado de aquí como Dominica o Antigua … Se ve que es un lugar pobre, y supongo que los ingresos que proporcionan la marina y sus visitantes son más que bienvenidos, también existen pesquerías y no sé si mucho más. Aquí las cosas todavía se reparan en vez de cambiarse sin más, vas por la calle y cada dos por tres te asaltan críos que deberían estar en la escuela pidiendo dinero, o adultos, o te ofrecen cualquier cosa imaginable, desde chucherías, camisetas y gorras a cosas bastante menos inocentes.
Tras esta primera impresión, llegamos al Pica Pau a la hora convenida, aunque teniendo en cuenta el tiempo que pasó hasta que llegó la cena, la hora debía ser orientativa, sin embargo, ello no supuso un problema, más bien al contrario. Tuvimos tiempo de charlar, de reír, de tomar unas cervezas (sí, es que nos gustan mucho) y comentar los cuatro días de travesía. Además, César encontró el escrito que había dejado en su anterior visita a Mindelo con el Sargantal, su barco, travesía en la que iba acompañado, entre otros, por un buen amigo común, Joan Boned, quien durante los últimos años ha sido el comodoro del Náutico de Palma, cargo que desempeñó con notable acierto y éxito. Hoy Joan es el navegante del mítico velero clásico Moonbeam, una preciosidad de más de 100 años que se dedica a participar en regatas y deleitarnos con su preciosa estampa allí donde va. Pues bien, el testimonio que escribió Joan con ocasión de la visita de Sargantal a Mindelo era prácticamente una glosa, y nos hizo mucha ilusión leerla, aunque no sería capaz ahora de reproducirla (te pido disculpas Joan).
Llegó la cena, langosta, langosta y más langosta, acompañada con patatas fritas, ensalada y arroz … y, no, no, esta vez cerveza no (es que seguro que ya lo estabais pensando), esta vez fue vino blanco. De postre nos ofrecieron papaya confitada y queso, estaba realmente bueno, aunque tal vez inusual para nuestros paladares y, como colofón, Pau nos obsequió con un brebaje casero a base de ron que entraba divinamente, tan divinamente que entre los nueve que éramos, la botella duró lo suficiente como para animarnos a dejar a una nota en recuerdo de nuestra presencia.
Me pidieron a mí que pensara un poco en qué escribir, yo dije aquello de “bueno, vale … pero que escriba otro porque si lo escribo yo nadie entenderá mi letra” así que Oscar se brindó a escribir y yo quedé encargado de pensar y dictar … Y claro, los mallorquines no somos competitivos, ni envidiosos, ni celosos, pero lo que ocurre es que si vas a un sitio y un mallorquín deja una glosa en un sitio, el siguiente mallorquín que pasa tiene que hacer lo mismo o no hacer nada. Es decir, que si escribes algo, será una glosa, o no escribes nada, y yo tenía un listón alto que superar, puesto por mi buen amigo Joan, así que me apliqué todo lo que pude… este fue el resultado:
“…
Nueve almas a Mindelo arribaron
A bordo de Ocean Phoenix de allende los mares llegaron
Gran acogida en Pica Pau gozaron
Cuanta langosta pudieron devoraron
Y a Mindelo por regresar votaron
…”
Llegó el momento de pedir la cuenta … nos quedamos impresionados, del todo, con todo, nos salió a 22 euros por barba. Como habíamos gastado poco, pues decidimos contribuir a la economía local haciendo un poco más de gasto y fuimos a tomar unas copas a Playa Carabela, junto al puerto, que fueron el colofón perfecto para la velada.
Al día siguiente nos levantamos y, puesto que habíamos decidido hacer turismo por Sao Vicente en lugar de irnos a la isla de Sao Anton, César había organizado una furgoneta para llevarnos a comer a Praia das Gatas, al otro lado de la isla. Antes de salir, había que ir a comprar algunas provisiones, así que Miguel, Xavier se fueron con Emma a comprar comida mientras que José, Lluis, Oscar y yo asumimos la delicada misión de adquirir lo verdaderamente importante para la travesía … las cervezas, el ron y el vino, ah ... ¡¡¡y chanclas!!!
Una vez equipados, nos reunimos en nuestro transporte, una impresionante camioneta equipada con bancos de madera corridos en la caja trasera, protegida del sol con una lona sobre un armazón metálico y, lo más importante, el salpicadero cubierto con una especie de tela de pelos largos a la última moda caboverdiana. Sin dudarlo, y al grito de ¿qué somos, marines o muñecas? algunos recordando sus tiempos de la mili, trepamos a la trasera de la carroza mientras Miguel se acomodaba en la marina. Emprendimos la marcha y en minutos estuvimos en las afueras de Mindelo siguiendo una carretera adoquinada que serpenteaba montaña arriba … a medida que nos alejábamos del centro, las viviendas y edificaciones eran cada vez más básicas y pobres.
El paisaje es seco, la tierra volcánica, el aire limpio, nosotros lo contemplamos y absorbemos mientras vamos comentando lo que vemos y comparamos con sitios como Lanzarote, similares pero mucho más avanzados. De repente, empezamos a bajar y volvemos a ver el mar, mientras observamos como en ese lado de la isla los arbustos (árboles hay pocos o ninguno) crecen doblados hacia el Sur, revelando que el viento predominante en la zona es el que nos ha traído hasta aquí, viento del Norte.
Frente a nosotros se extiende una amplia bahía que ofrece dos playas, una de ellas más o menos urbanizada, con algunas casas bastante más grandes y, por decirlo de algún modo, lujosas que lo que se acostumbra a ver por aquí, algo parecido a las casas de playa que se hacían en España en los años sesenta. Más tarde nos confirmarían que este tipo de viviendas pertenecen a gente que trabaja en Europa o a residentes adinerados que las utilizan en fines de semana y vacaciones. También, a mano derecha de la carretera, vimos una especie de poblado de pescadores … al que volveríamos más tarde.
Llegamos a la playa, un sitio realmente bonito, con arena volcánica y donde uno podía nadar gracias a una especie de diques hechos con rocas que habilitaban unas estupendas lagunas realmente adecuadas para darse un bañito. El chofer-guía nos sugirió comer y luego ir a la playa, no le hicimos caso y luego lo lamentaríamos, puesto que mientras nosotros paseábamos por la playa, hacíamos fotos como si nunca hubiésemos visto el mar y nos mojábamos los pies, excepto Óscar y Duna que se bañaron, con la diferencia de que al salir él no se revolcó por la arena como sí hizo la mascota del barco; llegó un autobús con un grupo de unos treinta turistas alemanes que tomaron la terraza del restaurante al asalto.
Las consecuencias de no hacer caso a George fueron duras, más que nada porque nos quedamos sin mesa a la sombra y hubo que improvisar a base de sombrillas y, sobre todo, porque los teutones venían con mucha hambre y arrasaron con las existencias de atún del restaurante. Nosotros al final optamos por pedir unas raciones de pulpo y de gambas a la plancha como entrante y, después, una parrillada mixta de pescado en la que hubo diversas especies locales, todas ellas muy sabrosas. Fue una comida muy agradable, pero nuestras europeas mentalidades no acaban de adaptarse al ritmo que impera por aquí, estuvimos esperando la comida más de una hora … pero, como dijo César, así nos vamos adaptando al ritmo caribeño … ¿recuerdan Vds. aquel anuncio de Malibú piña y su “no me estreses”? … Pues eso.
A media comida vimos aparecer una serie de velas, se dirigían a donde habíamos visto el asentamiento pesquero, así que supusimos que eran pescadores. En efecto, George nos confirmó que esta gente salía cada día navegando hasta la relativamente cercana isla de Santa Lucia y, tras completar una noche de pesca, volvían a Praia das Gatas.
Tras la comida, decidimos acercarnos a ver si podíamos comprar algo de pescado fresco, pero llegamos tarde (se ve que ya nos íbamos adaptando al ritmo de la zona con lo de los tiempos) y las capturas ya estaban camino del mercado de Mindelo. Sin embargo, tuvimos la oportunidad de ver las embarcaciones varadas en la playa, sólidas barcas de madera de entre cinco y siete metros, sin motor, impulsadas por velas hechas con sacos de patatas o similares cosidos unos a otros y envergadas en mástiles que obviamente eran poco más que secciones más o menos rectas de algún árbol peladas y pulidas. Con eso se van a pescar al quinto pino, vuelven todos los días y sin comodidad alguna a bordo, mientras nosotros nos preocupamos cuando no funciona el agua caliente … Una vez más, un mundo muy distinto, a pesar de estar separado por unas pocas horas de vuelo del nuestro o, para nosotros, cuatro días y dos horas de navegación.
Regresamos a Mindelo, dejamos las cosas en el barco y unos fueron al bar a aprovechar la existencia de wi-fi, yo acompañé a Óscar a comprar tabaco que resultó estar a un precio increíble, 24 euros un cartón de Marlboro, y luego fuimos a dar un paseo. Miguel, por su parte, eterno emprendedor y explorador de posibilidades, había quedado con una empresaria local que le acompañaría a la mejor carnicería de la ciudad, y se presentó con sus capturas, consistentes en buena carne de ternera y conejos que, si no me equivoco, están destinados a ser cocinados con cebolla.
Y, nuevamente, llegó la hora de cenar, fuimos a un local donde había música en directo y disfrutamos de otra suculenta cena por menos de veinte euros por cabeza, luego nos fuimos a tomar una o dos copas a la Taberna del Cube Náutico, sita frente a la Marina de Mindelo y, por fin, a dormir, que mañana había que navegar.
El viernes por la mañana, día 4, la mañana pasó rápida, nos levantamos entre las siete y media y las ocho, Juan Luis y Miguel fueron a hacer los trámites de salida del país de la tripulación y el barco, los demás desayunamos, hicimos las típicas llamadas de despedida, preparamos el barco y, casi sin darnos cuenta, a eso de las 11 ya estábamos fuera de Mindelo con las velas arriba y rumbo a las Américas … y aquí estamos ahora, en pleno Atlántico, pero eso es otra historia que os contaré mañana.
Por cierto, ya estoy recuperado de mi rodilla, a ver si la próxima vez presto más atención a lo que hacen las escotas.
Ocean Phoenix, en alta mar, Jaime Darder,



salud!!!