11 de diciembre – “Sólo” faltan 600 millas
Un nuevo día a bordo del Ocean Phoenix, en pleno Atlántico, muy lejos de su base del Club de Mar, desde donde zarpó el 16 de noviembre, nuestro barco se halla cada dia más cerca de Santa Lucía, ahora mismo son las 15:30 HRB (Hora Reloj Bitácora) que son las 18:30 en España y estamos a 615 millas de nuestro punto de arribada en tierras caribeñas, es decir, desde que ayer a las 17:30 rebasamos la marca de 800 millas hemos recorrido unas respetables 185 millas en 22 horas y con toda seguridad completaremos otra singladura de 200 millas o incluso un poquito más antes de las cinco y media de la tarde.
Esto quiere decir que nos quedarán aproximadamente tres días de viaje y deberíamos estar llegando a puerto por la tarde del lunes día 14 de diciembre. La idea es pasar uno o dos días en Santa Lucía, donde se apeará Miguel, y luego dirigirnos sin prisas hasta Guadalupe, pasando por Martinica y Dominica, donde iremos desembarcando el resto de nosotros.
Ahora mismo se produce un efecto muy curioso, todos navegamos, normalmente en el Mediterráneo, somos tipos que sin problemas nos hacemos alguna que otra travesía de 100 ó 200 millas, que nos parecen largas … ahora 600 millas nos parecen una especie de paseo, pero es que hay que tener en cuenta que todos llevamos ya al menos 2300 millas desde que salimos de Tenerife, a esas les tengo que sumar yo las 850 de Cádiz a Tenerife, con lo que yo llevo ya navegadas 3150 millas desde que subí a bordo el día 21 de noviembre, en mi caso llevo ya 16 días y pico de navegación, los demás unos doce, y el Capi, César y Emma están navegando desde que salieron de Palma.
Todo esto produce un curioso estado de ánimo, puesto que por una parte ves cada vez más cerca un sueño cumplido, la vuelta a casa, estar con los que quieres, la vuelta a eso que llamamos “normalidad”, no es que te apetezca, simplemente va a pasar y sabes que es así. Por otro lado, una parte de ti no quiere que esto acabe, separar te de tus compañeros de travesía, que sabes que son ya amigos para siempre, ni bajarte de esta nave que te ha llevado sin desfallecer a lo largo de miles de millas, protegiéndote, pidiéndote atención, cobijándote, en una palabra, convirtiéndose en un mundo aparte dentro de un mundo en el que cada vez hay menos libertad y menos retos que sean una verdadera aventura. Hoy día incluso esta travesía a veces parece una especie de capricho, hasta que te ves con olas de seis metros y vientos de 30 nudos que empujan a tu barco a medias de 12 y con puntas en ocasiones superiores a los 20, hasta que oyes que otro barco con el que has coincidido en un puerto se ha hundido, hasta que Salvamento Marítimo difunde un mensaje diciendo que hay una patera desaparecida con setenta personas a bordo… Por dulce que sea la travesía, y esta lo está siendo, no deja de ser un reto, una aventura donde el peligro acecha en forma de chubasco, ola cruzada, tormenta eléctrica, rotura de una vela, caída al agua, un resbalón, cualquier cosa que hace que la navegación pase de ser un placer a una situación caótica y de extremo peligro. Pienso que el mar es posiblemente el último espacio de aventura en pleno contacto con la naturaleza y con muy remotas posibilidades de ayuda inmediata en caso de problemas, y el hecho de poderlo combinar con las comodidades de un barco moderno hace que tendamos a subestimar el peligro de lo que no deja de ser un medio hostil en el que nuestras fuerzas si no van acompañadas de habilidad, inteligencia, resistencia y coraje, de muy poco sirven.
Y ahora hablemos de navegación, ayer pudimos por fin trasluchar, pensábamos hacerlo hoy, pero el role que esperábamos se produjo a eso de las nueve y media de la noche, por lo que trasluchamos ayer a eso de las diez de la noche, no sin dificultad, por cierto. La dificultad no fue debido a malas condiciones atmosféricas, ni a que la liásemos en la maniobra, sino a que tanta navegación a orejas de burro, amurados a estribor, ha afectado a algunos de los tornillos que sujetan el carro del tangón de espinaker, que es el utilizado para fijar el Génova al navegar en esta configuración vélica. Así, algunos de estos tornillos, cuyas cabezas sobresalían del carril, impedían que el carro se pudiese izar con normalidad. Sin embargo, Juan Luis compareció armado de algunas herramientas, se subió al palo y procedió a solventar la situación en unos minutos, así que pudimos completar la trasluchada sin mayores problemas, aunque en total esta operación que suele durar unos quince minutos se prolongó durante el doble de tiempo, tal vez incluso más. Ello tuvo la ventaja de que al ocurrir tanta cosa mi guardia pareciese mucho más corta.
El efecto de la trasluchada es que ahora nuestra proa no apunta ya hacia Puerto Rico, sino hacia Santa Lucía y que nuestra VMG coincide prácticamente con la velocidad a la que navegamos.
Y mañana … más.
Ocean Phoenix, en alta mar, Jaime Darder.



Saludc!!!