Re: El mejor momento es.... siempre.
Recuerdo la espera, la angustia exacta, los nervios, el frío en la UVI, las enfermeras, los médicos. Aquella antesala con la máquina que proporciona batas y calzas de plástico azul para revestirte y entrar en aquel lugar frío y aquel olor a medicinas, que las máquinas sin perdón y sin parar pasan horas trabajando a contra-reloj con sus sensores a punto de dar aviso de algo.
No quería ni comer, porque me parecía terrible que me pudieran llamar y estar comiendo aquellos sandwiches que nunca jamás volveré a probar sin náuseas.
Recuerdo el miedo de irme a casa a dormir y pasarme horas fumando en la terraza buscando estrellas fugaces a quien pedir milagros, y pestañas en las manos, como si a mi edad pudiera creer como cuando tenía siete años.
Recuerdo no saber qué decir, solo repetir y repetirme a mí misma que aguanta, lucha. Todo lo cotidiano me parecía insoportable y lo importante, amenazador.
Las caras de pena de los otros familiares de otros enfermos, que ni nos atrevíamos a mirarnos a los ojos y bajar la cabeza cuando nos cruzábamos en aquella antesala de plásticos azules.
Recuerdo estar muy enfadada. También la cara de los médicos, las enfermeras, el cariño y el apoyo moral esa mirada sincera de no hay solución, hacemos lo que podemos, vete a descansar: te llamamos, tranquila. Y sabemos que duele. Y mucho.
El teléfono que no deja de sonar, el mío, el suyo, las lágrimas de pena de su amigo por lo brusco de mis palabras. Las cosas son así dije. Dura. Insensible. y darme cuenta que estaba sobreviviendo a aquello a base de actuar.
No me cuesta sonreírle y mirarle a los ojos. Si me cuesta aceptar que es mejor para él, que acabe esto por él. Es mucho aprender. Pero se aprende.
Y luego llegan más amigos y familia. Recuerdo el pasillo, mirar la ventana y sentir miedo, mucho miedo.
Las lágrimas de todo el mundo, el murmullo que te va calando sin tú quererlo, y entonces decides quitarte la bata de de plástico sin parar de sentir ahogo y más miedo. Por mis hijas, por el, por mi. Nunca más.
Y a pesar de tanta angustia, haría lo que fuera porque hoy fuera aquel día. Porque los recuerdos son, en medio de tanto dolor, importantes y hermosos.
Y la esperanza, incluso cuando era imposible, y solo queda inventártela, pensar que la fatalidad en la vida no te toca a ti, como si pudieras fabular que eso no te está pasando, también se aprende. Para no derrumbarte.
A lo único que no se aprende es a dejar de echar de menos. A eso jamás se aprende.
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Avrei voglia di correre all’infinito
e vedermi arrivare sempre prima di me
e
Avrei tanta voglia di te
B. Costa
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