Admirado y mucho Eduardo Mendoza.

Felicidades!
Riña de Gatos
...../
Había llegado a Neptuno cuando arreció la lluvia. No sabiendo dónde
refugiarse, ganó en dos zancadas la escalera del Museo del Prado y se dirigió a la
taquilla. Dado lo temprano de la hora y la escasez de visitantes, la taquillera lo
reconoció y, con una amabilidad que en medio de su desamparo le resultó
conmovedora, le dejó pasar sin pedirle una credencial que también le había sido
robada. Ya bajo techo, y todavía irresoluto sobre el camino a seguir, dejó que sus
pasos le llevaran una vez más a la sala de Velázquez. Iba a ver Las hilanderas,
pero al pasar por delante de Menipo se detuvo en seco, conminado por la mirada
de aquel personaje, mitad filósofo, mitad granuja. Siempre le había parecido
extraña la elección del asunto por parte de Velázquez. En 1640 Velázquez pintó
dos retratos, Menipo y Esopo, destinados competir en el favor del rey con dos
retratos muy parecidos de Pedro Pablo Rubens, a la sazón en Madrid. Rubens
pintó a Demócrito y a Heráclito, dos filósofos griegos de fama universal. Por el
contrario, Velázquez eligió dos personajes de escasa relevancia, uno de ellos casi
desconocido. Esopo era un fabulista y Menipo un filósofo cínico del que nada
seguro ha llegado hasta nosotros, salvo lo que cuentan Luciano de Samosata y
Diógenes Laercio. Según éstos, Menipo nació esclavo y se afilió a la secta de los
cínicos, ganó mucho dinero por métodos de dudosa rectitud y en Tebas perdió
cuanto tenía. La leyenda refiere que ascendió al Olimpo y descendió al Hades y en
los dos lugares encontró lo mismo: corrupción, engaño y vileza. Velázquez lo pinta
como un hombre enjuto, entrado en años, pero todavía lleno de energía, vestido
de harapos, sin hogar ni posesiones materiales y sin más recursos que su
inteligencia y su serenidad frente a las adversidades. Esopo, su pareja pictórica,
sostiene un grueso libro en la mano derecha, en el que sin duda están escritas sus
célebres aunque humildes fábulas. A Menipo también le acompaña un libro, pero
está en el suelo, abierto y con una página rasgada, como si todo cuanto se hubiese
escrito careciera de interés. ¿Qué habría querido decir Velázquez al elegir este
personaje evanescente, siempre en camino hacia ninguna meta, salvo el incesante
y reiterado desengaño? En aquellos años Velázquez era justamente lo contrario:
un joven artista en busca del reconocimiento artístico y, sobre todo, del
encumbramiento social. Tal vez pintó a Menipo como advertencia, para
recordarse a sí mismo que al final del camino hacia la cumbre no nos espera la
gloria, sino el desencanto.
/...............
Para quien no lo haya leído, una sinopsis:
Un inglés llamado Anthony Whitelands llega a bordo de un tren al Madrid convulso de la primavera de 1936. Deberá autenticar un cuadro desconocido, perteneciente a un amigo de José Antonio Primo de Rivera, cuyo valor económico puede resultar determinante para favorecer un cambio político crucial en la historia de España. Turbulentos amores con mujeres de distintas clases sociales distraen al crítico de arte sin darle tiempo a calibrar cómo se van multiplicando sus perseguidores: policías, diplomáticos, políticos y espías, en una atmósfera de conspiración y de algarada.