Dibufirma de Poilhes.
Hola navegantes.
De Béziers salimos para una de las etapas más sorprendentes del viaje, donde navegamos con el Corto Matés por puentes y acueductos, por encima de ciudades, ríos y carreteras, y por un túnel excavado en la roca de una montaña por debajo de cual hay otro túnel para el ferrocarril. Impresionante. Y llegamos a dormir a Poilhes, un sitio anodino pero tranquilísimo.
Cuando íbamos a cenar se acercaron por la orilla un chico joven y tres niñas. Enseguida nos enrollamos con ellos y les invitamos a ver el velero por dentro. Al principio todas dijeron que no pero con la boca pequeña, y seguían mirándonos de reojo. Al final la pequeña, Lupita, fue la que se decidió, se acercó a nosotros y nos dijo que ella sí quería verlo. Nada más subirla a bordo me preguntó:
- ¿Por qué se mueve el suelo?.
¡Y eso que estábamos en el canal y sin ningún barco pasando!. Como era la primera vez en su vida que se subía a un barco le extrañaba hasta el pequeño meneo de su propio peso al embarcar. Naturalmente cuando la vieron a bordo se animaron las demás. El chico nos contó que se había comprado un velero de unos ocho metros, no recuerdo en qué puerto del Mediterráneo, y estaba esperando a poder traerlo por los canales hasta Poilhes para restaurarlo, y que luego tenía la ilusión de hacer largas navegaciones. Estaba en aquel pueblo porque había encontrado una ganga de piso en el anexo a la escuela. Al parecer en Francia era habitual que las escuelas de los pueblos tuvieran anexa una vivienda para el maestro. Como ya casi nadie quiere vivir en esos sitios, las viviendas que no se utilizan por el maestro se venden o se alquilan, y él vivía allí aunque no tuviera nada que ver con la docencia. Cuando se marcharon nos quedamos Ana y yo en aquél rinconcito en la calma más absoluta, con el barco quieto como una cama sobre sus cuatro patas.

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