MOAÑA - CULATRA
Todo listo y el barco a son de mar salimos de Moaña a media mañana de un miércoles de finales de Junio, tras haber efectuado las últimas compras de frutas y verduras en el mercadillo semanal, con el segundo frigo bien surtido de provisiones que había ido cocinando anteriormente y envasado al vacío, que gran invento la maquinita de marras para ampliar la despensa en largas navegaciones, además de un saco de mejillones, obsequio de un amigo bateeiro ¡vamos a tener moluscos hasta que nos salgan por las orejas!
Empezamos el crucero sin viento, quemando gasoil y despidiéndonos de las queridas rías gallegas con un hasta pronto. Aquí dejamos muchos buenos recuerdos y amigos que demandan nuestro regreso, no sabemos cuándo será la vuelta, pero seguro que no pasará mucho tiempo de volver a disfrutarlas, estas aguas tiran mucho.
El anticiclón reinante que está achicharrando media península, está un poco caprichoso en cuanto al viento por su ausencia y parece dispuesto a amargarnos el primer día de travesía, teniendo que navegar sin detener el motor hasta arribar a Viana. He de apuntar, que en mis ocho anteriores bajadas de la costa portuguesa, solo en dos ocasiones había tocado tierra, una en Lisboa, la primera y otra en Peniche a recoger tripulantes para la regata del Atlántico de 2006, así que en esta novena bajada me la he planteado con algo más calma, un poco para dar tiempo a Mª Eugenia que se amarinase.
Así que como digo entramos en Viana dispuestos a pasar la noche en el pantalán del antepuerto, pero se nota que el verano está cerca y a las nueve de la tarde ya está completo, ni me planteo entrar en la marina, me voy a la otra orilla del rio Lima, no muy lejos del puente Eiffel, largo el ancla y tan pichis disponemos la cena en la quietud del lugar a pesar de la corriente de marea, que en algunos momentos supera los dos nudos, de sobremesa estudio la meteo y la singladura para el día siguiente.
Con todo el tacto posible y augurando una benigna meteorología, insinúo a mi chica el hacer Viana - Peniche del tirón, poco más de veinticuatro horas de navegación, yo sé que no la hace mucha gracia pero cede ante mis ganas de navegar en la noche, sabe que las disfruto cuando las condiciones son buenas y la presente previsión es magnífica, pero me advierte que no hará guardias en medio de la noche, lo cual no me preocupa ya que en estos casos siempre me planteo la navegación en solitario.
Salimos de la ciudad que lleva mi apellido sin haber madrugado demasiado, acompasando la salida a la marea vaciante, acompañados de los desentonados cánticos de algunos gamberretes que no se resignan acabar la juerga. La brisa del norte al fin ha entrado, sin mucha firmeza pero si con la suficiente para que el Bahía avance rumbo sur por encima de los cinco nudos, ¡como se notan las velas nuevas y el casco limpio!.
Una de mis razones a tener un poco antipatía a la costa portuguesa y por ende hacer, sobre todo, las bajadas del tirón, bastante alejado mar adentro, son las incontables y odiosas artes de pesca de la que está sembrada toda la cornisa atlántica. En esta ocasión Mª Eugenia, sabedora de los inconvenientes de la navegación costera, en la que siempre hemos de estar pendientes de no pillar alguna de estas trampas, a veces muy poco visibles (ya agarramos una en la ría de Vigo no hace muchos días, por el que tuve que darme un inesperado baño) ha estado muchas horas de vigía presta a variar el rumbo del piloto.
Trazo una derrota para alejarme lo más posible de la costa aunque hagamos algunas millas de más, pero da igual, las dichosas boyas seguimos viéndolas pasar, por fortuna ninguna que se interponga en nuestra ruta. Al anochecer arranco el motor para cargar baterías, el día ha estado bastante gris y las placas solares no han acumulado suficientes amperios, el piloto más las dos neveras consumen lo suyo, aunque por el momento vamos sobrados.
La noche como la esperaba, cielo despejado y un esplendido cielo estrellado sin luna, poca actividad náutica por la zona, solo un par de mercantes a la altura de Oporto controlados en el AIS, que pasan relativamente cerca pero me extraña no ver mucho movimiento de pesqueros, cuando hace unos meses en estas mismas aguas no pude ni echar una cabezadita.
Sin nada reseñable que destacar amanece un sol radiante, he podido dormir unos buenos ratos y Mª Eugenia se levanta feliz de haber tenido una noche tranquila, me releva en la guardia y aprovecho a dormir profundamente un par de horas, es una sensación muy reparadora antes de arribar a nuestro objetivo, el puerto de Peniche. En este caso el pantalán de visitantes está prácticamente vacío, amarramos donde bien nos ha parecido y pronto tenemos a un policía pidiendo documentaciones.
Poco ha cambiado Peniche desde que estuve hace doce años, lo recordaba tal cual, sus calles tranquilas, sus restaurantes y su fortaleza bastión testigo de glorias pasadas. El contramaestre de la marina nos ha recomendado cenar en el Sardinha y la verdad que hemos salido muy satisfechos con el estómago llenos de pulpo y bacalao a la brasa.
Un nuevo día y nueva navegación, noventa y seis millas por delante, objetivo Sines. Salimos de madrugada, a la vez que otros dos barcos de bandera inglesa que llegaron en la tarde de ayer, aunque son de mayor eslora ya tengo la diversión, regata asegurada a nada que entren un poco al trapo y así ha sido, el viento del norte en la costa que discurre hasta cabo Roca ha sido inestable y rolón lo que me ha obligado a maniobrar constantemente para demostrar la garra marinera del Bahia con lo que hasta Lisboa se me ha pasado la mañana sin enterarme, luego ya nos quedamos solos y como si la regata hubiera acabado, también Eolo nos abandona, vuelta al motor hasta cabo Espichel desde donde de nuevo con viento de popa alcanzamos el puerto de Sines. Hemos recorrido casi cien millas en catorce horas, una buena media.
Largamos ancla dentro de la pequeña bahía junto al club náutico, situada en lo más profundo del muelle comercial, un buen lugar para hacer noche, cenamos y preparo la singladura del día siguiente, con la duda de si salir con una situación de tormentas para hacer sesenta millas hasta Sagres o esperar un día y hacer cien de una tacada hasta Culatra.
No me gustan nada las tormentas, pero en las previsiones no aparecían como eléctricas así que nos decidimos a salir y vaya topetazo, la primera en la frente. Mª Eugenia se debía de estar acordando de todos mis antepasados ante el cariz que ha tomado la mar y menos mal que no se ha enterado, desde el camarote, de los rayos que han caído, eso sí, un poco distantes para mi tranquilidad, en cuanto a la navegación rara de nuevo, viento de los cuatro cuadrantes con los chubascos, motor en las ocasiones que se pone de proa, y lluvia, mucha lluvia, tampoco nada fuera de lo que no estemos acostumbrados pero desagradable, navegamos algo más rizados de lo habitual con vientos en torno a los veintitantos nudos, con un fuerte chubasco de treinta y cinco que nos hace volar por encima de nueve nudos y la mar subiendo rápidamente a fuerte marejada.
Doblamos San Vicente pasado medio día y desde el mirador de la explanada, expectación de los turistas que visitan el faro, viendo allá abajo un velerito evolucionar entre las olas, traslucho y mar llana al otro lado del cabo, unas millas más y arribamos al puertecillo de Sagres o más bien de Baleeira, pero no nos gusta el lugar y volvemos una milla atrás a fondear en la playa de Sagres, donde hemos visto otros veleros.
Desestibamos el dinghy que va amarrado en cubierta para dar una vueltecilla y que Rufino trastee por las esquinas que ya ve tierra con nostalgia. El paseo por la población me decepciona bastante ya que me esperaba una villa con más encanto aristocrático, de la que fuera residencia del ilustre infante Don Enrique "El Navegante" pero del Sagres medieval no queda nada, solo nos encontramos un pueblo turístico de casas y apartamentos para guiris, sin más, una cerveza "Sagres" en una terraza y al Bahía a cenar.
Ya estamos en el sur y otra de las novedades de esta navegación es que nunca había quemado tanto gasoil en una bajada portuguesa, al final voy a andar justillo antes de repostar en Gibraltar, esperemos se cumplan las previsiones de viento de Poniente para los próximos días en todo el sur peninsular.
Ultima travesía antes de alcanzar nuestro objetivo en Culatra y poder detenernos un par de días. Las poco más de cincuenta millas entre Sagres y Culatra, una maravilla para los sentidos, cielo despejado, brisa de tierra, mar llana y el Bahia las Islas navegando por el través a seis nudos, vuelta a la vigilia de las dichosas boyas, aunque alejándonos de la proyección del cabo San Vicente son menos frecuentes.
Comemos antes de llegar a destino y a dos millas del canal de entrada a la gran marisma, dejamos la boya cardinal sur por babor, la que señala la almadraba o piscifactoría, no estoy muy seguro que tienen ahí los portugueses. Penetramos por el estrecho paso a vela, a ¡11 nudos! seis que llevamos y cinco de corriente ascendente, en un plis, plas, alcanzamos el fondeadero de Culatra, bastante más poblado que cuando estuve en el mes de Abril cuando solo estábamos cuatro barcos, fondeo no lejos del puertecillo pesquero en cinco metros, aseguro el ancla con un buen tirón de motor y salimos a dar un paseito y cervecita por el bucólico poblado de calles sin asfaltar, el que fuera reducto de pescadores artesanales y a día de hoy bastante reconvertido al turismo.
Al día siguiente en el dinghy con el motor potente visita a la población de Olhao distante dos millas, a cuyo mercado de pescado no puede uno rendirse de hacer una provisión de la fresca y variada oferta en productos de la mar, aunque me he encontrado con un palmo de narices de encontrar atún rojo de almadraba, como el que saboreé cuando en Abril pasé por este mismo lugar.
Por la tarde las cosas se han torcido un poco ya que el viento de poniente tan imprevisible ha subido a los veinticinco nudos y el amplio fech de la marisma rápidamente ha montado una desagradable ola corta y mis veinticinco metros de cadena no han sido suficientes para evitar el garreo, se ve que el ancla no estaba bien firme en alguna zona de algas, uno de los inconvenientes de este fondeadero, ya me pasó la otra vez. Levanto el fondeo y a buscar otro lugar un poco menos expuesto al viento, aunque parece misión imposible, finalmente, junto a la bifurcación del canal de Faro parece el mejor lugar. Mi elogiada Culatra está siendo un fiasco, dos veces y las dos con desagradables incidentes en la estancia, veremos si hay una tercera vez.
Continuará....

Me gustan los mejillones, pero lidiar con 20 kilos para que en tres días no se te echen a perder, ha sido una buena faenita limpiarlos y cocerlos, pero así tendremos para prepararlos de mil maneras

Tranquilidad de navegación, la tripulación tranquila y relajada

Durante toda la bajada portuguesa los delfines han sido la habitual compañía, creo que nunca había visto tantos y alegra su presencia

La llegada a Peniche una buena opción en las bajadas de la costa portuguesa

Derrota en pantalla

Cabo San Vicente y su impresionante faro, después de la tormenta, a su lado el peñón del gigante, en el que, desde lejos, unos vemos una peineta al duro Atlántico y otros un escatológico "cagarro"

La entrada por el canal de navegación a la marisma de Faro toda una experiencia con la corrientada y los remolinos, a estribor Culatra

Pueblecillo de la isla Culatra

Mercado de Olhao
Salud
