Adiós, queridísimo KUMI
Hoy te has ido.
¿Qué podría yo decir de ti? Sólo serán palabras que nunca llegarán a hacerte el honor que mereces. Eras una de las mejores personas que he conocido nunca. Eras alegre, conciliador, honesto, leal, amable, divertido, sensato, cariñoso… Eras un amor.
Pero, sobre todo, eras mi amigo del alma. Hoy dejas un gran vacío en mi corazón y en mi vida. Ya nunca podré escuchar tu voz. Ya nunca podré navegar contigo. Ya nunca podré sentir esos abrazos tremendos que me dabas y que colmaban mi alma de paz y ternura, haciendo que sobrara cualquier palabra entre nosotros. Ya nunca podré reír ni llorar contigo. Ya nunca podré hacer las guardias nocturnas en la Ophiusa contigo bajo la luna llena. Ya nunca podré ver tu nombre en mi teléfono cuando suene un domingo por la tarde. Ya nunca podré mantener esas largas conversaciones contigo, mi Rastas, que tanto que me enseñaban. Ya nunca podré abrigarte con una manta mientras duermes en el Trasto. Ya nunca podré sentir cómo colocas con infinito cuidado tu propio jersey bajo mi cabeza cuando me haya dormido agotada apoyada sobre unos cabos enrollados. Ya nunca podré estar contigo en persona ni coger tu mano amiga.
Pero siempre, siempre, voy a poder recordarte. Siempre voy a poder agradecer a la vida el haberme dado la increíble oportunidad de tenerte como amigo. Siempre voy a poder mirar la luna llena y mandarte un beso, para que te llegue allá donde estés. Siempre voy a poder agradecerte el haber estado ahí en los buenos y el los malos momentos. Y siempre, siempre, siempre, vas a vivir en mi corazón.
Adiós, amigo. O mejor, hasta siempre.
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El mar. La mar.
El mar. ¡Sólo la mar!
-Rafael Alberti-
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