Cada vez que nos deja alguien todos sentimos tristeza y congoja. Así ha sido siempre y supongo que así seguirá siendo. No comparto esa visión maniquea y simple que nos divide a todos en buenos y malos. Todos, en mayor o menor medida, comulgamos con esa virtud y lamentablemente también con ese "pecado", al menos así lo creo yo. No existen personas totalmente buenas o malas en absoluto -o no es muy común que las haya-, del mismo modo que no hay personas permanentemente felices, sino personas que se sienten momentáneamente felices con más o menos frecuencia.
Cada vez que alguien nos deja muchos sentimos tristeza y congoja, porque seguramente quien marcha nos ha dejado el regalo de los recuerdos buenos, del afecto sincero, de la amistad verdadera -"escrita" o directa-, o de sentimientos mucho más íntimos y amplios, cuando quien nos deja era alguien muy próximo a nosotros e importante en nuestras vidas.
Cada vez que alguien nos deja nos recuerda que en verdad, a pesar de todo y contra toda apariencia, lo único que nos diferencia a unos de otros es que la mayoría de los que ha habido ya nos han dejado, cada vez en mayor proporción respecto a los que
aún no lo hemos hecho.
Y sin embargo nada hay más eterno, más
fuera del tiempo que la propia vida para cada uno de nosotros, que no veremos nuestro fin, como tampoco vimos nuestro comienzo.
Si quien nos deja destacó por su bondad, por su justicia -que eso debería ser-, recordémoslo con frecuencia y animémonos a imitarlo, al menos para que los instantes felices sean más frecuentes en nuestra propia eternidad.
A la salud de Kumi, a quien sólo conocía de forma "escrita"
