Yo me reía mucho de este asunto hasta que, observando fijamente mi destrullador, descubrí que tenía el tren eólico montado al revés, con la topasa a proa, el quelbién en medio y el cadavés a popa. Amurado a babor funcionaba más o menos, pero en cuanto viraba a estribor se llevaba una flor. Llegué al Caribe sin una sola.
