Navegué amenudo en un “Super Mistral” en la misma época en que se dió a conocer que Julio Villar partía a cruzar el Atlántico.
Venīamos de hacerlo en su hermano menor, el “Pampero”, y por commparación incluso al principio nos parecía grande y robusto.
Para hacerse cargo de la “osadīa “de la aventura emprendida por Julio Villar, solo observar que desde el interior el casco, el forro transparentaba el nivel del agua exterior, sobretodo a contraluz. El casco transparentaba...
El mástil iba apoyado en cubierta con una muesca transversal apoyada sobre un eje, y a partir de ahí la compresión de los obenques mantenían la mecha en su lugar.
En la parte posterior de la bañera habīa un pozo abierto del que se colgaba el fueraborda sujeto a la parte interior de la bañera, lo que dejaba libre el espejo de popa.
Cuando regateábamos en nuestro Club lo metíamos en el cofre, y para evitar el barboteo del agua en dicho pozo, se encajaba una pieza postiza de fibra a medida sujeta con dos palomillas laterales.
En los pantocazos crujía todo el casco y jarcia al unísono, y al pisar la cubierta esa flexaba a cada paso...
Cuando leí años después Eh Petrel! aluciné por la magnitud de su hazaña y por la fortaleza de ese extaordinario aventurero, y no daba crédito a que un barco que conocía tan bien hubiera podido resistir los episodios narrados, cuando era un barco concebido para navegación costera y sin ninguna vocación de largas travesīas como pueda ser un barco concebido para la mini transat.
Eso sí llevaba somieres de muelles con colchones comodísimos para pegarse siestas memorables en camas amplísimas teniendo en cuenta el tamaño de la cabina.
Julio Villar merece la más alta admiración de quienes amamos los barcos y la nevegación en cualquiera de sus facetas.
Saludos
