Buenas tardes,
"Olía a hierba y a otoño, a niebla y a tierra cansada. Hay lugares congelados en un instante eterno, clavados como chinchetas en una estación de vías muertas. Presagiaba tormenta - todavía lejana – y el refugio era, en aquellas circunstancias, el mejor lugar para dejar que el tiempo y todo lo demás se detuviese. Un sopor de plomo entraba por la ventana y un cielo de nubes rojas traspapelaba luces y sombras. Hacía tiempo que el caballo estaba allí.
Dudaba de sí mismo. La realidad de cada instante se descolgaba del cielo, sin responder a la cadena que convierte cada momento en la secuela del anterior. Por lo tanto, asumió sin rechistar el hecho de que el caballo lo conducía, ligero como el viento, hacia el valle en el que acaso había vivido largo tiempo atrás. Allí, a su frente, en un reflejo caleidoscópico, estaban los lugares de su memoria: el patio de juegos azul de sus primeros y torpes vuelos; los caminos febriles de plata y agua que atravesaban puentes tan firmes que se derribaban al primer soplo de viento, juegos de espejos que simulaban simas de dolor profundo y que, a veces, las ocultaban; cielos chispeantes de luz, días oscuros y noches claras; arroyos vivos de agua incandescente, bosques impenetrables y páramos desiertos de lluvia...
Agarrado a las crines del caballo, el paisaje iba poco a poco adquiriendo de nuevo tonos densos y serenos, parajes de cuadrada racionalidad con ocasionales manchas de desorden, crudeza y confusión. Había llegado de nuevo a lo que parecía su punto partida y, progresiva y suavemente, sintió como se despertaba de un sueño profundo.
Un caballo rojo hecho de nubes de fuego surcaba el cielo impulsado por el viento. Pronto, muy pronto, quedaría fuera de la vista de la ventana del refugio. Ya no tardaría mucho en llover."
Salud,
