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Predeterminado Re: Heroes Españoles (Relacionados con el mar) olvidados

Saludos recién terminado nuestro Fort Lauderdale Boat show en mi pueblo , retomo mis relatos.

Fuente Museo Del Mar Puerto Rico

2 de noviembre de 1625, hace 393 años, la flota de Balduino realizó el último intento de salir de la Bahía de San Juan. En el margen derecho le esperaba toda la artillería de Puerto Rico que, bajo las órdenes de su Gobernador don Juan de Haro, estaba lista para cobrar el daño cometido a su ciudad arrasada.

Desde primera hora del día, el Gobernador y Capitán General de Puerto Rico, don Juan de Haro, concentró todos los efectivos de la plaza en las cuatro plataforma de artillería que defendían la salida de la bahía. Todo quedó listo para no escatimar en pólvora cuando la flota holandesa intentara enfrentar la bocana por última vez.

Pero la salida se hizo esperar, el viento había rolado hasta rozar el Norte y los capitanes holandeses sabían el castigo que recibirían si se acercaban a la boca con el viento casi de proa. Sin embargo, su General Balduino Enrico también era consciente de cómo empeoraría la situación si se quedaban aislado en aquella bahía mientras llegaban los refuerzos españoles desde Santo Domingo y La Habana. Sin mucha más opción, ordenó levar anclas a la una de la tarde y su flota comenzó el lento procesionar hasta la bocana de la bahía.

La primera bala que hirió el tajamar de la nao capitana, Balduino la escuchó llegar silbando desde La Puntilla, pero hoy no había vuelta atrás, y con la orden de fuego activó su batería de estribor mientras las segunda y tercera bala española repartía astillas entre los marineros flamencos de proa.

Desde la orilla, el Capitán don Juan de Amézqueta alentaba desde su plataforma más avanzada a que ninguna bala tocara el agua. Había que repartir entre todas pero rendir la nao capitana, con Balduino a bordo, podría extender la confusión entre la escuadra enemiga. De las cuatro pieza a su cargo llegaron las cuarta, quinta, sexta y séptima bala que acertaron en el bauprés, en el trinquete y en el casco, abriéndole un nuevo escobén peligrosamente cerca de la línea de flotación.

En cuanto la nao capitana dejó por su aleta de estribor La Puntilla, Balduino evaluó de una mirada el avance de su flota para revivir la peor imagen que recordaba del día anterior, esta vez era la nao Medenblick, la que tras un golpe seco detenía sus navegar a pesar de tener el velamen desplegado. El octavo y noveno impacto le devolvió la mirada a la cubierta principal de la nave que debía sacarlo de aquella bahía. La décima bala ensanchó un imbornal y la próxima provocó otro crujido más abajo de la línea de flotación de lo que era deseable.

Desde las baterías bajas del Morro ya se tenía a tiro la flota enemiga y el propio Gobernador asistía a los artilleros mientras los arengaba a arrasar aquellos barcos que habían convertido su ciudad en cenizas. De esta última plataforma que custodiaba la salida al mar salieron los dos últimos proyectiles que alcanzaron la tolda de la nao capitana. Fue entonces, cuando en el mismo cañón que don Juan de Haro se disponía a disparar, se introdujo un cartucho con el ánima aún caliente del disparo anterior, y cuando lo fueron a atacar prendió la pólvora. La explosión hizo pedazos al soldado atacador y derribó a otros seis soldados y al Gobernador.

Desde la toldilla de la nao capitana, Balduino apreció aquella explosión entre la artillería enemiga como la mejor oportunidad a para escapar a mar abierto. Forzó cuanta vela pudo y salió al fin de la Bahía de San Juan seguido de las otras 15 naos.

En tierra, la explosión, las esquirlas y la humareda habían causado cierta confusión entre los defensores de la bocana. Una vez, se disipó el humo, los seis soldados y el gobernador se levantaron, y don Juan de Haro, con 24 heridas entre su cuerpo y su rostro, dijo sin escuchar su propia voz: "Ea hijos que no es nada, nadie deje de acudir a su cargo". Pero mientras se retiraba por su propio pie a curar y le extraían las astillas de sus brazos y de una pierna, la mayor parte de la flota flamenca ya estaba fuera del alcance de las baterías española.

En el atardecer de aquel domingo, desde el Morro se miraba al mar para observar cómo los barcos holandeses, maltratados por toda la artillería de Puerto Rico, ponían el casco a sotavento para cerrar las vías de agua y reparar los mástiles y jarcias.

Balduino Enrico, Burgomaestre de Edam, había logrado sacar a la mayoría de su flota de aquella bahía que los atrapó por nueve días. Pero mientras sus marineros trabajaban sin descanso para reparar los trece impactos recibidos en su nao capitana, algunos bajo la línea de flotación, el general holandés se encontraba en la toldilla sin poder retirar su inquieta mirada del gallardete del Príncipe de Orange que flameaba en el mastelerillo de la Medenblick, encallada en el interior de la Bahía de San Juan. Muchas preocupaciones podían rondar la mente de Balduino, pero el hecho de que aquel barco que estaba dejando atrás perteneciera al conde Mauricio de Nassau, prevalecía por ser razón de más por la que le cortarían la cabeza en cuanto volviera a Holanda.

Antes de que llegara la noche, Enrico ordenó al Capitán Bancker que comandara a cinco bateles para adentrarse de nuevo en la bahía y asistir cuanto pudieran para liberar a la Medenblick. Pero a la sombra de aquella gran nao de 540 toneladas, armada con 8 piezas de bronce y 24 de hierro, y con 92 marineros y 34 soldados, aparecieron el Capitán Amézqueta comandando dos lanchas y el Capitán Botello al mando de otras cuatro, para rendir esa fortaleza encallada.

Allí en la oscuridad de la bahía tuvo lugar la última batalla, las seis lanchas de los defensores de Puerto Rico se enfrentaron a las cinco embarcaciones comandadas por el Capitán Bancker. En medio del combate, la pleamar liberó a la Medenblick que hizo disparar toda su artillería alumbrando con furia la noche. Nada había que hacer con las lanchas frente aquella gran nao liberada, por lo que la flotilla se dispersó, las lanchas de Amézqueta fueron a La Puntilla donde corrieron a armar la batería, y las de Andrés Botello se perdieron en la oscuridad de la bocana para, milagrosamente, volver comandando la nao de 300 toneladas arrebatada por los holandeses al capitán canario.

Cuando el Nuestra Señora del Rosario y San Antonio volvió a la bahía con las cuatro lancha de Don Andrés como escolta, recibió la orden de una canoa del Morro, para que su capitán, don Santiago de Villate y Escobedo, vecino de la ciudad, embistiera la Medenblick hasta rendirla. Pero el viento no terció para tal envite. Y la nao se vio rodeada de las naves enemigas que escaparon entre las lanchas de don Andrés, viendo así marchar para siempre su nao que los holandeses llamaban Puerto Rico.

Mientras tanto, don Juan de Amézqueta y Quijano rendía la desorientada Medenblick, que volvió a encallar frente al puesto de artillería que capitaneaba el guipuzcuano en La Puntilla. La tripulación holandesa abandonó la nave sin clavar los cañones y dejando una mecha encendida para que explotara toda su pólvora. Pero los hombres de Amézqueta abordaron el barco, lograron extinguir la mecha y salvar aquella nao que a la mañana siguiente amaneció como un trofeo solitario y estático en medio de la Bahía de San Juan.

Aun quedaron algunas jornadas de vigilia de la flota de Balduino Enrico frente al Morro estudiando la manera de recuperar la Medenblick. Y después llegaron los días en los que Botello y Juan Pérez el Bueno se acercaron con sus lanchas a la flota enemiga, fondeada ya en Arecibo, para salvar el valioso socorro que traía el Capitán Francisco de Acuña desde Santo Domingo. Y pasada una semana aparecieron las 16 naos frente al puerto de San Francisco de la Aguada, donde fueron amenazados por la villa de San Germán si tocaban tierra, por lo que pusieron proa a La Española.

Al año de lo sucedido, desde la ciudad en reconstrucción, se continuaban escribiendo cartas pidiendo mercedes al Rey Felipe IV, quien concediera empleos a los soldados y la fundación de un hospital para los heridos. Y además de otras rentas, el Rey concedió a don Juan de Haro la insignia de Santiago, a don Andrés Botello la capitanía de una compañía y posición en un navío, y a don Juan de Amézqueta la gobernación de Santiago de Cuba, la cual rechazó, tras prestarle buen servicio, para volver con su familia a Puerto Rico.

- Autor: Manuel Minero González. Museo del Mar. San Juan de Puerto Rico.

Fuentes documentales:
- Amézqueta, J. (1627) Carta de Juan de Amézquita al Rey Felipe IV solicitando una merced, 15 de marzo de 1627 (AGI, Santo Domingo, 170) Transcripción obtenida en Rabel , C. (2016) La isla de Puerto Rico se la lleva el holandés. San Juan, Puerto Rico. Instituto de Cultura Puertorriqueña.
- Botello-Cabrera, A. (1626) Certificación de Andrés Botello y Cabrera para Juan Pérez el Bueno, 8 de febrerode 1626 (AGI, Santo Domingo, 170) Transcripción obtenida en Rabel, C. (2016) La isla de Puerto Rico se la lleva el holandés. San Juan, Puerto Rico. Instituto de Cultura Puertorriqueña.
- de Guerra, J. (1627) Carta de la Junta de Guerra de Madrid a Felipe IV, respecto a la pretensión de Andrés Botello para la alcaldía del Morro, 26 de marzo de 1627 (AGI, Indiferente, 1870) Transcripción obtenida en Rabel, C. (2016) La isla de Puerto Rico se la lleva el holandés. San Juan, Puerto Rico. Instituto de Cultura Puertorriqueña.
- Hostos, A. (1983). Historia de San Juan Ciudad Murada. Buenos Aires, Argentina. Ed. Nova.
- Laet, J. (1644) Historia de los hechos de la Compañía Privilegiada de las Indias Occidentales. Traducción obtenida en Géigel-Sabat,. F (1934) Balduino Enrico. asedio de la ciudad de San Juan de Puerto Rico por la Flota Holandesa. Barcelona, España. Ed. Araluce.
- Larrasa, D. (1625) Relación de la entrada y cerco del enemigo Boudoyno Henrico, general de la Armada del Príncipe de Orange en la ciudad de Puerto Rico de las Indias. Documento recopilado en Tapia y Rivera, A. (1854) Biblioteca Histórica de Puerto Rico. Biblioteca Nacional de España. Madrid.
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