Tras haber surcado los siete mares con el cubo rojo a cuestas, no tardé ni 2 picosegundos en tirarlo a la basura después de recibir la flamante Lettre de Pavillon que no exigía, irresponsable e imperdonablemente, el cubo rojo, artículo primordial de seguridad ... ¡funesto error!, del que me había preservado la nunca bien ponderada DGMM con sus sabios consejos - y sus no menos contundentes sanciones - sobre la utilidad del mismo.
Sólo cuando visité, algún tiempo después, una tienda dedicada al comercio de antigüedades náuticas (bitácoras, ruedas de timón convertidas en lámparas, y cosas así), me dí cuenta de la magnitud de mi equivocación: allí, perfectamente encajados unos en otros, había no menos de media docena de cubos idénticos al mío, bueno, más limpios.
Podría haberlo vendido y haberle sacado digamos que para unos cafés. Esa habría sido toda la utilidad del cubo rojo...
Queridos cofrades, os recuerdo que ya toca poner en hora el reloj de bitácora: hace casi 18 años que estamos en el S. XXI.
Saludos y
