Re: Heroes Españoles (Relacionados con el mar) olvidados
Saludos comparto esta magnífica reflexión de Carlos Hurtado en el hilo “La leyenda Negra” sobre Nelson. Sin quitarle valor algo sobrevalorado y por cierto que nunca llego a Almirante
Al morir en 1805, a los 47 años de edad en la batalla de Trafalgar, Horatio Nelson, hijo de la Gran Bretaña nacido en 1758, que por cierto ha pasado a la historia como el "Almirante Nelson", a pesar de no serlo, ya que solo llegó a ser vicealmirante, había sufrido la malaria en sus viajes por las Indias Orientales y por América, había perdido un ojo mientras luchaba en Córcega y el brazo derecho en Tenerife.
El balance de sus derrotas, que también las hubo, ha sido discretamente aparcado con evidente parcialidad por parte inglesa, para convertir al mito en intocable.
España tenía muchos frentes y largas líneas de abastecimiento, pues no hay que olvidar que entre las innumerables conquistas por aquí y por allá, nuestras adquisiciones y descubrimientos nos habían convertido en un imperio transatlántico.
Pensar que este marino inglés tuviera capacidades sobrenaturales es como subestimar a nuestros mejores marinos, que los había tan buenos e incluso algunos de ellos mejores que los mejores suyos, como el caso del ilustre Blas de Lezo, Legazpi o Churruca sin ir más lejos.
Así nos lo contaban en El Confidencial hace tiempo y ahora ABC:
<Una vieja aspiración de los ingleses era la de poner un pie en las Islas Canarias para usarlas como plataforma para posteriores incursiones en el continente africano. El 25 de julio de 1797 lo intentarían por tercera vez, nuevamente con un estrepitoso y memorable fracaso. Ya antes, los almirantes Robert Blake en 1656 y John Jennings en 1706 se habían dado de bruces en sus respectivas apuestas.
Al intento de invasión de Tenerife respondió con maestría el experimentado y veterano militar retirado, el general Don Antonio Gutiérrez de Otero y Santayana, que apoyado en un cuerpo de competentes oficiales y con lo que es más importante, la colaboración entregada de los voluntariosos ciudadanos y campesinos, aplicarían un severo correctivo a la temeridad inglesa.
Los anglos andaban merodeando por las inmediaciones. El vigía de la pedanía de Anaga atisbó en el horizonte la nutrida flota adversaria y dio la alarma a tiempo
Tras varios intentos fallidos, Nelson en persona dirigiría el desembarco. Al oscurecer el día 24, una tormenta de fuego se abatiría sobre los ingleses cuando sus embarcaciones se aproximaban en medio del más nítido silencio.
Nelson perdería su brazo derecho y una buena parte de su reputación
Dada la alarma desde tierra, se desató un infierno inenarrable. Cerca de un centenar de cañones comenzaron a vomitar certificados de defunción. La población entera; mujeres, labriegos, milicianos, un destacamento francés que se había refugiado en el puerto, y la integra oficialidad que había en la isla, cayeron cual plaga bíblica sobre aquellos despistados. Algunos ingleses conseguirían escapar de la playa para refugiarse en el Convento de Santo Domingo. Lo más granado de los asaltantes se atrincheraron tras sus muros, quedando así incomunicados y con unas perspectivas de futuro más que negras. Nelson perdería su brazo derecho y una buena parte de su reputación.
Con la moral minada, con más de quinientas bajas o, lo que es lo mismo, la cuarta parte del contingente que presumiblemente debería de haber tomado la isla; la sed, el sueño y el hambre acuciando como perros de presa; finalmente los sitiados ingleses se rendirían al general Antonio Gutiérrez.
Firmada el acta de rendición en el castillo de San Cristóbal y tras un caballeroso intercambio epistolar con lo que quedaba de Nelson, decidió este con buen criterio y atinada valoración que se comprometía a no volver a pisar las islas Canarias por los restos, cosa que este hombre mantuvo con el probado valor de su palabra mientras duró su existencia, que fue poco.
Años más tarde, allá por 1801, les quiso dar un susto a los franceses en la ciudad portuaria de Boulogne, pero lo que no sabía Nelson, es que por aquellos pagos andaba un capitán de fragata español llamado Antonio Miralles. Hay que recordar que por aquella época compartíamos mantel y follones con nuestros vecinos del norte. Por lo tanto, la asistencia técnica de este capitán en la defensa del puerto en cuestión obedecía a su talento destructor y a su pericia en las más refinadas artimañas. Había sido solicitado por Napoleón en persona por sus probadas habilidades con la "goma de borrar".
Harto de aquella fallida operación, Nelson levaría anclas y volvería a Plymouth a relajarse un poco después de tanto ajetreo
Nuestro oficial en Boulogne causó estragos en la flota inglesa a base de esgrimir sus peculiares "fuerzas sutiles" o el equivalente a los comandos navales. Estas fuerzas no eran otras que pequeños bergantines con obuses de gran porte y lanchas cañoneras artilladas potentemente. Los estragos que este ingenioso oficial causó al inglés han sido obviados por los historiadores insulares, que pasan de puntillas sobre este episodio y los otros antes mencionados.
Finalmente harto de aquella fallida operación, Nelson levaría anclas y volvería a Plymouth a relajarse un poco después de tanto ajetreo. Antonio Miralles sería ascendido de capitán de fragata a capitán de navío.
Quiso el caprichoso destino que cuatro años después, este ilustre almirante inglés, en la que sería su más sonada victoria, encontrara la muerte acogedora frente a las costas de uno de los últimos paraísos de España, Cádiz, un buen punto de partida para viajar a la eternidad.>
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