Había una vez dos misioneros por la selva amazónica. Se perdieron en la selva y pensaron en dividirse para ir a buscar ayuda. Al cabo de unas horas, uno de ellos llega hasta un poblado de una tribu indígena. Se esconde entre la tupida vegetación para observar si era seguro acercarse o no. Mientras observa, ve que los indígenas son caníbales y que han apresado a su compañero y se disponen a prepararlo para comérselo. Nervioso, en un falso movimiento, rompe unas ramas y los indígenas lo descubren. El pobre misionero, atremorizado, coge el rosario que levaba colgando del cuello, comienza a rezar y exclama:
- Dios mio, la he cagado.
En ese momento, baja un rayo de luz del cielo y le ilumina y una voz le dice:
- Tranquilo, no la has cagado todavía.
- Señor, y entonces ¿qué debo hacer ahora? implora el misionero.
- Pues debes alzarte en pie, toma esa gran piedra que está en el suelo. Golpea al indígena de tu izquierda, quítale la lanza y corre con ella hasta el jefe de la tribu, el que lleva la túnica dorada y le clavas la lanza en el cuello.
El misionero se pone en pie con la gran piedra en la mano, golpea al indígena, que cae al suelo. Le roba la lanza y con ella en la mano, corre hasta el jefe de la tribu, al que mata de un certero golpe de lanza en la garganta. Entonces, se da cuenta de que los indígenas están tremendamente cabreados y apuntándole con sus lanzas. Abrumado, el misionero se vuelve a arrodillar e implora:
- Dios mío, ¿y ahora qué?
A lo que vuelve a aparecer el rayo de luz sobre el misionero y la voz dice:
- Nada más, ahora ya si que la cagaste.
