Cuxhaven es un puerto con muchísimo movimiento. Prácticamente todos los barcos a nuestro alrededor han cambiado al día siguiente. De cuando en cuando un gran mercante pasa por el río y puede verse por encima del rompeolas. Cuando he hecho mi comprobación rutinaria de la sentina me he quedado helado. El agua llega casi hasta las tablas.¿ Pero por donde ha entrado este agua? Y sobre todo, ¿sigue entrando? No quiero vaciar la sentina en el puerto, he visto una cría de foca nadando dentro del puerto y no quiero ensuciar su entorno. Tomo una marca del nivel del agua para comprobar si sigue subiendo. Una hora más tarde la marca está en la misma posición. Por tanto parece que no entra agua. ¿Entonces? ¿De donde ha salido este agua? Entonces recuerdo ese ruido extraño que hizo ayer la hélice. Examino el prensa y no se le ve gotear, pero se me ocurre apretar la goma y veo que dentro sólo hay aire. Entonces caigo en la cuenta. Los pantocazos y cabeceos debieron sacar la bocina del agua por momentos, descebándola. Estos prensaestopas secos no funcionan bien a menos que estén llenos de agua, y por eso deduzco que una vez descebado estuvo entrando agua hasta que detuve el motor. Aprieto la goma del prensa hasta que no queda aire y tomo nota mental del problema por si vuelvo a sufrir cabeceos.
El día es soleado cuando arrancamos. Tenemos que remontar diez millas del río Elba para llegar a la esclusa que da paso al canal. La historia es la misma: Elba arriba contra corriente, y aunque las olas son más pequeñas que ayer, vamos igual de lentos.
Dos o tres horas más tarde llegamos a la zona de espera para la esclusa del canal de Kiel. Hay ya media docena de barcos esperando. La espera es muy incómoda porque no hay donde amarrarse y la corriente no es floja, de manera que hay que estar muy atento. Después de quince eternos minutos, ya somos más de diez barcos yendo arriba y abajo, tratando de no chocar unos con otros. ¿Cuando piensa esta gente darnos paso? Muchos se impacientan y se salen de la zona de espera, dirigiéndose a la entrada de la esclusa, y otros les siguen, tal vez confundidos. Yo opto por quedarme lo más cerca posible de la orilla, donde la corriente es más floja y hay menos olas. En total llevamos más de una hora esperando bajo el sol cuando por fin se enciende el semáforo que nos da paso. La esclusa no es fácil de pasar porque hay que amarrarse a las anillas de un pantalán flotante que sobresale escasos diez centímetros del agua. Al abrirse la esclusa casi todos los barcos van locos para encontrar plaza en el pequeño puerto que hay justo a la entrada al canal. Me asomo poco convencido y viendo el poco espacio y los barcos abarloados decido seguir.
El canal es amplio y la cantidad de tráfico es menor de la que esperaba por lo que no hay que estar demasiado pendiente así que ponemos música.
Cuando ya empieza a anochecer tenemos que fondear, ya que a los barcos de recreo les está prohibido navegar de noche.
Tras un merecido y dulce descanso salimos temprano por la mañana. En el cielo ya se va confirmando la previsión de mañana. Vientos fuertes del Este. Los cirros no mienten.
Sobre las tres de la tarde llegamos a la esclusa de Kiel. Allí hay que pagar el peaje en un cajero automático que hay sobre el muelle de espera. Cuando se abre el semáforo de la esclusa un barco belga se me aproxima saludando muy efusivos, encantados de encontrar a un compatriota. Su decepción es obvia al escuchar mi acento francés. La verdad es que les entiendo, se ven muy pocos barcos con bandera belga por estos lares. De hecho casi todas las banderas son alemanas, con alguna que otra bandera holandesa o danesa. Esto me recuerda que tengo que comprar la bandera danesa de cortesía.
Recalamos en Laboe, justo a la salida de la ría. Los vientos para mañana son del nordeste, fuertes y contrarios, de manera que tendremos 24 horas para descansar. Laboe es pequeño pero tiene una playa cojonuda.
Además hay una feria de temática marina con muchos puestos. Sin embargo, no hay manera de encontrar un pabellón de cortesía danés. En una tienda de souvenirs encuentro un cesto con banderas de todos los países. Rebusco un momento y encuentro una bandera danesa. Es un poco grande y seguro que no aguanta dos navegadas, pero es suficiente para salir del paso y el precio acaba de convencerme. Un euro. Paso un rato revolviendo en el montón de banderas pero no consigo encontrar una bandera sueca, que tampoco la tengo. Todo el ahorro en la bandera es una minucia al compararlo con los 40 euros que voy a tener que pagar por el Navionics de Dinamarca. No se por que motivo, la carta de Dinamarca cuesta casi tanto como la de todo el resto de Europa.
La previsión para nuestra entrada al Báltico es de vientos todavía de componente Este, y olas de más de un metro, por lo que necesito la carta de Dinamarca para hacer el paso entre islas. Arrancamos a las tres de la tarde. Mi intención es llegar lo más lejos posible del tirón, y para ello me he marcado unos cuantos puertos en la ruta. El viento del este lo aprovecho para un través cerrado, que he negociado con Silvia, un rumbo que me permite volar a siete nudos por encima de las olas sin escorar en exceso.
Pero al caer la tarde el viento flojea y pierde norte, lo que me permite cerrar un poco el ángulo para acercarme a un paso que me puede ahorrar muchas millas.
El banderón danés de todo a cien ondea orgulloso. Estoy muy contento de entrar ya en Escandinavia. El viento sigue cayendo y ahora rola al nor-nordeste. Mirando la carta veo que ese paso va a ser complicado y muy cansado por lo que decido ceñir, ahora que Silvia ya se ha dormido, hasta otro paso más amplio, el que usan los mercantes. La noche es muy oscura, como todas las noches de esta etapa, pero la navegación muy sencilla. No hay ningún tráfico. Cuando mi velocidad cae a tres nudos conecto el motor sin quitar las velas. Con el motor encendido puedo poner el radar y pasar la mayor parte del tiempo dentro de la cabina. Doy cabezadas de diez minutos, no llego a dormir pero descanso la vista y la espalda. Al llegar al paso el viento desparece por completo y las olas poco a poco también. Ahora el único enemigo a batir es el sueño.
Cuando empieza a clarear Silvia me releva y duermo hasta las nueve de la mañana. Motor y más motor. El viento ha desaparecido y la previsión para el día nos da vientos muy flojos, por lo que me resigno a escuchar el ronroneo del motor durante muchas horas todavía.
Al caer la tarde entramos a repostar en puerto de Klintholm, el último antes de dejar Dinamarca y me llevo la agradable sorpresa de que el diesel es más barato que en ningún punto de mi viaje, incluida España. Con lo caro que es Dinamarca estaba esperando todo lo contrario. Es una pena que no podamos quedarnos, es un puerto muy bonito, como de cuento, pero me quedan muy pocos días de vacaciones y quiero llegar a Suecia. Nos despedimos de Dinamarca, cuyos últimos acantilados pasan por babor y después de una buena cena, Silvia se va a acostar.
La noche transcurre sin mayores novedades, pongo la alarma a intervalos más largos, de quince minutos. Una vez cruzada la linea por la que discurren los mercantes, el tráfico marítimo desaparece y estamos solos en el Báltico. El resplandor de Copenhage y Malmo es lo único que veo a mi alrededor y eso que están a más de treinta millas de mi posición, todo lo demás es oscuridad. Nada de fosforescencia en el agua del Báltico, que enfría el aire de la noche y me obliga a ponerme ropa de invierno.
A las dos de la mañana ya estoy navegando casi paralelo a la costa sueca, en dirección a Ystad. Después de uno de mis descansos de quince minutos, salgo a la bañera y me da un vuelco el corazón. Todas las luces de la costa han desaparecido. Miro en todas direcciones pero solo veo oscuridad. Después de un escalofrío me doy cuenta de que es niebla. A mi alrededor puedo ver a cierta distancia pero me inquieta tener que recalar en niebla espesa. Mis miedos se disipan y la niebla también cuando ya solo estamos a una milla de la bocana. Voy directo al fondeo junto al espigón, echo el ancla y doy un largo suspiro. Estoy en Suecia!
A la mañana siguiente entro a puerto y Silvia y yo nos vamos a dar una vuelta.
Al poco rato de empezar a pasear caemos en la cuenta de que ya habíamos estado en Ystad diez años atrás. En aquel viaje épico que hicimos, desde Barcelona al punto más septentrional del continente, Cabo Norte, con un Opel Corsa con doscientos mil kilómetros. Uno de los mejores viajes de mi vida. Volvemos a recorrer las curiosas calles de Ystad haciendo emerger recuerdos... Hemos llegado en pleno festival de Jazz y en las calles hay ambiente y bandas tocando.
Al día siguiente, tenemos el placer de escuchar a un grupo buenísimo de chavales suecos tocando jazz de la costa oeste. Aunque su media de edad no debe llegar a los veinte años, nosotros somos los más jóvenes entre su público.
Después de comer tomo un tren a Estocolmo para volver al trabajo. Voy a trabajar de miércoles a viernes porque la previsión es de vientos contrarios o calmas y ya estoy harto de ir a motor. Silvia se quedará en Ystad hasta que vuelva, cuando, con un poco de suerte, los vientos nos serán más favorables.
