Llego el viernes por la noche a Ystad y lo primero que hago es fondear fuera del espigón para no tener que pagar otro día de puerto. Tengo una última semana de vacaciones y tengo que aprovecharla al máximo para llegar a Estocolmo. El parte es bastante favorable, tendremos vientos de componente Sur a partir de pasado mañana por la tarde aunque habrá algo de lluvia, pero no se puede tener todo.
El hecho de que he llegado al barco desde Estocolmo en seis horas de tren me indica que el final del viaje ya está cerca. Pero no hay que minusvalorar lo que todavía falta. Me esperan todavía más de trescientas millas de Báltico.
Tras investigar un poco he llegado a la conclusión de que el mejor puerto para dejar el barco en Estocolmo es Nynashamn. Es un poco como Garraf para Barcelona, un lugar bonito, lejos de la ciudad pero accesible con el tren de cercanías. Cuando me enteré de que para los puertos más cerca de Estocolmo hay que pasar esclusas mi decisión fue sencilla. Si cada vez que quiera navegar en el archipiélago me veo obligado a pasar una esclusa, apaga y vámonos. Nynashamen, por el contraro, está en mar abierto, con cientos de islas alrededor que visitar. Como no podía ser de otra forma, durante el viaje se ha acuñado una frase que se repite a menudo: "déjate de esclusas".
Para la primera etapa de este trayecto me he propuesto llegar a Karlskrona. Van a ser muchas horas a motor, pero podré usar un poco las velas por la mañana. A las cuatro de la mañana izo la mayor y levanto el ancla. Silvia duerme dentro y quiero que siga durmiendo, para que me releve durante el día, que será a motor. Mientras paso la bocana del puerto comercial saco el génova y nos deslizamos a un largo a tres o cuatro nudos. Ya es casi de día. Unas horas más tarde pongo el motor porque ya nos arrastrábamos a dos nudos y voy a dar cabezadas de veinte minutos con la alarma del radar conectada. La alarma funciona de puta madre, pero tiene un pitidito de mierda que es incapaz de despertar a nadie, por lo que sigo confiando en mi cuenta atrás de Android para evitar colisiones. En esos intervalos a veces duermo y a veces no. El amanecer en estas latitudes es muy lento, eterno, y puede ser muy bonito de contemplar, pero ahora mis ojos prefieren estar cerrados y dentro de la cabina.
Silvia me releva al mediodía y duermo tres horas y luego otras cinco. A las diez de la noche vuelvo a la bañera. Quedan todavía horas de motor para llegar a Karlskrona, pero al menos el poco viento que hay es portante y las olitas en la popa algo ayudan. A pesar de lo fácil que es el trayecto, ya me pesan las escasas nueve horas que he dormido en las últimas cuarenta y ocho. Tengo ganas de llegar. En cuanto nos empezamos a acercar a la costa al menos hay cobertura y puedo bajarme los partes actualizados. El parte de vientos del sur se mantiene. La lluvia nos rozará, pero nada grave. Eso sí, hasta mañana a las seis de la tarde no hay viento, así que la parada en Karlskrona parece la mejor opción. Pero viendo en la carta el laberinto de rocas y balizas que tengo que atravesar para entrar a puerto, se me quitan las ganas. Encuentro otro puerto más adelante, Sandhamn, con una entrada mucho más clara. Como su propio nombre indica, es un puerto con fondo de arena, en el que debería ser fácil fondear. En Suecia existe una ley, el Allmansrätten (el derecho de todo hombre), que viene de generaciones atrás y dice que en los territorios del reino cualquiera tiene derecho a poner una tienda de campaña y pasar hasta tres días donde le plazca. Lo mismo se aplica a los fondeos. Uno tiene derecho a fondear en cualquier punto de la costa en el que no esté explícitamente prohibido. A las tres de la mañana dejo caer el ancla en Sandhamn.
Despertamos muy tarde, como a las doce. El viento todavía no ha comenzado así que paso el rato viendo a un pescador recoger sus redes y me empapo del sabor de los pequeños puertos de Suecia, de las casas rojas, las algas, los mosquitos... Para los mosquitos tenemos un insecticida ecológico. Un ejército de arañas que invadió el barco en Amsterdam. Tienen desplegadas sus redes de pesca en la bimini y los guardamancebos.
A las tres de la tarde ya se empieza a levantar viento pero decido esperar un poco, estoy harto de usar el motor. A las cinco ya sopla más en serio y entonces salimos y disfrutamos de nuestra primeras millas a un largo.
La última vez que fui a un largo fue en el Golfo de León así que lo saboreo, miro ese medio nudito que ganamos cada vez que nos empuja una ola y me acuerdo de los dos nudos que perdíamos en el Elba con cada ola. Por fin, un rumbo placentero. Silvia parece también disfrutar de esta navegación tan cómoda. Aunque estamos juntos dentro del mismo barco, con el tema de las guardias casi no pasamos rato juntos, pero ahora que los dos hemos dormido bien, y Eolo se está portando, ninguno de los dos quiere irse a dormir.
En el cielo se ha formado una nube en forma de ola. Hay una foto muy famosa de este fenómeno, tomada en Australia. Pero verlo en persona es acojonante. La lluvia cae torrencialmente cerca de nuestra ruta, pero parece hemos podido esquivarla gracias a que los mapas meteorológicos del passageweather siguen clavando las precipitaciones. El cielo está magnífico el día entero, y no dejo de tomar fotos.
A las once, cuando oscurece Silvia se acuesta. He decidido tomar el camino por fuera de Borgholm, que es el que más me va a permitir descansar, ya que habrá menos tráfico y ningún obstáculo cerca de la costa. Y aún tengo otro motivo. La sentina sigue pillando agua cada vez que escoro el barco o hay rociones. He encontrado que entra agua cerca de la proa, supongo que en algún punto bastante por encima de la línea de flotación, pero no consigo encontrar donde. Así que tengo que vaciar sentinas, y eso prefiero hacerlo en mar abierto.
El cansancio ya se va haciendo notar, pero el viento sigue a nuestro favor y no es momento de parar. Al llegar sobre las diez de la noche a la punta de la isla decido continuar. Si abro el rumbo podemos llegar a la isla de Gotland sobre las seis de la tarde, y tiene fama de ser una isla muy bonita e interesante. De hecho hay un ferry diario desde Nynashamn que suele ir y volver lleno de turistas suecos. La noche es fría. Tanto que voy acostado en el banco del salón con la chupa de invierno cerrada y el gorro puesto.
Con el cambio de rumbo la velocidad mejora y nos movemos a más de seis nudos. A las cinco de la tarde llegamos a Gotland pero el viento sigue soplando y le pregunto a Silvia si no le importa que sigamos ya hasta Nynashamn. Son doce horas más y llegaremos a muy buena hora, por la mañana. Vamos a por la segunda noche sin parar, pero sé que es el último esfuerzo y me siento capaz. Como no hay mucho que hacer, y tenemos cobertura al estar cerca la ciudad principal, mato el tiempo con el Duolingo de sueco. Y me sale esta frase... "Aunque estoy cansado, sigo adelante"
El sol va cayendo pero el viento no afloja, tenemos cerca de veinte nudos por la aleta y nos movemos en linea recta hacia Nynashamn. La noche es oscura pero breve y el cielo del amanecer atrae de nuevo mi mirada y la aparta de la pantalla del móvil. Un buen chubasco descarga por nuestro estribor. Vamos a llegar justo a tiempo.
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Una foca asoma la cabeza cuando estoy llegando. Me mira un rato, luego se sumerge. Todas las focas que he visto son muy tímidas y misteriosas, nada que ver con los delfines del Mediterráneo. Supongo que les sobran motivos para tener miedo a los humanos.
Pronto estoy en el canal entre islas de mi puerto de destino. Una patrullera sueca se cruza con nosotros y nos saluda. Estoy tan feliz de haber llegado que me olvido del cansancio. Salvo mi última ruta en el Navionics.
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Después de una buena ducha nos cogemos el primer tren a Estocolmo, anticipando la felicidad de llegar a casa, de dormir en una cama, de comer una verdura hervida con patata para limpiarnos de tantos días de comida rápida y a cualquier hora. Me vuelvo a mirar el barco.
Me da una enorme satisfacción verlo ahí atracado. Aunque ya llevo dos años en Suecia, es sólo hoy que he terminado mi mudanza. Es seis de agosto, dos meses y dos días después de iniciar mi periplo. Atrás quedan muchas millas por tres mares y cinco ríos, atrás quedan más de doscientas esclusas, muchos amaneceres y muchos atardeceres, muchos nervios y muchas dudas, pero también alegrías y risas, y un poquito de aventura lejos de la oficina. Me siento en forma, como siempre que navego, delgado pero fuerte, y lleno de confianza en mi barco.
Espero que algún cofrade se haya entretenido leyendo estos recuerdos y si, además pueden proporcionar alguna información útil a otros que quieran hacer un viaje similar, tanto mejor. Sentía que se lo debía a la comunidad. Mi viaje tal vez no habría sido posible, y con toda seguridad, mucho más complicado si no hubiera contado por la ayuda de Silvia y de Gerardo, y la de otros que, sin conocerme de nada, me ayudaron, como Reidar, como Gina, personas con las que nunca me he encontrado físicamente, y sin embargo llevo muy dentro del corazón. Su generosidad era real, y eso me da fuerza, me devuelve algo de confianza en los seres humanos, con los cuales, últimamente, andaba algo decepcionado.
Bueno, y a ver si alguien se invita a una cervecita fresca, que de tanto hablar se me ha secado el gaznate. Mientras la saboreo, me sentaré a disfrutar escuchando vuestras travesías por otros mares.
Buena proa a todos!!