Hay gente que considera natural subir de eslora: empezar por un veinte pies, luego un veintitantos, después un treinta pies y de ahí a anhelar los dorados cuarenta pies. Otros armadores nunca se plantean esa carrera que, admitámoslo, cambia algunas actitudes: yo lo he visto a diario entre amigos que yendo a esloras mayores en cierta manera han mudado de piel. Lo que me sorprende es que se asuma que ir a más es un triunfo y lo contrario un fracaso. En el mundo anglosajón el “down-size” en esto de las tallas forma parte de la vida. Vamos, que se empieza con poco, crece la familia y hacen falta más metros. Luego los hijos se van de casa y ya no pisan la cubierta y el barco grande es un estorbo a falta de manos. Coincido con los cofrades que opinan que a más eslora –salvo aquellos que hacen travesías- las salidas son menos y, muchas veces, sin amortizar la necesidad real del barco. Yo empecé con un veinte pies, luego cambié de atraque y compré un 24 pies que sería el escalón hacía un barco mayor, ya que disponía de sitio donde atracarlo. A lo largo de los años fui dándome cuenta de que mi ilusión por navegar crecía, pero no la de los demás. Cambié el atraque, rebajé un poco la eslora y los gatos se redujeron a la mitad: mi barco actual apenas llega a los siete metros y cabe en un atraque de los pequeños. ¿Supone eso una derrota? El realismo en esto de navegar despeja horizontes. Tengo compañeros cuyos barcos de treinta y cuatro pies o más son un calvario, pero no renuncian a ellos por la “humillación”, dicho esto entre comillas, de ir a menos. No lo entiendo, pero respeto estas dependencias siempre que se navegue. Si los barcos se pudren en sus atraques, siento lástima.
