No fue tanto como un susto, pero sí un pequeño sobresalto que me dejó pensativo (y me hizo más sabio, espero).
Fue poco después del Gloria, y volvía de Premià a Sitges con un través estupendo (para ir haciendo 6 nudos y medio, con un tercio de la génova enrollada, en mi vieja tartana de 28 pies, ya tenía que ser fresquito); vamos, pasándolo como un enano. Llegando a Barcelona, y tal como anunciaba el parte, se empezó a insinuar una caída del viento a la que debía seguir un role a levante, por las condiciones del día (tramuntana en el Golfo de León) y también por las condiciones locales habituales. Más o menos entre las boyas Noviembre y Sierra el viento cayó casi por completo y puse motor para sortear el tráfico bastante intenso de mercantes que entraban y salían. No llevaba ni cinco minutos cuando un cambio perceptible en el sonido del escape me hizo darme cuenta de que algo no andaba bien, conque bajé a ver y, efectivamente, comprobé que la circulación de agua de refrigeración se había interrumpido. Señalaré que en el momento de bajar al motor debía estar a una milla bien larga de la bocana (la grande, la de mercantes y ferries). Estuve abajo menos de un minuto entre que apagaba motor y meditaba si sería la bomba, el rodete, alguna obstrucción... El caso es que volví a la bañera y miré hacia la bocana, pero ya no vi la bocana; solo tenía ojos para el monstruoso mercante (recuerdo el nombre de la naviera, Armas; será difícil que olvide las gigantescas letras, de lo cerca que las tuve) que debía avanzar a 12-15 nudos, luciendo un bulbo y unos bigotes espantosos y, en apariencia, inconsciente del hecho de que en su derrota flotaba, como un insignificante corcho, el menda. ¿De dónde coño había salido eso, y por qué en un minuto ya lo tenía encima? (Sí, ya sé que la pregunta tiene respuesta; pues me la hice de todas maneras, como un tonto).
Bueno, ¿me hice caca? Pues no, pero casi. Sin viento y sin motor, ya estaba yendo a la radio para tratar de advertirle de mi presencia y de que estaba sin gobierno cuando, para eterno crédito del capitán, el primer oficial o quien coño estuviera en el puente en ese momento, me maniobró visiblemente, cayendo a su babor. Casi al mismo tiempo entró la rolada prevista, y pude salvar la honrilla cogiendo viento y acabando de quitarme de en medio por mis propios ídem.
Lo que aprendí:
- Que navegar es, como dice un amigo, tomar una decisión cada cinco minutos.
- Que en la mar, una situación pasa de apacible a carajal en menos que canta un gallo.
- Que un mercante corre que se las pela.
- Y que no hay enemigo pequeño: la causa de la avería, finalmente, había sido la rotura del pasador del rodete de la bomba... un tornillo de apenas dos centímetros de largo.
Joder, menudo ladrillo os he soltado. Hala, unas birrias por llegar hasta aquí.

¡Brindo porque muy pronto tengamos más batallitas que contar!