Cabe simplemente ponerse en el lugar de quien legisla para entender que solo la regla general puede evitar que en aplicación de la particular de cada uno, la medida devenga inútil.
Existe un pueblo o urbanización extensa en la que vive un habitante por cada veinte viviendas de media.
Como estoy saturado de estar encerrado en mi piso me acerco en solitario a pasear por sus calles, y cuento con que ni tendré oportunidad de coincidir con nadie, y por ello ni voy a infectar ni me pueden infectar. El razonamiento es impecable.
Ahora bien, que garantīa tengo yo de que otras trescientas setenta y ocho oersonas no hayan tenido idéntica ocurrencia que yo mismo, igual de impecable si la analizamos en singular, y acabemos coincidiendo todos en aquel tranquilo lugar?. Aquel razonamiento impecable se va al garete, y si cada uno puede alegar que al salir de casa no perjudicaba a nadie no hay quien haga cumplir la orden de confinamiento.
Solución, quédate en casa sí o sí, y no valen excepciones que no vengan determinadas por causa essencial o de fuerza mayor, por válidos que a priori puedan los razonamientos para saltarse la regla.
Por cierto, lo de la esencialidad es a su vez muy subjetivo, bien sea porque cada uno tiene sus ” cadaunadas”...
La otra noche la Policía denunció a un ciudadano que, de madrugada, regresaba al parecer a su domicilio en la ciudad de Figueras (Gerona).
Al preguntarle el agente de donde venīa dijo que “de prestar un servicio sexual urgente”...:


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Saludos

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