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Hermano de la costa
 
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Predeterminado Re: Historias de la pesca del atún tropical

-Hace unos veinte años nos quedamos sin marmitón y salíamos a la mar al día siguiente, teníamos que buscar uno en Abidján. No hubo manera de localizar ninguno que hubiera estado embarcado antes, pero me trajeron un chaval de quince años natural de Burkina Faso conocido en el puerto porque se ganaba la vida ayudando en la cocina de los pesqueros en sus estancias en puerto. El muchacho llamado Parfait que chapurreaba un poco en español me aseguró cuando se presentó ante mí que había realizado una marea en un arrastrero andaluz que faenaba en Gabón a la gamba, haciendo una sustitución. Le pedí escéptico que me enseñara sus documentos y para mi sorpresa me mostró su pasaporte nuevecito y su cartilla de navegación en la cual efectivamente aparecía sellado un embarque de un mes en el “Monte Azote”. ¿Cómo había conseguido aquellos documentos?, a buen seguro le habían costado lo que le pagaron por la marea en el gambero.
Me pareció un buen muchacho y efectivamente el tiempo demostró que lo era, así es que lo embarqué sin más elucubraciones. Se trataba de un chaval muy peculiar porque se había criado en un ambiente más peculiar aún, en la selva y sin padre, y con una madre que no podía mantener a sus cinco hijos, Parfait, al que pronto rebautizaron en mi barco como Alfredo, se escapó de su aldea con doce años y mendigando, “cogiendo” comida y ropa de donde había, caminando hasta destrozar sus fuertes pies, subiéndose clandestinamente en los bajos de camiones, y de cualquier forma imaginable nuestro niño marmitón apareció en Abidján un año después, medio muerto de cansancio, sueño y desnutrición.

Hacía un año ya que se había establecido definitivamente en la zona portuaria del popular puerto y sobrevivía ayudando en la cocina y limpiando barcos.
En nuestro barco se le asignó el camarote que compartían el marmitón y el camarero, había un catre para cada uno de ellos igual que el de cualquier marinero pero Alfredo se negaba a dormir en el mismo y se acostaba en el suelo sobre un cartón al igual que lo había hecho casi desde que naciera. El camarero se quejaba de que se lo encontraba a diario tirado en el suelo roncando hecho un ovillo.
Un día Alfredo había literalmente desaparecido, el susto que nos llevamos fue mayúsculo porque registramos el barco de cabo a rabo y no aparecía. Estábamos ya convencidos de que había caído al mar así es que dí media vuelta y aguzamos la vista oteando el mar desesperados y angustiados, intentando navegar por nuestra propia estela en un ímprobo esfuerzo por localizarle.
Llevaríamos una hora aproximadamente navegando en dirección contraria cuando al oficial de puente se le ocurrió levantar la lona que tapaba el bote rápido que estaba en la cubierta de botes, el que no usábamos porque tenía el motor averiado. El que estaba en uso lo llevábamos colgando de su pescante en el costado de estribor. Parfait estaba dormido como un tronco en el interior de la pequeña embarcación de aluminio, que expuesta al sol debía ser una especie de horno.
Recuerdo que era media tarde, o sea, la hora del bocadillo, y el marmitón no aparecía, de ahí la voz de alarma. Cuando por orden mía se presentó en el puente y le pregunté por qué se había escondido para echar la siesta, me respondió que en el camarote hacía mucho frío debido al aire acondicionado y él estaba acostumbrado a dormir con mucho calor. Le advertí que no volviera a esconderse ni para dormir ni para nada porque habíamos perdido dos horas por su culpa, y me prometió que no lo volvería a hacer.
La alegría que nos llevamos al verle sano y salvo hizo minimizar el cabreo por su acción.

Una semana después nuestro Alfredito “desapareció” de nuevo, nos preguntábamos dónde se habría escondido esta vez mientras registrábamos todo el barco, pero como no aparecía el rapaz la angustia se hacía cada vez más acuciante a medida que transcurría el tiempo. Al igual que en la ocasión anterior se había dado la voz de alarma a toda la tripulación y excepto yo, que no puedo abandonar el puente dejándolo solo y el engrasador de guardia en la cámara de máquinas, todos los demás tripulantes registraron el barco exhaustivamente hasta que el caldereta lo encontró esta vez dormido como un tronco debajo de la proa de la panga, en el hueco que queda entre la panga y la cara de popa de la red.
Ésta vez no supo responderme al motivo por el que se había escondido para su siesta, y con el disgusto y el cabreo que pillé se me fue la mano y le solté un cachete en la mejilla, no fue un fuerte bofetón, si no más bien una torta dada sin fuerza.
Pero al muchacho le dolió muchísimo más el hecho que el golpe del que ya consideraba su padrino. Todavía tengo grabada en mi memoria su expresión impertérrita después del sopapo, sin moverse un milímetro frente a mí (a la sazón tenía casi mi estatura), mientras unas gruesas lágrimas resbalaban por sus mejillas. Me arrepentí en el acto de mi acción, os lo juro, es más, estaré arrepentido el resto de mi vida porque aquel rostro con los lagrimones descendiendo por su piel de ébano no se me borrará jamás-

-¡Hombre!, yo creo que el cachete se lo tenía bien merecido- justificó Eustaquio

-Vaya una manía de esconderse que tenía el mocoso ese, lo aprendería en la selva- opinó Javier

-Seguro- confirmó Jon -En aquel momento pensé que cuando regresáramos a puerto se marcharía para siempre, pero nada de eso pasó, continuó con nosotros por lo menos dos años más que fue cuando decidí cambiar de empresa. Posteriormente a éste episodio me contó muchas cosas de sus vivencias, nos habíamos hecho casi amigos. Cierta vez le extraje con tijeras un incisivo superior enorme porque tenía dos montados uno sobre otro, le quedó la boca mucho mejor. Pero lo más cojonudo del tema fue cuando vinimos a pescar con este barco aquí al Atlántico hace ocho años y alguien me dijo que Alfredo vivía en Las Palmas de Gran canaria, pero cuál fue mi sorpresa mayúscula cuando la campaña pasada se me presenta en el barco en Abidján para saludarme porque se había enterado que estaba yo allí. Él había llegado la víspera para visitar a sus amistades y pasar con ellos quince días, ahora debía tener veintinueve años y si no se identifica no le hubiera reconocido, debe medir un metro noventa más o menos. Me dio una gran alegría saludarle después de tanto tiempo- Somarriba respiró aliviado y encendió un cigarrillo

-Menos mal que no se le ocurrió sacudirte otro sopapo para quedar en paz- bromeó el lekeitiano

¡Menudo cimarrón!, un metro noventa, se ve que ha comido bien desde entonces- dijo el capi

-Ya os he dicho que nos hicimos casi amigos, prueba de ello es que en cuanto se enteró de que estaba en puerto con mi barco vino rápidamente a saludarme. Lo que pasa es que estuvo solamente veinte minutos y tú no llegaste a verle, Eustaquio.
Pero recuerdo otra anécdota que me pasó también en un barco de mi empresa anterior hace unos veinte años. Contrataron en la oficina de Bermeo, casualidades de la vida, un joven de veintiséis años como marmitón para mi barco. El individuo en cuestión, sorprendentemente era natural de Soria y no había visto un barco en su vida, a no ser por la tele, pero desesperado por la falta de trabajo y la necesidad económica en la casa de su madre, que tenía que alimentar a él y sus tres hermanos más pequeños además de a sí misma, cogió su hato y se fue a buscar la vida al País Vasco como habían hecho antes muchos paisanos. Después de patear las calles de Bilbao sin resultado alguno, contactó por azar con dos jóvenes bermeanos de parecida edad que tras escuchar la triste historia del soriano le llevaron a su Villa sugiriéndole que la manera más fácil de encontrar trabajo era enrolándose en algún pesquero. Como al soriano le importaba un bledo meterse en la boca del lobo si hacía falta con tal de poder mandar un sueldo a su madre, llamó a la puerta de varias compañías de atuneros acompañado de sus dos benefactores y precisamente en la empresa en la que yo estaba a la sazón le dieron la plaza de marmitón porque necesitábamos uno en breve.
A la sazón un servidor trabajaba en una de las empresas más pobres del mundo del atún y embarcaban lo que las compañías potentes no querían, como por ejemplo gente que no había embarcado nunca. En nuestra oficina le dieron trabajo en seguida, al jefe de personal le importaba un rábano que hubiera embarcado o no, con el concurso del soriano se le solucionaba el tema de la búsqueda de un marmitón y punto.
Pero había un problema, el muchacho no tenía Cartilla de Navegación. El jefe de personal de mi empresa le firmó y selló un documento que decía que necesitaba la Cartilla para embarcar en breve para que el trámite se hiciera por vía de urgencia. Sus “colaboradores” le acompañaron la mañana siguiente a la Capitanía Marítima y tres días después estaba en posesión de la libreta que le habilitaba a embarcar.
Una semana contada desde que puso los pies en Bermeo embarcaba con nosotros, durante ese tiempo durmió en una habitación que generosamente le había cedido uno de sus dos samaritanos. Aparte de esto, durante ese período de tiempo ayudaron ambos paisanos además de otros amigos de su cuadrilla a que el soriano que se llama Luis, no estuviera solo y mantuviera su andorga llena. Para más señas embarcamos juntos porque yo estaba en casa de vacaciones y viajamos en el mismo vuelo junto con el resto de relevos, excepto los africanos-

El patrón hizo un receso para arrojar la colilla de su cigarrillo al mar desde el alerón de babor como hacía habitualmente. Eustaquio, que no encontraba conexión con la historia anterior preguntó:

-Pero ¿qué tiene que ver la historia del soriano con la del burkinés?-

-Ahora os lo cuento. Luis, el soriano, se mareó solamente el primer día de su bautismo de fuego. Al segundo día habían desaparecido las naúseas y vómitos del neófito y aparentemente al tercer día se comportaba casi como un tripulante veterano, se adaptó al mar con una celeridad sorprendente.
Pero cierto día, cuando llevábamos un mes de mar más o menos, a las once de la mañana que como sabéis es la hora habitual del almuerzo en toda nuestra flota, el camarero no aparecía en el puente con la comida, y finalmente lo hizo a las once y cuarto. Cuando le llamé la atención por el teléfono interno al cocinero por el retraso se quiso justificar diciéndome el muy cabrón, que el marmitón no le ayudaba nada.
Después de almorzar llamé a Luis al puente y le solté simple y llanamente que si había embarcado cubriendo una plaza en el barco era para trabajar y que en un mes había tenido tiempo más que de sobra para aprender todas sus tareas. El joven me preguntó el porqué de mi reprimenda, a lo cual respondí transmitiéndole la queja del cocinero.
Los lagrimones descendiendo por las mejillas del soriano que permanecía inmóvil en el centro del puente del barco me hicieron encoger el corazón, os lo digo muy en serio. Me respondió sin levantar la voz pero denotando sufrir una humillación enorme que, cómo podía haberme dicho eso el cocinero si él hacía absolutamente todo lo que le ordenaba con diligencia.
Os prometo que no sé porqué pero le creí a pies juntillas, cogí el teléfono interno y ordené al cocinero presentarse en el puente. Cuando vió al marmitón ante mí se puso nervioso y ante mi requerimiento sobre su acusación de una hora antes, se desdijo de sus palabras el pedazo de Judas.
Solamente les dije a ambos que hicieran lo posible para llevarse bien y se marcharon. Entonces hice venir al camarero y le pregunté sobre el marmitón soriano, éste me respondió que el neófito era un buen muchacho, callado, obediente y trabajador.
Creedme que aún a día de hoy me arrepiento de no haber pedido disculpas a aquel hombre, y me estaré arrepintiendo mientras viva. Me gustaría estrechar su mano pero me parece muy difícil por no decir imposible. Desde que regresamos a nuestros respectivos hogares cuatro meses después del embarque no lo he vuelto a ver, porque pidió la cuenta y nos dejó, espero que no fuera yo el motivo- terminó Jon muy serio
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Stemma Proderi In Primis Bermei

Editado por TXELFI en 16-05-2020 a las 18:34.
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