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Antiguo 01-06-2020, 14:57
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Hermano de la costa
 
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Predeterminado Re: Historias de la pesca del atún tropical

SINGLADURA 24 (Jueves)




Esa mañana se encontraron con la desagradable sorpresa de que al plantado le habían cercenado la corbata y no tenía nada de túnidos bajo él. Solamente habían quedado los peces de escama o especies asociadas.
En ocasiones suele suceder que la corbata del objeto artificial se engancha en un anzuelo de un palangre para túnidos o peces-espada, y posteriormente cuando el palangrero hala su aparejo, al embarcar la franja de paño de red viejo el marinero de turno corta con su navaja el estorbo y así el plantado queda sin rabo y corre con la corriente superficial perdiendo la pesca que estaba con él y que estaba habituada a habitar asociada a un objeto “sujeto” a corrientes más profundas. Al perder el “fondeo” el objeto flotante cambia de velocidad y rumbo y los túnidos en casi todas las ocasiones abandonan el biotopo.
-El plantado es como el hombre, si no tiene rabo no vale- dijo Jon a Koyo cuando embarcaron el artilugio con la grúa de proa para ponerle una corbata nueva y depositarlo en el agua de nuevo, <<ya tendrá pescado algún día>> opinaba siempre el bermeano
Durante el intervalo de tiempo que permanecieron parados el barco balanceaba como un descosido porque se sincronizaba el período de balance con el de la ola. El patrón recordó el lance de la víspera y también el hecho de que el tanque antibalance permanecía vacío desde la salida de puerto. Estaba claro, tenían exceso de estabilidad, el rubio bermeano llamó por teléfono interno a Porriño ordenándole llenara el tanque “Flume” hasta su nivel de rendimiento óptimo.
Pusieron rumbo Sur hacia otra boya de radiofrecuencia, no había señal de pesca por parte alguna aparte de los típicos lances sueltos por aquí y por allá que cada día unos pocos barcos efectuaban, lances por otro lado discretos o míseros todos ellos.
Jon llamó a Gregorio por teléfono pues hacía cuatro días que no hablaba con él, el responsable del macicero le comunicó que debía haber unas cuarenta toneladas de túnidos reunidos bajo su barco. Según él la cantidad aumentaba paulatinamente día a día y sugirió veladamente a Somarriba que fuera pensando en darse una vueltecita por allí. No era cosa de esperar a que entrara una gran manada de delfines, calderones o de cualquier otro depredador que espantara la pesca que tantos días había costado reunir.
Justo a la hora del almuerzo Isaac llamó para comunicar al patrón de que no había mercante alguno para transbordar la pesca en los próximos quince días y que en consecuencia tendrían que retrasar los relevos una semana. Cuando se enteró por boca del rubio de lo que habían hecho la víspera, el gerente se mosqueó mucho y llegó a insinuar al patrón que había encontrado pesca días atrás en algún lado y se lo había ocultado a él y a los dos barcos de la compañía.
El bermeano se armó de paciencia y replicó al interfecto que conociendo los movimientos del barco desde su poltrona a través del Stándard C, cómo podía llegar a desconfiar hasta ese extremo.
De hecho, su desconfianza enfermiza le había inducido a instalar un monitor en su despacho de la oficina para mediante un dispositivo GPS cuya antena todos los barcos de la empresa llevaban instalado sobre el puente, para así conocer en todo momento las posiciones y movimientos de los mismos.
Al atardecer Somarriba puso una velocidad de diez nudos, aún así sobre las once de la noche estarían cerca de la boya que tenían en su proa.


SINGLADURA 25 (Viernes)





Ésta vez el objeto artificial estaba completo, no le faltaba corbata ni nada, pero no tenía pesca, es decir, sí tenía pero en poca cantidad (unas seis u ocho toneladas), un salabardo como vulgarmente solía decir el rubio patrón bermeano.
Para no faltar a la costumbre al responsable de aquél barco no le apetecía para nada largar el arte para capturar tan exigua cantidad de pesca, sostenía y no exento de razón que quitar la pesca a un objeto significa dejarlo desnudo durante mucho tiempo.
Mientras que dejándolo tranquilo con un salabardo de pesca, muy probablemente en dos, tres o cuatro semanas como máximo podrían hacerle un lance bueno.
Había practicado ese sistema desde que vino la moda de “sembrar” objetos artificiales y le daba buen resultado hasta la fecha. A veces sucedía que días después la boya “desaparecía”, pero bueno, esos episodios forman parte del juego de la pesca, hay que saber perder como también hay que saber ganar.
Resultó otro día en blanco porque nada de provecho encontraron. Esa jornada divisaron innumerables bandadas de aves marinas que acechaban los bancos de clupéidos que abundaban en la zona, sin embargo los atunes no hicieron acto de presencia.
Al atardecer se cruzaron con un cañero koreano de construcción japonesa, un barco de sesenta metros y trescientas cincuenta toneladas de capacidad de pesca pintado de blanco. A Jon, que ya había tenido alguno abarloado al costado de su barco otrora, siempre le habían llamado la atención aquellos cañeros con su proa tan lanzada y con cavidades en la parte superior destinadas a romper las olas cuando vienen de proa, su superestructura de tres plantas totalmente a popa como los barcos mercantes de cabotaje, y su tamaño inusual en flotas pesqueras del resto de países que no fueran orientales. Un barco de semejante porte dedicado a la pesca a caña es impensable para nuestra flota, no así para ellos que embarcan tripulaciones de treinta y cinco o cuarenta hombres con sueldos de miseria si los comparamos con los de aquí, y sin vacaciones por añadidura para períodos de dos años.
Navegaron a marcha reducida al rumbo suroeste hasta encontrarse a siete millas de una boya satelitaria que llevaba cuatro meses en el mar desde que había sido “plantada” junto con su objeto prefabricado, en las proximidades de Luanda por el “Urbero”. Eustaquio detuvo el barco a las doce y media de la noche.


SINGLADURA 26 (Sábado)




Nueva visita mañanera a una boya y nuevo chasco. También esta vez estaba todo completo pero no había más que ocho o diez toneladas de pesca, además de especies asociadas y tampoco en abundancia. El agua de mar estaba más fría que todos los días anteriores (veinticuatro grados), no es que fuera una temperatura particularmente fría pero a algo había que echarle la culpa. Jon estuvo tentado de largar el arte pero resistió la tentación. Ya le harían un buen lance la marea siguiente si tenían la suerte de que el objeto en cuestión no fuera “requisado”.
Tampoco esa jornada el tiempo estaba como en las precedentes, soplaba una brisa fresca del Sur de quince nudos que para navegar de costado o proa a ella molestaba bastante porque había levantado olas de dos metros.
A mediodía encontraron un objeto plantado amarrado a una boya de radiofrecuencia en la que se pudo leer “Avel Viz”, un cerquero galo de quinientas toneladas. Puesto que no tenía pesca le pusieron una boya propia y la dejaron en el lugar.
Antes de retirarse a la ducha diaria Javier llamó a casa por teléfono. La conversación no duró dos minutos, rápidamente colgó el auricular y salió al alerón con lágrimas en los ojos. Unos segundos después entraba en el puente Lito por la misma puerta que había salido el lekeitiano
-¿Qué le pasa a ese que está lloriqueando como una niña?- preguntó el gallego
-Si está llorando es que algo muy grave ha sucedido en su casa ¿no crees?- respondió Jon muy serio -Javi no es ninguna niña, todo lo contrario, hay que ser muy hombre para llorar. El hombre que no llora nunca no es un hombre, es un monstruo- añadió el patrón, además de serio, preocupado
En esos momentos entraba en el puente el interfecto secándose las mejillas con el dorso de la mano
-¿Qué pasa colega, malas noticias?- preguntó Jon pasándole un brazo por los hombros
El lekeitiano les aclaró breve y entrecortadamente el motivo de su repentina desazón. Uno de sus mejores amigos de la infancia se había ahorcado porque su novia de toda la vida le había dejado por otro. Sin comentarios.
Dos horas después de oscurecer estaban parados cerca de otra baliza.

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Stemma Proderi In Primis Bermei

Editado por TXELFI en 01-06-2020 a las 21:54.
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