SINGLADURA 27 (Domingo)
La boya de turno tenía entre cuatro y seis toneladas de pesca bajo ella. Jon, fiel a sus principios no largó la red, embarcaron el plantado a bordo para agregarle dos flotadores más puesto que se veía un poco hundido y una vez devuelto a la mar pusieron proa al “Urbero” que distaba ciento setenta millas al Noroeste.
El “Esparru” y el “Agerre” estaban por la zona donde habían aflorado los rabiles la luna anterior, de paso visitaron algunas boyas que la corriente había empujado desde la costa de Guinea Bissau hasta allí. Habían efectuado capturas de veinte y treinta toneladas respectivamente y tenían la intención de continuar visitando boyas en un área de una singladura de navegación para de esa forma tener opciones a localizar el codiciado “Yellow-finn” o de ser otro barco el localizador estar cerca del mismo. Exactamente lo mismo que habían decidido hacer otros Patrones de la flota, lo cual por otra parte es lo más lógico.
Isaac llamó a mediodía porque quería saber las intenciones de Jon. Éste le dijo lo que había, al día siguiente visitarían el banco y largarían al “Urbero”, después continuarían visitando boyas siempre con tendencia hacia poniente porque cualquier día no muy lejano era previsible un nuevo afloramiento del cimarrón. No era cuestión de permanecer cerca del puerto de Abidján en espera del mercante frigorífico, mientras tanto ¿qué harían?
El gerente le respondió que procurara completar el barco con cimarrón para la llegada del mercante, sugerencia a todas luces superflua.
No encontraron absolutamente nada durante todo el día, el aburrimiento era infinito y los tres Oficiales del puente tuvieron tiempo para hablar de todo, por la tarde a Eustaquio se le encendió la bombilla:
-Oye Jon, anoche estuve pensando que a lo mejor la cacea de nasas que encontramos el otro día pudiera ser perdida por uno de los dos barcos que un armador gallego conocido mío tiene faenando por las costas de Gabón y Congo-
-¡Hombre! También sería casualidad ¿no?- supongo que no serán los únicos que faenan por allí- respondió el rubio
-Es verdad, pero esas nasas tienen pinta de ser españolas, imagínate que las perdió uno de sus barcos. Si quieres le localizo por teléfono y si eran suyas podemos devolvérselas en puerto a cambio de una recompensa, sus barcos habitualmente entran en Abidján a tomar combustible- razonó Arqueros
-¿Y si no era suya la cacea y te dice que sí lo era? ¿Cómo lo sabremos?-
-¿Y a nosotros qué más nos da? No nos sirven para nada, Jon ¿qué haríamos con ellas?
Si se las damos a uno de sus barcos por lo menos se aprovecharán, y en mi opinión mejor que se quede con ellas un barco nacional, deben de valer una pasta-
-Tienes toda la razón- reconoció el bermeano -No sé qué carajo haríamos con ellas.
Si tienes su número de teléfono llámale y explícale el caso-
-No tengo su número pero sé quién lo tiene, es amigo de un hermano mío, le llamaré-
Media hora después Eustaquio había terminado de hablar con el armador gallego en presencia de Jon y Javier como él así lo había querido.
Efectivamente la cacea perdida había pertenecido a uno de sus barcos, la cuestión era saber cuál de ellas habían encontrado porque el barco nasero en cuestión había perdido dos con tan solo unos días de diferencia. El hombre estaba desesperado porque el barco en cuestión esa marea estaba patroneado por un novato mientras el patrón titular disfrutaba de sus vacaciones, y el comienzo del neófito en las artes de gobernar un barco de pesca no podía haber sido más desastroso.
Quedaron en devolverle todo unos días después cuando entraran en puerto. Ya ultimarían los detalles con una nueva llamada en cuanto arrancaran para tierra y su consignatario se haría cargo de los utensilios de pesca perdidos.
-¡Leches! Ese hombre debe estar consternado- dijo Somarriba
-Ahora menos- opinó Javier -Tenía perdidas dos y ahora recuperará una-
-Es verdad, vaya casualidad que conocieras al armador y se te ocurriera llamarle- aprobó Jon
-Pero como no pienso ir por Galicia le ahorraré la mariscada- se carcajeó el capi
Cuando oscureció tenían al “Urbero” a veinticinco millas, Jon ordenó a Eustaquio que detuviera el barco a quince millas al Este-sureste del macicero, la corriente de tres cuartos de nudo les acercaría durante la noche.
Lito llamó a su humillada esposa por teléfono y pidiéndole perdón consiguió hacer las paces con ella, cuanto menos logró calmarla de su furor de dos semanas atrás.
SINGLADURA 28 (Lunes)
A pesar de que Gregorio aseguró a Jon antes de largar el arte de que había por lo menos cincuenta toneladas de pescado bajo el “Urbero”, la verdad es que capturaron “solamente” treinta y cinco toneladas.
Y digo solamente porque cuando a uno le aseguran que hay por lo menos cincuenta si después resulta que aparecen nada más que treinta y cinco, se lleva una gran decepción.
Somarriba se juró a sí mismo que convencería al armador de la compañía de instalar un sondador de alta gama al macicero, porque “aquello”, según decía él era demasiado cachondeo, si es que se puede llamar cachondeo a desconocer siempre la cantidad aproximada de pescado que pudiera haber bajo la quilla del barco para unos pescadores experimentados.
El barco en cuestión estaba dotado además de dos sondadores de eco ultrasonoros con pantalla TRC a colores y otro gráfico, de un sónar que había visto tiempos mejores, pero que por aquellos días y según Gregorio no servía para nada a pesar de haber costado un dineral en su día.
Por supuesto que el sónar en cuestión no se había estrenado en el “Urbero”, se había desmontado de otro cerquero de la compañía cuando había comenzado a cojear. Muy probablemente tenía en mal estado el domosónico, el transmisor o el receptor.
Entregaron al macicero unos cien kilos de cangrejos que fueron recibidos con júbilo por sus siete tripulantes, con aquel botín para tan pocos hombres tenían para rato.
Le trasfirieron también veinte de las boyas nuevas recibidas en Abidján y otros tantos objetos artificiales fabricados a bordo con orden expresa de que los fuera “plantando” allí mismo fondeado como estaba a razón de uno por día, ya se encargaría la corriente de arrastrarlos hacia el Oeste-noroeste, solo era cuestión de tiempo.
“Desaparecía” una boya casi a diario y no quedaba otra que “sembrar” en la misma proporción cuanto menos si se quería mantener “sembrada” la huerta.
Finalizada la maniobra pusieron rumbo Oeste-noroeste hacia la famosa boya de los “setenta” que distaba doscientas noventa millas. No llegarían a ella hasta el amanecer del día siguiente, ahora viajaba empujada por la corriente Oeste y estaba situada en un grado de latitud Sur y cuatro grados de Longitud Oeste.
Nada digno de mención apareció el resto de la jornada de pesca, aparte de numerosas aves marinas que viajaban hacia poniente.
SINGLADURA 29 (Martes)
La boya, mejor dicho el objeto fabricado que estaba adosado a ella y que les había proporcionado una cuba de pescado en cada una de las dos ocasiones que había estado dentro del cerco, esta vez les proporcionó una decepción porque por lo que marcaban los sonares antes del lance daba la impresión de que allí había veinte toneladas de pescado pero capturaron solo doce. Embarcaron también una importante cantidad de peces ballesta, bananas y llampugas que habían obrado la superchería, y después de devolver todos los peces ballesta vivos al mar y embarcar el saco de la red y la panga pusieron rumbo Norte hacia una boya de radiofrecuencia que venía de Occidente.
La corriente bastante dura se había dejado sentir en aquel lance, afortunadamente para ellos no hubo ningún incidente.
Navegaron el resto de la jornada sin encontrar otra cosa que una boya satelitaria en la que se podía leer “Belouga” unida a un viejo tronco de árbol justo al cruzar el Ecuador. Un sinnúmero de dorados, peces ballesta, bananas y demás especies habitualmente asociadas a objetos flotantes pululaban en un radio de cincuenta metros alrededor del putrefacto madero. No había túnidos bajo ella, pero de haberlos habido tampoco hubiera sido posible largar la red de cerco porque la diferencia de corrientes entre la capa superficial y la de ochenta metros era brutal, nada menos que tres nudos.
Cambiaron el artilugio electrónico por uno propio y continuaron adelante, ya entregarían en puerto las boyas ajenas encontradas, como hacían siempre.
El “Belouga”, un viejo cerquero que pintaba de verde y tenía una capacidad de carga de túnidos de cuatrocientas cincuenta toneladas, había ostentado pabellón francés hasta pocos años atrás en que fue adquirido por una compañía koreana que tenía su base en Ghana. Lo mismo que había sucedido con el “Mervent” y algunos más.
A media tarde sucedió un hecho insólito por lo inusual por aquellos parajes. Casi de súbito levantó un fortísimo viento del Norte (doblemente insólito en el Golfo de Guinea) que obligó a Jon, cuyo barco navegaba con el viento casi de proa a reducir la velocidad al mínimo para poder asegurar la red y la panga con los cables de la maquinilla principal y los gruesos cabos de los chócker, porque de mantenerse durante muchas horas aquel viento infernal terminaría levantando olas de considerable tamaño que aunque inofensivas para el barco podrían ser fatales para los dos importantes elementos que alojaba sobre su popa. De hecho, la mar se había puesto blanca de espuma mientras que el cielo parecía de plomo viejo.
Una vez trincado y arranchado todo no sin dificultad puesto que los sufridos marineros fueron zarandeados como peleles durante el tiempo que duró la maniobra, Jon aceleró el motor hasta las seiscientas revoluciones por minuto utilizando el mando neumático del interior del puente, las necesarias para alcanzar los diez nudos de velocidad que necesitaban para llegar a la siguiente boya al amanecer.
Con calma y chicha el barco alcanzaba doce nudos y medio a aquél régimen de revoluciones.
Por supuesto, Eustaquio y Javier habían cubierto los grandes binoculares con sus respectivas lonas mientras Jon supervisaba toda la maniobra de trincado.
El silbido que producía el paso del viento entre la arboladura del barco era sobrecogedor mientras el barco avanzaba escupiendo espuma y rociones por todas partes, el balanceo del barco no era muy acusado aún porque no había dado tiempo a que se formaran grandes olas. El patrón del barco ordenó por teléfono interno que se presentara en el puente el marinero que tenía la primera guardia mientras sus acólitos no perdían de vista los radares en previsión de algún cruce con cualquier otro barco. Acto seguido y pese a que faltaba más de una hora para el ocaso encendió las luces de navegación y las de popa, la visibilidad se había reducido a una milla.
La tormenta tropical que se había cernido sobre ellos llegó a su momento álgido mientras cenaban y los tripulantes hubieron de sujetar sus platos porque los pantocazos del atunero de cerco eran ya importantes. Después, mientras disfrutaban de la película el aborrecido viento amainó con la misma celeridad con la que había aparecido y dejó de escucharse el lúgubre sonido que había generado durante tres horas y media. Eso sí, las olas de dos metros que había formado continuaron zarandeándoles durante unas horas más. Antes de acostarse Jon redujo la velocidad ajustándola para llegar a la baliza que tenían en proa al amanecer, como hacía siempre que sobraba tiempo.





