SINGLADURA 30 (Miércoles)
La boya que estaba a ciento cincuenta y cinco millas al Sur de Abidján, “navegaba” a casi un nudo de velocidad al rumbo Este-Nordeste movida por la corriente Norecuatorial del Golfo de Guinea, de no echarle el guante lo más probable es que acabara en una playa de Ghana, Togo, Benín, Nigeria o Camerún, o en la cubierta de algún atunero coreano ya sea cerquero o cañero de los que hacen base en Ghana y pululan en sus aguas.
El insólito itinerario protagonizado por la “boya viajera” de los aledaños de Santo Tomé de una semana antes se repite en muy contadas ocasiones.
Pero nada de eso ocurrió porque albergaba pesca bajo él y después de largar el arte y embarcar treinta toneladas de pesca quedó a bordo para mejor ocasión.
El contramaestre y sus muchachos hubieron de levantarse media hora antes de lo habitual para retirar todas las trincas que habían puesto la víspera por la tarde.
Durante el virado de la jareta Koyo advirtió a Jon de que una de las numerosas antenas que había sobre el puente estaba rota, y mientras halaban el arte Jon ascendió al techo del puente de mando e inspeccionó con minuciosidad todo cuanto desde allí se veía.
Efectivamente la antena de látigo de fibra de vidrio y resina de poliéster de nueve metros de longitud que correspondía al receptor de facscímil estaba partida en dos por el horrible ventarrón de la tarde anterior, no se apreciaba ninguna otra avería en la zona.
Ironías de la vida, el aparato que se había quedado sin antena y que sirve para conocer la climatología reinante y la previsión del tiempo era precisamente el artilugio que los oficiales del “Apóstol Segundo” ni se molestaban en poner en marcha en aquel océano puesto que el tiempo era casi siempre tan bonancible que se consideraba supérfluo su uso. De hecho, ninguno de los barcos que faenaban en el área tuvo conocimiento de la llegada de aquella tormenta tropical que se originó de manera inopinada.
Después el bermeano ascendió a la cofa y revisó las antenas, luces y demás elementos que había sobre ella y no observó avería alguna.
Una vez embarcada la panga navegaron a buena marcha al rumbo Oeste-Noroeste para llegar a tiempo a la segunda baliza que distaba de la primera casi cien millas. Se trataba de llegar a una hora prudencial para en caso de tener pesca bajo ella poder largar el arte y terminar la maniobra antes de oscurecer, de esa manera ganarían toda la noche de navegación hacia aguas occidentales, al siguiente día era cuarto creciente y los cimarrones con toda probabilidad asomarían de nuevo, había que andar con tiento.
Mientras navegaban, Jon desconectó la antena averiada y después de soltarla de su anclaje la bajó al alerón de babor, después enroscó bobinándolo fuertemente un hilo de nylón blanco de dos milímetros de grosor a lo largo de toda la zona rota comenzando y terminando por lo sano, es decir, aproximadamente un metro de longitud, lo que le llevó media hora.
Había observado que aquella especie de tubo de fibra estaba roto igual a como lo hacen las cañas de bambú, con grietas longitudinales que si se colocan todas las tiras en su sitio y se ligan con fuerza con un cordel pueden durar cierto tiempo sin problemas.
Cuando terminó la larga ligada el patrón ordenó al contramaestre que pintara el largo remiendo con generosidad y esmalte blanco, el color original de la antena. Otra media hora más y la antena se erguía de nuevo en su lugar original.
-Total, para lo que sirve te ha quedado de puta madre- dijo Eustaquio cuando acabó
-Es que la antena rota y caída como estaba hacía feo- se excusó Jon
La verdad es que ardía en deseos de llegar a la siguiente baliza y necesitaba de cualquier actividad para tratar de abstraerse del ansia que le embargaba. De hecho el rubio bermeano utilizaba este sistema muy a menudo, al igual que la mayoría de sus colegas.
Llegaron a la segunda boya que se encontraba a ciento diez millas casi al Sur de Sassandra a las cuatro de la tarde, con la corriente en contra y el barco bastante cargado como estaba solamente habían podido desarrollar una velocidad que no llegaba a los trece nudos en el trayecto a pesar de haber mantenido el motor propulsor a seiscientas sesenta revolucines por minuto.
Bajo el objeto plantado amarrado a la boya había pesca de nuevo y sin siquiera arriar el bote rápido al agua largaron la red para no perder ni un segundo. El bote se arrió después de que el barco había completado el cerco, no era la primera vez que actuaban así cuando el tiempo apremiaba más de lo normal.
Naturalmente también en ésta ocasión la boya con su objeto prefabricado quedaron a bordo del barco, la corriente en la zona era la misma que en el lugar del lance de la mañana.
Capturaron veinticinco toneladas en ésta ocasión, y antes de que comenzara a oscurecer, a las seis y cuarto, habían izado la panga y navegaban de nuevo rumbo al Oeste hacia la siguiente baliza que se encontraba a doscientas millas a seiscientas sesenta vueltas. Jon esperaba llegar a ella a mediodía de la siguiente singladura, si antes no la encontraba cualquier otro atunero puesto que estaba situada cerca de donde se habían efectuado las capturas de “Yellow-finn” la Luna anterior. Por eso precisamente esa y no otra boya estaba en ésta ocasión en el punto de mira de Jon, es normal actuar así, al mismo tiempo de visitar una o varias balizas se explora la zona donde más probabilidades existen de encontrar cardúmenes de túnidos en superficie durante el día.



