SINGLADURA 31 (Jueves)
Acababan de dar la una de la madrugada cuando en su estado de duermevela Jon escuchó golpear la puerta de su camarote antes de ser abierta y acto seguido la voz angustiada de Javier:
-¡Levántate Jon, hay un incendio en la sala de máquinas y no lo pueden apagar!-
Lo que sintió en ese momento el rubio patrón bermeano es algo inenarrable por varios motivos. Por una parte una extraña serenidad invadió su ser, algo así como si hubiera estado esperando el envite, por otra parte y quizá consecuencia de lo primero, instantáneamente después de escuchar la alarmante noticia por boca de su fiel Javier supo que no había nada que hacer, la suerte está echada, <<Alea jacta est>> había dicho Julio César mientras cruzaba el río Rubicón, pero el río en el que trataba de navegar en aquellos instantes el “Apóstol Segundo” era infinitamente más ancho que aquél.
Jon Somarriba, al tiempo que accionaba el interruptor de la luz del habitáculo decorado de laminado color crema, presintió en el acto que el desenlace de aquella alarma sería fatal como ya he dicho antes, y precisamente por eso se abstuvo de salir corriendo en calzoncillos, muy al contrario se puso rápidamente calcetines y un grueso chándal mientras sus dilatadas pupilas se acostumbraban a la luz eléctrica, a continuación se calzó unos zapatos ortopédicos que usaba para bajar a cenar al comedor, preparándose para una larga noche a la intemperie y un minuto después de la noticia estaba en el puente de mando anejo a su camarote. <<Los presentimientos, presentimientos son, nada definitivo>> pensó el patrón, había que intentar lo que fuese para tratar de salvar el barco.
Se encontró con Eustaquio, Javier y Sabino, éste último linterna en mano.
-He parado el barco, Jon, y también encendí todo el alumbrado exterior- saludó el oficial lekeitiano.
-¿Qué sucede en la máquina?- preguntó Somarriba dirigiéndose a Sabino
-Aquello es un infierno, no hay nada que hacer, no se puede bajar allí- dijo el jefe
-Pues dispara la planta de CO2 y apaguemos el incendio- ordenó Jon
-No es posible llegar al cuarto de CO2 porque el humo negro que invade todo es tan denso que hace imposible ver absolutamente nada en el parque de pesca. El que baje allí está condenado a muerte si intenta llegar al cuarto de CO2, porque está tan lejos de la escalera de bajada que a ciegas no podrá encontrar el camino para llegar allí y mucho menos regresar- soltó Sabino de un tirón, convencido de lo que decía.
-Los equipos de respiración autónomos no sirven de nada, se podría respirar con ellos sin problema pero el tema no es ese, el humo es muy negro y muy denso ¡algo increíble!, el que baje al parque de pesca está perdido- advirtió Sabino
-O sea que el barco está dotado como es preceptivo de una planta de extinción de incendios para la sala de máquinas, pero no se puede accionar porque el disparador está en un lugar inaccesible si el incendio es precisamente allí- dijo Jon
-Efectivamente, ni más ni menos- corroboró Porriño
-Pues parece mentira porque el barco ha sido diseñado por ingenieros, y los que lo han revisado hace poco durante la varada cuatrienal también- saltó Eustaquio con sorna
-Si es así vamos a abandonar el barco, preparemos todo- ordenó Jon, después se dirigió al contramaestre que estaba en el umbral de la puerta de babor del puente
-Koyo, vete a la panga con Ousmane y quitad la maniobra, después cortad con cuchillo el estrobo samson del aparejo real y finalmente disparad el gancho.
Una vez la panga en el agua amarradla en el costado de babor, frente a la puerta de la habilitación-
Incendiada la cámara de máquinas resultaba imposible poner en marcha el sistema hidraúlico para soltar de la panga el aparejo real que además de usarse para su izado se utiliza también como medida de seguridad para navegar de noche.
Jon había ideado años atrás el estrobo de nylón samson de cincuenta milímetros engrilletado en cuádruple en previsión de cualquier eventualidad.
Al mismo tiempo que daba la orden Somarriba accionó el pulsador rojo de alarma general tres veces, como cuando se ponían listos para largar, solamente que a la una de la noche todo aquel que escuchara aquel potente timbre sabría en el acto que ésta vez no se trataba de echar la red. Que algo grave estaba sucediendo en el barco sería evidente hasta incluso para el pobre “Tronco” en caso de encontrarse a bordo.
Eustaquio había pulsado los grandes botones rojos de las paradas de emergencia del motor propulsor y de los ventiladores de la cámara de máquinas en cuanto se supo la noticia.
-Voy a llamar al gerente para informarle de lo que pasa- dijo Jon
Pero justo cuando marcaba el número del teléfono móvil de Isaac en el artilugio satelitario, la derrota quedó a oscuras y los teléfonos dejaron de funcionar.
Se pusieron manos a la obra, el patrón ordenó a Javier que cogiera la baliza GPS de emergencia de su anclaje sobre el puente y la sujetara sobre el gancho disparador de la panga. A su vez el bermeano sacó una a una las doce boyas satelitarias nuevas que tenían en el balcón que había detrás del puente y ordenó a Koyo que con la ayuda de un par de marineros las transportaran también a la panga después de haberlas puesto en funcionamiento. Al sacar la última boya del balcón había basculado su cuerpo sobre la barandilla que contorneaba el receptáculo y sintió un dolor agudo en el costillar izquierdo, días después se verificó mediante rayos X que tenía tres costillas con fisuras.
La densa y gran humareda negra como la pez manaba de la puerta de bajada al parque de pesca, de los respiraderos del palo y del embudo circunscrito en la gran escotilla situada en el centro de la cubierta superior.
Las llamas aparecían con claridad a través de la puerta abierta de la chimenea, es decir, unos siete metros más arriba que la cámara de máquinas, aquello se había convertido sin ningún género de dudas en un infierno de llamas. Huelga añadir que dada la gran cantidad de combustible, aceites lubricantes e hidraúlicos, grasas, pinturas, disolventes y demás materiales de fácil combustión que albergaba el barco y con la agravante fundamental de la imposibilidad de acceder al cuarto del CO2 diseñado para que en caso de incendio importante en la cámara de máquinas y una vez desalojada de personal se cerraran las puertas de acceso a la misma y se descargara el contenido de las grandes bombonas mediante tuberías de acero instaladas a tal efecto, inundando de CO2 el recinto, lo cual originaba la extinción del incendio. Huelga añadir repito, que en este caso lo más sensato era abandonar el barco porque definitivamente no había nada que hacer.
Lo incomprensible del asunto es que estando dotado el barco del sistema como es preceptivo, para su accionamiento se tuviese que personar un tripulante en el compartimento que alojaba la batería de bombonas para poder tirar del disparador, siendo que dicho compartimento estaba casi sobre la cámara de máquinas.
La brisa que soplaba en esos momentos del Sur venía del costado de babor puesto que el barco había quedado al garete con su proa apuntando al Oeste, y se llevaba la enorme humareda hacia estribor, en la banda de babor se podía respirar con normalidad.
El cocinero apareció en la cubierta de botes preguntando qué es lo que tenía que hacer y Jon le instó a que en colaboración con sus dos subordinados embarcaran en la panga el mayor número posible de agua embotellada y algunos alimentos ligeros como galletas por ejemplo.
Julián repartió linternas a diestro y siniestro, Somarriba no le cogió ninguna pero Eustaquio sí, y con ella encendida en ristre se dirigió rápidamente hacia su camarote para rescatar lo que pudiese.
El electricista cubano apareció con cara de haber estado completamente dormido un segundo antes. Puesto que no aparecía por parte alguna Lito había tenido que despertarlo a manotazos porque ni los timbrazos ni el jaleo reinante lo habían conseguido.
Sabino como jefe de máquinas se preocupó de localizar a todo el personal a su cargo.
Arriaron a bordo de la panga los dos contenedores que albergaban las balsas salvavidas hinchables que estaban en la banda de babor de la cubierta de botes y arrojaron al mar los dos de la banda de estribor, ya las recogerían después de abandonar el barco.
Mientras arriaban a la panga las dos de babor Jon observó que casi todos los tripulantes africanos a excepción hecha de Koyo y alguno más estaban embarcados en la panga sin aviso previo, además se encontraban semidesnudos casi todos ellos. El primer pensamiento que le vino a su cabeza fue que aquellos hombres a medio vestir a la intemperie y de noche tendrían todos los números para pescar una pulmonía o algo por el estilo.
El patrón subió rápidamente las escaleras que le separaban del alerón despotricando por los pinchazos que sentía en su costado izquierdo y se dirigió a su habitáculo.
La habilitación del barco estaba a oscuras pero todo el alumbrado exterior permanecía encendido, por las numerosas ventanas del puente entraba bastante luz hasta el despacho del patrón que permanecía con la puerta abierta.
Atrapó una linterna que tenía en el despacho y entrando en el camarote atrapó las dos maletas de viaje que tenía a bordo, la azul que usaba para viajar y la roja que se quedaba a bordo llena de ropa mientras disfrutaba de sus vacaciones, junto con un gran cajón de cartón. Las abrió y cogiendo de los cajones y armario metió en ellas todos los pantalones largos que tenía, así como sudaderas, camisas de mangas largas, chándales y jerséis, es decir, toda la ropa de abrigo que pudo recopilar.
Acto seguido abrió el cajón de la mesilla de noche y retiró su cartera, la cartilla de navegación, la cartilla de vacunaciones y el pasaporte y los metió en una de las dos repletas maletas, después las cerró y cogiendo una en cada mano y con la linterna en la boca salió del camarote y atravesó el despacho, pero justo cuando pasaba ante el gran escritorio sobre el que descansaba su portátil se le encendió una luz roja en la cabeza.
Dejó una maleta en el suelo y la linterna sobre el escritorio, después cogiendo el pendrive que había junto al ordenador se lo metió en un bolsillo del pantalón, cargó con las dos maletas de nuevo y saliendo del puente descendió a la cubierta de botes.
Koyo se hizo cargo rápidamente de las dos valijas de su patrón y se encargó de que fueran embarcadas en la panga.
En esos instantes Eustaquio y Sabino contaban por enésima vez los tripulantes embarcados en la panga a los que sumaban los pocos que estaban congregados en el punto de reunión sito en el centro de la cubierta de botes. Estaban visibles diecinueve a bordo de la panga, todos africanos excepto Lucio, y ocho a bordo del barco, los cinco oficiales además de Julián, Ismael y Koyo, total veintisiete, no faltaba nadie.
Javier portaba tres walki-talkies en sus manos y Eustaquio una mochila y un maletín.
-Bueno, vámonos ¿no? aquí ya no hay nada que hacer- apremió Eustaquio
-Supongo que habrás pillado la documentación del barco y de toda la tripulación-
-Lo tengo todo aquí en la mochila- respondió el Capi
-Vámonos, abandonemos el barco- respondió Jon
Descendieron por la escalera de acero mientras sonaban dos explosiones provenientes de la cámara de máquinas, pisaron la cubierta superior y pasaron al callejón de babor, justo frente a la panga. Un par de minutos después quedaban a bordo solamente el patrón y el capitán del barco.
-Vamos, desembarca ya- dijo Somarriba
-No, desembarca tú primero- respondió Eustaquio
Jon captó al instante que el capi quería ser el último, como en las películas, y no se anduvo con bobadas, trepó a la regala del barco y descendió hasta poner ambos pies en la regala de la embarcación auxiliar que permanecía amarrada con dos cabos de nylón samson al costado del barco y con su motor desembragado ronroneando al ralentí. No le costó demasiado puesto que el barco estaba muy cargado y la diferencia de altura entre ambas embarcaciones no era tanta, Koyo le tendió una mano para evitar que cayera en un movimiento brusco de la panga.
Lo primero que se fijó Somarriba al poner los pies en la cubierta fue la gran cantidad de víveres de diversa índole que ocupaban la mitad de la cubierta de la panga.
-¿Pero qué coño es esto?- exclamó Jon estupefacto
-Tú me has dicho que embarcáramos algunos víveres- se defendió Lass
-¿Cuánto gasoil tenemos en el tanque?- preguntó el rubio al panguero
-Está casi lleno patrón- respondió Ousmane
La panga estaba dotada de un tanque de tres mil litros de combustible, suficiente para navegar dos singladuras a media máquina.
Eustaquio soltó los dos gruesos cabos de amarre, después entregó la mochila y el maletín a Javier y abandonó el barco.
Habían tardado no más de veinte minutos en recoger todo lo que consideraron necesario y se embarcaron en la panga con escrupuloso orden, sin histerias ni pataletas estériles.
Pasaron lista una vez más para asegurarse de que estaban todos antes de dar avante para alejarse del barco y después Jon se puso al timón y embragó.
El bermeano dirigió la embarcación auxiliar hacia la proa del barco y después giró a estribor pasando frente a la roda del atunero herido de muerte.
-¡Koyo, vamos a embarcar las balsas salvavidas que están en el agua!- ordenó
Una estaba casi en el mismo lugar donde había caído, es decir, a la altura de la cubierta de botes. Le pasaron uno de los cabos de amarre con un ahorcaperros y tras ímprobos esfuerzos consiguieron izarla a bordo de la panga.
La otra flotaba a la altura de la chimenea y casi pegada al costado del barco, la sombra del mismo hacía difícil la visión, se veía a duras penas porque el contenedor que albergaba la balsa neumática estaba construida naturalmente de poliéster blanco, de ser un color oscuro no se vería. Se acercaron a ella despacio pero cuando la tenían a su lado se escucharon repentinamente tres potentes explosiones procedentes de la cámara de máquinas adyacente.
-¡Vámonos de aquí antes de que explote el barco!- rogó Sabino nervioso
-Será mejor que nos larguemos, no sabemos lo que puede suceder- dijo Jon
Acto seguido embragó avante y giró a babor para dirigirse a la proa del barco de nuevo, después puso proa al viento siempre al ralentí, no era cuestión de derrochar ni una gota de gasoil, a buen seguro aparecería algún barco por allí en las próximas horas pero no descartaba navegar al rumbo Norte si el barco se hundía antes de que apareciera nadie.
Sabía que estaban a ochenta millas al Sur de San Pedro, (Costa de Marfil), la panga alcanzaba nueve nudos a toda máquina, por lo tanto a velocidad de crucero de, pongamos siete nudos, y teniendo en cuenta las guiñadas en unas doce horas estarían en tierra.
Cuando se separaban del barco observaron con asombro que una gran llamarada cárdena como si de un gigantesco soplete se tratara brotaba de uno de los tubos de escape de la gran chimenea.
-Los motores auxiliares se deben haber quedado sin refrigeración- razonó Sabino
-Se van a fundir- respondió Lito, con su sempiterno trapo en una mano y una linterna en la otra
-Qué más da, se va a fundir todo- vomitó Jon con amargura
-Manda cojones, las luces exteriores continúan encendidas, mientras que las del interior se han apagado a los pocos minutos, es curioso- dijo Julián
No habían transcurrido ni dos minutos desde la observación hecha por el caldereta markinés cuando de súbito el barco se quedó a oscuras.
Se quedó a oscuras en cuanto a alumbrado eléctrico se refiere, porque de la puerta de la chimenea salían ya las llamas con descaro y alumbraban la cubierta de popa de manera lúgubre.
Estaba la panga con la tripulación del barco abandonado a una milla naútica aproximadamente cuando Jon desembragó la hélice y quedaron a la deriva al igual que su humeante nodriza.
-Lo que no entiendo es cómo el cuarto de derrota ha quedado a oscuras y sin teléfono antes que nada- manifestó Javier
-Yo tampoco- dijo Sabino -Los teléfonos funcionan a veinticuatro voltios al igual que las luces de emergencia obviamente. Mientras el barco tiene energía eléctrica en toda la red esos veinticuatro voltios vienen de unos rectificadores a tal efecto. Pero si falla la energía eléctrica principal por lo que sea, automáticamente el circuito de veinticuatro se alimenta de las baterías de emergencia, que no son pocas.
Es inconcebible que las luces de emergencia de la habilitación, los teléfonos y la derrota en general fueran los primeros en quedarse sin energía.
Se ha quedado a oscuras el interior del barco mucho antes que el exterior, me parece incomprensible, hay algo que ha fallado aquí, eso está claro-
-Pues menos mal que el sistema ha sido diseñado y revisado hace meses por ingenieros-
Volvió a la carga el capi
-Tenemos que quedarnos aquí quietecitos hasta que venga alguien- dijo el patrón
-Será la manera más fácil de que nos localicen- observó Javier
-No es solamente eso, no debemos alejarnos del barco mientras siga a flote- aclaró el rubio -Si nos marchamos para tierra y da la casualidad de que se apaga el incendio, cualquiera que pase por aquí podría hacerse cargo del barco y reclamar después su propiedad como barco abandonado-
Jon era Capitán de Pesca y en consecuencia algo de Derecho Marítimo había tenido que estudiar, no era el mismo caso que Eustaquio, ejercía de capitán pero su título no iba más allá del de Patrón de Cabotaje, sus estudios naúticos habían sido mucho más exiguos. Curiosamente Javier estaba en posesión del título de Patrón de pesca de Altura, superior al de Eustaquio, pero por antigüedad en aquel barco éste ostentaba un rango superior.
-Tenemos encendida la radiobaliza amarrada al gancho disparador- dijo Javier
-Y las doce boyas satelitarias que embarcamos en la panga están todas encendidas también. Lo he hecho adrede para que el patrón del macicero se dé cuenta de que algo raro sucede en cuanto mire la pantalla de las boyas- replicó Jon
El bermeano puso sus dos maletas sobre el gran guardacalor plano hecho de chapa de aluminio y las abrió. Después repartió toda la ropa que contenía entre todos los africanos y finalmente metió sus documentos y cartera en la roja y ésta a su vez en la azul que era un poco más grande.
Contemplaron como alucinados cómo las llamas habían salido ya de la puerta de la chimenea y avanzaban lentamente por la banda de estribor de la cubierta hacia proa, es decir, hacia la habilitación. A buen seguro se habían quemado los latiguillos de las maquinillas hidraúlicas que había en la zona y se había derramado el aceite avivando el incendio. La humareda se hacía cada vez más grande a medida que pasaba el tiempo. Murmullos de asombro brotaban de las gargantas de los tripulantes acongojados, hablaban en sordina, como temiendo pecar.




