Veinte minutos después les lanzaban unas sisgas desde el costado de babor del barco mercante y por medio de ellas pudieron amarrar sendos cabos a proa y popa de la panga.
Quedaron abarloados babor con babor, es decir, proa con popa.
Habían tenido la sensatez de poner el barco atravesado con la panga a sotavento, lo cual era de agradecer aunque la climatología en esos momentos era benévola.
Acto seguido arriaron una escala de práctico desde lo alto para que fueran subiendo de uno en uno. El mercante estaba vacío de carga, o sea en lastre, porque se le veía el bulbo fuera del agua en proa y parte del timón en popa, en algunas oscilaciones originadas por las olas los ocupantes de la panga pudieron incluso contemplar las puntas de las palas de la hélice del viejo cascarón de cuatro bodegas. Eso significa que su obra muerta en esos momentos era grande, es decir que la altura existente entre la panga y la cubierta del viejo cascarón negro y teniendo en cuenta la precaria escala por la que tenían que trepar los naúfragos era considerable por decirlo de una manera benévola.
Numerosos rostros, muchos de ellos sin rasurar y llenos de curiosidad de marinos mercantes asomaban por la regala de su barco, la gran mayoría de ellos lucían cabellos rubios delatando su procedencia del Este de Europa. El barco tenía una dotación abundante, máxime si se tiene en cuenta los tiempos que corren.
Comenzaron a subir los africanos primero, el quinto en decidirse a trepar fue Daniel, el marmitón o ayudante de cocina, un hombrón de metro ochenta y cinco y cien kilos. Cuando había ascendido unos cuatro metros la escala se rompió con un seco chasquido y el infortunado cayó a plomo de pie a bordo de la panga golpeándose la rodilla izquierda primero y el costillar del mismo lado después contra la regala de babor. A causa del brutal impacto y de su importante peso corporal el joven quedó en cuclillas, como hundido por el golpe.
Auxiliaron rápidamente al accidentado africano el cual aparte de los fuertes golpes no presentaba herida abierta alguna, se encontraba plenamente consciente y se quejaba bien poco para lo que había sucedido. Su rodilla comenzó a hincharse momentos después de la caída, le habían subido la pernera de su pantalón para poder explorar la zona.
-¡Serán cabrones!- gritó indignado Eustaquio -Nos han arriado una escala podrida-
Instantes después les largaban una nueva escala los del carguero
-Ya te digo, la nueva la tenían guardada para el práctico, no la querían ensuciar con la chusma- berreó Javier apoyando las palabras del capi
-¿Y ahora cómo hacemos con Daniel? ¿Será capaz de subir?- razonó pensativo Jon
-Que nos arríen una camilla de evacuación esos palurdos- resopló airado Sabino
-Sí hombre, y que tenga los cabos podridos también- remató Julián
Lito berreaba encolerizado lanzando improperios a los tripulantes del buque mercante que asomaban por la borda, éstos permanecían en silencio poniendo cara de circunstancias.
-¡Mecagüen a cona que vos botó!- remató sus juramentos el marinense
Desde el puente del mercante hacían señas a la panga, un oficial con mono gris y walkie-talkie en mano que se encontraba en la borda por la que ascendían los naúfragos les preguntó quién era el comandante del barco siniestrado, todos miraron a Jon.
El capitán del carguero apremiaba a que subiera al puente de su barco para que se comunicara por teléfono con el armador del “Apóstol Segundo”, el bermeano hizo caso omiso de las recomendaciones de sus oficiales que le instaban a que subiera al mercante.
Primero quería solventar el transbordo de Daniel, así es que le preguntó si sería capaz de subir por la escala, a lo que el mocetón respondió que creía que sí. No obstante el patrón amarró una sisga por debajo de las axilas del marmitón y desde arriba sus compañeros que habían transbordado ya, ayudaron en su ascensión al fornido muchacho hasta que pudieron echarle el guante para acompañarle en franquear la regala del carguero.
Una vez Daniel a buen recaudo Jon ordenó a sus marineros que transbordaran los equipajes por medio de sisgas y ascendió por la escala sin contratiempo.
El del mono gris, que resultó ser el segundo oficial de nombre Víctor Azark, un individuo enjuto y rubio entrecano de unos cincuenta años que acompañó al bermeano hasta el puente de mando del barco ruso que se alzaba a cinco plantas de altura sobre la cubierta, allí se encontró con el capitán Iván Sokolov, de cabello níveo, mediana estatura y unos sesenta años, el primer oficial Anatoli Stolypin y el jefe de máquinas Igor Yulievich, éste último se trataba de un individuo muy corpulento, moreno cejijunto y con un rostro bestial. Estrechó la mano de todos ellos y esperó mientras el que mandaba el barco marcaba el número de su oficina en Galicia en un microteléfono digital de la archiconocida marca Sailor. Jon lo conocía de sobra, su barco había tenido uno igual, pero dos horas antes se había literalmente volatilizado.
Mientras el capi marcaba el número, el bermeano preguntó a los oficiales presentes su puerto de destino, a lo que después de mirarse los tres, el primero respondió que Douala, la capital de Camerún. Jon respondió aliviado que para dejarles a ellos en Abidján tendrían que desviarse poco.
Momentos después Sokolov le entregaba el artilugio telefónico:
-Hola ¿quién está al aparato?-
-Hola Jon, José Alosno al aparato ¿cómo estáis todos?-
-Buenos días José, por decir algo. Estamos todos bien, mejor dicho, estábamos todos sin un rasguño antes de que tuviéramos a éste mercante junto a la panga. Precisamente al transbordar se ha roto la escala y el marmitón ha caído de una altura de cuatro metros. Tiene un fuerte golpe en una rodilla y en las costillas, inmediatamente de entrar en puerto hay que llevarlo a un hospital-
-Pierde cuidado Jon, así se hará, por lo demás ¿cómo está el barco?-
-El barco está ardiendo de proa a popa como una antorcha, José-
-¡Por todos los demonios Jon, nuestro barco no es de madera!-
-Ya lo sé José, pero lleva muchos combustibles a bordo, es increíble cómo arde-
-¿Y no hay manera de apagar eso? ¿No se pueden echar mangueras desde otro barco?-
-No hay nada que hacer, aunque se apagara el incendio el barco está tan quemado que es inservible. Lo mejor que puede ocurrir es que se hunda cuanto antes-
-¡No me jodas Jon! ¿Qué estás diciendo? ¿Te has vuelto loco?- bramó el anciano armador
-No me he vuelto loco José, sé lo que digo, perdona por hablarte con tanta crudeza pero es lo que hay. Vete haciendo a la idea de que el “Apóstol Segundo” no sale de ésta, y te aseguro que me duele tanto como a ti o más-
-Tranquilo Jon, perdóname tú, haces bien en decirme la verdad, en fin, ¡al carajo el barco y las seiscientas toneladas de pescado!-
-¿Cómo que seiscientas?, teníamos mil toneladas de pescado a bordo José, faltaban solo cuatro cubas para completar-
-¡Teníais mil toneladas a bordo!, Dios mío qué desastre, en la oficina solamente tenemos constancia de seiscientas, tiene que haber un error-
-No lo sé, hemos hecho un lance de doscientas cincuenta toneladas hace una semana, puede que a Eustaquio se le olvidara pasaros el parte, o a alguien se le olvidó un cero, no lo sé. Isaac tiene que saber por narices cuánto pescado teníamos a bordo, le paso todo lo que pescamos guardándome solo un cinco por ciento-
-Bueno, de todas formas ahora ya está hecho, no tiene vuelta atrás. No creo que podamos cobrar más de las seiscientas que tenemos aseguradas pero qué le vamos a hacer, marchaos para puerto cuanto antes. El “Alborada Diez” llegará ahí en unas horas puesto que ha salido de Abidján la noche de ayer, él se hará cargo de la panga-
-No podemos marchar a puerto José, sería abandonar el barco y perderíamos la propiedad del mismo. Tenemos que estar aquí hasta que se hunda, pero si cuando llegue el “Alborada” continúa a flote pasaremos allí al capitán para que queden aquí custodiando el barco hasta que se hunda. Nosotros esperaremos en el lugar hasta su llegada para entregarle a Eustaquio y entonces nos pondremos rumbo a puerto-
-De acuerdo, esas cosas las sabes tú mejor que yo. Para tu información volaré esta noche junto con el inspector para estar con vosotros mañana, pero espera, te voy a poner con Jaime, un abrazo y no cuelgues. Ah, se me olvidaba, vuestras familias están todas avisadas del siniestro, pero les hemos recalcado que todos os encontráis perfectamente. Lo hemos hecho así para que no se enteren por el exterior y se intranquilicen. Volveremos a llamarles cuantas veces sea necesario para tenerles informados de todos los pormenores de vuestro regreso a puerto y a casa. Por cierto, si el barco definitivamente se pierde, inmediatamente nos pondríamos a la búsqueda de otro parecido que lo supla, te doy mi palabra de honor Jon, ninguno de la totalidad de tripulantes quedará en la calle, queda tranquilo. Ahora te paso a Jaime, hasta luego -
-Conforme José, gracias-
-Hola Jon, mira, nosotros llegaremos a Abidján mañana por la mañana, así es que ahí nos veremos. Te adelanto que nada más entrar en puerto seréis llevados a un buen hotel, allí tendréis que redactar la Protesta de Averías pertinente. Creo que pasado mañana volaréis a casa-
-De acuerdo Jaime, allí nos veremos, agur-
-Ciao, ciao-
Lo de despedirse en italiano se había puesto de moda últimamente en Galicia
Mientras hablaba por teléfono Somarriba pudo ver a través de los grandes cristales del puente que por la banda de estribor, es decir, por barlovento se acercaba proa a ellos un atunero de cerco, estaba a mucha distancia aún como para poder reconocerlo.
el capitán del “Captain Saieski” quiso dar avante en el acto, Jon, usando un inglés de taberna de puerto trató de disuadirle de que no debía dar avante porque no podían abandonar el barco en llamas y porque tenían la panga amarrada al costado, de dar avante la perderían, además de verse envueltos a posteriori en un lío legal de los gordos de verdad.
Después de una breve discusión el marino del Este no se avino a razones y puso el telégrafo de órdenes en posición de “HALF AHEAD”, inmediatamente el bermeano con firme determinación se abalanzó sobre la palanca de bronce y tirando de ella hacia popa la dejó en “STOP”.
El capitán y sus acólitos se miraban asombrados pero quedaron paralizados, la decisión del pescador les dejó perplejos y no reaccionaban, éste estaba decidido a repetir la acción si el capitán del mercante no se avenía a razones.
Se escucharon unas voces provenientes de un receptor de VHF, palabras atropelladas pronunciadas en un dialecto báltico e ininteligibles para Jon, provenían del walkie-talkie del contramaestre León Bakunin que se encontraba en cubierta y que lanzaba la alarma de que la panga se había desprendido del barco.
Los oficiales del carguero se precipitaron rápidamente al alerón de babor, seguidos de Jon a tiempo de ver que la panga azul se encontraba a veinte metros del costado del barco con sus cabos partidos colgando de la proa y de la popa, el barco se estaba moviendo y la barcaza se alejaba poco a poco.
En cuanto, el Capitán puso el telégrafo en posición de “AVANTE MEDIA”, los maquinistas habían arrancado de inmediato el poderoso motor Diesel de doce mil caballos de vapor. Las naves de ese porte carecen de embrague y el árbol de la hélice se encuentra directamente conectado al volante de inercia del motor, de suerte que en el mismo instante que comienza a girar el Diesel lo hace también el gigantesco propulsor, y dado que el barco se encontraba en lastre comenzó a moverse casi de inmediato.
Cuando segundos después de que el capitán moviera el telégrafo, y Jon lo regresara a su posición primitiva, el segundo maquinista Mijaíl Kuzmich quedó desconcertado del cambio de opinión tan repentino que él atribuyó a un error, pero cuando medio minuto después la posición de “PARA” continuaba inamovible decidió ordenar parar el motor.
Total, que cuando la gran hélice de seis palas y catorce toneladas que impulsaba el barco se detuvo había estado girando tres cuartos de minuto, los suficientes para impulsar el barco hasta adquirir cierta velocidad, la suficiente para que la resistencia opuesta por la pesada embarcación auxiliar que no estaba diseñada para correr hiciera que se rompieran los cabos.
En el momento en el que arrancaron la máquina, el timón del “Capitán Saieski” estaba todo a babor, de ahí que debido al rabeo de la popa la panga del “Apóstol Segundo” además de quedarse atrás se separó de su costado.
El capitán Sokolov ordenó “HALF ASTERN” y comenzó las labores de aproximación a la panga, pero claro, un barco de ciento cuarenta y tres metros no se maneja precisamente como una falúa, les llevó media hora tener la embarcación azul abarloada al costado de babor de nuevo.
El comandante originario de Murmansk ordenó a sus marineros hacer firme un grueso cabo en el gancho de proa de la panga para remolcarla sujetando el otro extremo del cabo en una de las bitas de amarre de la popa del mercante. Ningún tripulante se avino a descender a la embarcación auxiliar, entonces Stolypin se dirigió a los naúfragos ordenándoles que uno de ellos descendiera por la escala del práctico que pendía del costado.




