Jon desde lo alto del alerón divisó de repente con júbilo cómo el “Santa María” irrumpía en la banda de babor después de haber pasado por la proa del carguero a doscientos metros dando inmediatamente “ATRÁS TODA” con gran estrépito y densa humareda de sus tres mil doscientos caballos.
-¡No bajéis ninguno!- gritó el bermeano con el rostro congestionado por la cólera a sus hombres -¡Estos desalmados quieren dar avante con la panga de remolque y eso no puede ser, perderíamos la propiedad del barco!-
Estas palabras las había pronunciado mientras descendía de dos en dos los peldaños de las escaleras metálicas del veterano carguero. Cuando llegó a cubierta la mitad de sus tripulantes le esperaba casi a pie de escalera, la otra mitad permanecía sobre la gran tapa de la cuarta bodega rodeados por la respetable cantidad de valijas multicolor de todas clases, en una especie de extraño vivac.
-¡No te preocupes Jon! gritó Javier -Aquí no se mueve nadie-
-¡Tranquilo patrón, estamos todos contigo hasta morir!- berreó Lass desde lo alto de la tapa de la bodega blandiendo un cuchillo jamonero en una mano y un jamón de respetable tamaño recién empezado en la otra. Lo sujetaba por la caña mientras apoyaba la zona alta del anca en el suelo metálico. Continuaba teniendo su pulgar izquierdo vendado pero el color del vendaje distaba mucho de ser blanco. El patrón se quedó boquiabierto por la sorpresa y trepó de inmediato sobre la escotilla tapada de la bodega acercándose al cocinero marfileño.
Junto a él yacía un plato en el que estaban depositadas algunas lonchas que había conseguido cortar, el bermeano no salía de su asombro.
-Pero ¿qué estás haciendo?- interpeló al africano, el cual permanecía impasible y con una beatitud pintada en el rostro que hubiera sido para desternillarse de risa si no fuera por la trágica situación en la que se habían metido sin proponérselo.
-Ya ves, cortando el jamón, también tenemos que comer, es mediodía ya ¿no?- a Jon se le escapó una sonrisa ante la candidez de su cocinero, el tío los tenía cuadrados, de eso no había la menor duda.
-¿Y vamos a comer el jamón sin pan?- no se le ocurrió decir otra cosa al rubio
-No patrón, tenemos el pan que sobró de ayer ahí en una bolsa- respondió el moreno
-Pero ¿y los musulmanes? Ellos no pueden comer jamón- Jon pensaba en todo
-Hay otras comidas para ellos, no te preocupes, hemos subido todo lo que habíamos embarcado en la panga- Lass pensaba más que su patrón
-Ya veo ya, ¡manda cojones! Has desvalijado el barco antes de abandonarlo ¡eres la hostia! Has hecho bien Lass, con la única salvedad de que en un naufragio nunca hay que echar mano de alimentos salados. Si no aparece nadie por el lugar y hay escasez de agua potable puede convertirse en un problema muy grave- <<Siempre buscando pegas>> pensó Lass, pero se abstuvo de expresarlo <<Mira que es quisquilloso, pero bueno, está cumpliendo con su obligación>>
-De acuerdo patrón, si quieres tiro el jamón al mar- el marfileño siempre tan práctico
-¡Ahora no, coño!- estamos a bordo de un barco mercante, no nos moriremos de sed-
-Pues no sé qué decirte- intervino Eustaquio acercándose -Nos han prohibido entrar en la habilitación del barco, deben temer que nuestros piojos se apareen con los suyos y nazca una especie mestiza más voraz que las actuales-
-¡Será posible! y ¿quién ha sido el que nos lo ha prohibido?- preguntó Jon -Pero ¡si nosotros no tenemos piojos!- protestó acto seguido
-Ya lo sé hombre, debe ser el primer oficial, ese que está en el alerón- Somarriba miró hacia allí, efectivamente era Anatoli Stolypin, el segundo en rango del barco, pero obviamente cumplía órdenes del capitán.
-Bueno ¡muchachos, venid todos a comer!- gritó Somarriba -¡A los del mercante que les den por el saco!- añadió resoplando
Acto seguido comenzaron a acercarse los rezagados, se sentaron algunos directamente sobre la tapa y otros en los equipajes, masticaron lo poco que sus atormentados organismos estaban dispuestos a recibir. Varios africanos se atiborraban con un bote de mermelada en la mano cada uno, les encantan los dulces. Alguno incluso se estaba ventilando una lata de leche condensada al que previamente había hecho dos orificios, contrapuestos en la tapa, como había visto hacer al camarero.
Para amenizar aún más la fiesta aparecieron por allí algunos tetra-bricks de vino tinto de las tierras de Castilla de a litro, el bermeano balanceaba la cabeza a uno y otro lado << Si tardamos un cuarto de hora más en separarnos de nuestro barco, éste se trae hasta los colchones>> pensó <<¿Cuánto tiempo creería Lass que íbamos a permanecer en la panga?>> <<Pero de todas formas, mejor así>>
El rubio patrón bermeano dirigió su mirada hacia el puente del barco donde se cruzó con la del capitán del Este que les observaba con atención con su rostro impenetrable arrimado a uno de los grandes cristales templados del frontal del puente. El de Murmansk rehuyó la mirada, como avergonzado, había veintisiete náufragos sobre la tapa de la escotilla de la bodega que debía medir unos veinte metros de eslora por quince de manga. Hombres mal vestidos, mal comidos, sucios, soñolientos, carentes de descanso desde la víspera y dolidos en su amor propio. Que a unos náufragos se les trate así no está previsto en ninguno de los tratados internacionales que se han escrito negro sobre blanco hasta la fecha, pero era lo que habían cosechado en aquel inhóspito cascarón negro sin merecerlo.
<<Señor, perdónalos porque no saben lo que hacen. Pero, ¡serán cabrones!>> pensó Jon.
El conjunto reunido sobre la tapa de la escotilla de la bodega número cuatro del carguero resultaba cuanto menos pintoresco, parecía una representación de titiriteros improvisada en un barco, con la salvedad de que los figurantes eran superiores en número a los eventuales espectadores, solo faltaba la cabra.
-Oye Jon- interpeló de repente Javier -He metido la radiobaliza en mi maleta-
-Está bien, mañana nos dirá el inspector lo que tenemos que hacer con ella-
El bermeano se acercó a Daniel y se preocupó por su estado, el marmitón se quejaba de que le dolía la rodilla y el costado si se movía, en cambio si permanecía quieto apenas le molestaban. En el costillar no se le notaba nada a la vista, sin embargo la rodilla estaba hinchada. Su patrón le tranquilizó diciéndole que no debía tener nada grave aparte del dolor propio del golpe y que nada más entrar en puerto sería llevado a un hospital.
La verdad es que se trataba de un paciente dócil en extremo, no se quejaba nada.
La panga de color azul claro del “Santa María” avanzaba raudo hacia el mercante con un tripulante blanco y otro moreno a bordo, otro cerquero galo, el “Cap Sant Pierre” se unió a la fiesta deteniéndose cerca. Los dos atuneros, casualidades de la vida, aunque pertenecientes a distintas empresas y pintados de diferente color (el último en llegar lo hacía de verde) eran gemelos, construidos en el mismo astillero y montaban la misma maquinaria. Tenían una capacidad de pesca en cubas de quinientas toneladas cada uno. Cuando la embarcación auxiliar del barco de Didier estuvo al costado Jon dijo al contramaestre:
-Koyo, vámonos al “Santa María”, a charlar un rato con los franceses-
Diez minutos después subían al alerón de babor del cerquero francés, Lito, al que ya se le había pasado el susto desde que pisara la cubierta del mercante les acompañó. Allí les esperaban el patrón, el capitán y el jefe de máquinas con rostros circunspectos.
Jon abrazó a cada uno de los tres, se conocían de Abidján. Curiosamente eran los tres propietarios del barco, lo habían adquirido de segunda mano dos años atrás y la cosa no les había ido mal en ese tiempo, Didier era un gran patrón de atunero además de fuerte como un oso. Usaba gafas, andaba por la cincuentena, era tan rubio como rubicundo y debía pesar unos noventa kilos, para su metro y setenta y cinco no estaba nada mal, parecía pertenecer a un equipo de rugby o de soka-tira.
Preguntaron al bermeano sobre cómo había sido el siniestro, Jon les narró el episodio lo mejor que pudo en su mal francés. Cuando el patrón bretón quiso saber cuánto pescado tenían a bordo y el bermeano le respondió que mil toneladas quedaron sorprendidos, la pregunta siguiente fue que cuánto tiempo llevaban de mar, Somarriba respondió que justo un mes, entonces la sorpresa se convirtió en asombro, nadie había pescado esa cantidad el último mes, ningún atunero de los que faenaban en el Atlántico se acercó siquiera.
Como es de rigor Didier preguntó a su homónimo sobre las zonas en las que habían hecho las capturas y el otro le respondió sin tapujos y de manera escueta pero sin faltar a la verdad, cosa que por otra parte para Jon hablar de pesca en tiempo pretérito carecía totalmente de importancia, ya no tenía valor.
Les pusieron un botellín de cerveza fría en sus manos y bebieron con deleite, les invitaron a comer, les preguntaron si necesitaban algo. Declinaron con educación todos los ofrecimientos porque nada echaban en falta de lo que podían darles los franceses, pero expresaron su gratitud a aquellos hombres rudos como ellos, pescadores experimentados fajados en mil batallas contra los elementos. Padecían las mismas miserias que ellos estaban acostumbrados a sufrir, eran colegas y se solidarizaban.
Mientras charlaban, el patrón francés manejó su barco hasta las inmediaciones del siniestrado y lo bordeó al mínimo de velocidad a tan solo dos esloras de distancia.
La gran chimenea de acero estaba retorcida por la altísima temperatura alcanzada, la red había desaparecido, en su lugar quedaba solamente la cadena de acero de dieciséis milímetros que había conformado su relinga inferior, cubierta de cenizas. Todos los cristales templados de las ventanas de la habilitación habían desaparecido, estallaron a causa del horrible calor durante la noche, a través de las aberturas rectangulares se veía con meridiana claridad que el interior continuaba en llamas, aunque con menos virulencia que al amanecer.
El que había sido el patrón de lo que ahora era un despojo humeante observó que la popa estaba hundida, y eso teniendo en cuenta que faltaban la red y la panga. La víspera, el barco estaba ligeramente aproado a causa de la importante cantidad de pescado que albergaban sus cubas aún a pesar de que tenía ciento veinte toneladas más de peso sobre su popa.
Para Jon era signo inequívoco de que la sala de máquinas del barco de sus amores estaba inundada, en cuanto alcanzara la parte superior e invadiera inexorablemente el parque de pesca el barco se hundiría sin remisión.
Como si leyera sus pensamientos Didier exclamó en francés:
-Jon, ese barco no se hunde- movía su cabeza a izquierda y derecha
-¡Que no se hunde, no me jodas Didier!, si ya está medio hundido-
Evidentemente el bretón no conocía aquel barco como el vasco.
Media hora después y con francos apretones de manos se despedían de los franceses que con tanta hospitalidad les habían tratado, y regresaron al carguero.
Didier les había dicho antes de marchar que dado que no aparecía nada de pesca por parte alguna no había prisa por partir, y que por lo tanto permanecerían en el lugar hasta la llegada del “Alborada Diez” por si necesitaban algo.
Justo acababan de poner los pies en la cubierta del mercante de nuevo cuando Víctor, el segundo vino a ofrecerles en nombre del capitán el cuarto de duchas de la marinería del barco para que pudieran asearse, allí encontrarían jabón y toallas limpias además de agua caliente. Para los oficiales del barco siniestrado les habían reservado las de los subalternos.
Lito comenzó a despotricar en gallego en contra del capitán del carguero siendo secundado inmediatamente por Lucio, Jon quiso aplacar ánimos.
Poco a poco comenzaron a desfilar hacia el interior de la habilitación del veterano barco guiados por algunos tripulantes del mismo, y minutos después disfrutaban de una reconfortante ducha caliente en unos baños que debieron ser diseñados en el Cretácico Superior por lo menos, había tuberías de hierro oxidadas por todas partes. La estancia era de chapa de acero sin recubrimiento alguno, simplemente había sido pintada algún día de blanco sobre la imprimación de la chapa. Las pequeñas baldosas del suelo que originalmente habían sido también blancas estaban rajadas o rotas la mitad de ellas. Ni siquiera había unas míseras cortinas de plástico para los pudorosos, Jon pisó con asco aquellas baldosas temeroso de hacerse un corte en la planta de un pie. <<Señor ten piedad>>, pensó cabreado.
Después de la mojadura se fueron congregando paulatinamente en su “punto de reunión”, que no era otro que la tapa de la escotilla de marras.
Algunos tripulantes guardaban algo de tabaco en sus equipajes y compartieron con los que no tenían, al patrón le supo a gloria cuando encendió un cigarrillo rubio que le largó Julián, la espera así se hacía menos odiosa.
El “Apóstol Segundo” permanecía a unas tres millas de ellos con la humareda bastante disminuida en comparación a la de esa mañana, además el humo ya no era negro, si no más bien blanquecino. Por lo visto se estaban agotando los combustibles de muy variada índole que había almacenado el cerquero, desde gasoil y aceites hasta cabos sintéticos pasando por pinturas, disolventes y un sinnúmero de productos inflamables más.
Faltaba una hora aproximadamente para el anochecer cuando a Jon se le iluminó la bombilla, atrapó uno de los walkie-talkies y llamó a Didier, éste le respondió casi en el acto. Pidió al colega que le enviara su panga para trasladarse hasta el “Santa María”, quería ver su barco por última vez, el otro accedió de inmediato.
El “Cap Sant Pierre” había desaparecido del lugar un par de horas antes, allí no tenía absolutamente nada que hacer.
En pocos minutos la panga de color azul claro estaba al costado del buque mercante y embarcaron en ella Jon, Sabino y Koyo. Una vez a bordo del “Santa María” el bermeano pidió por favor a su homónimo bretón que acercara su barco al siniestrado para verlo por última vez, éste accedió sin rechistar.
Los barcos a la deriva abaten de diferente manera máxime si son distintos, en esos momentos el cerquero galo estaba a tres esloras del carguero ruso, pero el barco siniestrado distaba de ellos unas tres millas naúticas, tardaron poco más de un cuarto de hora en situarse a dos esloras de su objetivo, antes, cuando estaban a media milla Didier puso el motor al ralentí, la arrancada hizo el resto.
Giraron muy despacio una revolución completa alrededor del desecho flotante que contemplaban con conmiseración los tripulantes del “Santa María” y con dolorosa congoja los otros.
El incendio allí debió ser espantoso para cocer las gruesas planchas de acero hasta ponerlas al rojo por el exterior.
Los costados del casco que habían sido azules ahora tenían un color indefinible mezcla de gris y pardo en toda la extensión de la cubierta principal llamada parque de pesca en todo atunero de dos onerlas al rojo y hacer que desaparecieran las capas de pintura e imprimación hasta por la cara exterior. La gran cantidad de aceite hidraúlico almacenado en su tanque situado a popa de la banda de estribor había hecho bien su trabajo.
No quedaba entero un solo cristal templado de las ventanas y portillos, excepción hecha de los de la cofa, se habían quemado hasta los radiadores de los radares que estaban instalados sobre el techo del puente a cuatro metros de altura.
Irremediablemente los latiguillos hidraúlicos de las maquinillas de cubierta y de los distribuidores del parque de pesca se habían calcinado también derramando el aceite contenido en el circuito, además, al quedar sin presión alguna el sistema, los frenos de algunas maquinillas habían cedido y en consecuencia la gran pluma principal con sus ostas de trincado flojas se balanceaba penosamente con las lentas oscilaciones del barco.
Aparte de esto, en su extremo el gran halador de red o power-block de poco menos de cuatro toneladas con su aparejo de trincado también flojo se movía violentamente golpeando con estrépito contra su propio trapecio de apoyo. No sería de extrañar que antes de que el barco se hundiera quedara desarbolado.
La popa del navío herido estaba más hundida que a mediodía, ahora la calma chicha era casi total y aún así el agua llegaba hasta las letras que componían el nombre del barco en ambas aletas, aquellas letras blancas sobre azul que normalmente se mantenían por lo menos a un metro de la flotación. Eso que como es obvio faltaban de la popa la red y la panga, como ya he dicho antes. El atunero de cerco estaba irremisiblemente condenado.
Jon Somarriba estaba absolutamente acongojado, anonadado, humillado y un sinfín de cosas más que no se pueden describir con palabras, el despiadado Destino le había arrancado un pedazo de su vida inflingiéndole al mismo tiempo uno de los peores castigos que se pueden administrar a un ser humano, marino de profesión y patrón de barco por añadidura, la pérdida de “su” barco, lo cual producía al bermeano un inmisericorde dolor irracional, infrahumano.
Doce años de lucha sin cuartel se iban al carajo, muchos sinsabores, discusiones, modificaciones, mejoras, trabajo, mucho trabajo codo con codo con sus hombres, él mismo, el patrón del barco en innumerables ocasiones con las manos negras de grasa o de cualquier otra porquería. Cuántas veces había terminado la jornada derrengado por haber trabajado en cubierta hasta las nueve o diez de la noche, todo por lograr limar uno por uno los defectos que había heredado cuando embarcó por vez primera en aquella nave de la cual se había encariñado como si fuera su segunda esposa.
Por no hablar del tema del arte o red de cerco de jareta. A lo largo y ancho período de aquellos malditos doce años habían pasado de tener sobre la popa un inmundo y obsoleto montón compuesto de viejos harapos de nylón y cadena exigua y oxidada de otrora a un arte por lo menos decente conseguido a base de un sinfín de correcciones, añadidos y discusiones. Eso sí, nunca jamás en el período citado habían albergado una red completamente nueva en su alojamiento popel, pero bueno, por lo menos la que se acababa de achicharrar había sido seminueva y de dimensiones y hechuras al gusto del rubio patrón bermeano.
Y ahora, después de mil modificaciones y peleas, después de mil sinsabores así como también algunas satisfacciones porque por ejemplo, todas las reformas por él aconsejadas habían dado un resultado satisfactorio, y cuando el barco de sus amores estaba por fin al noventa por cien de efectividad, se le iba al infierno.
No soltó una sola lágrima en ningún momento para por lo menos descargar la rabia contenida que le embargaba, no pudo, estaba seco.
-El barco se va a pique, Didier, ignoro cuánto tardará pero se hunde- soltó Jon
-Sí, sin duda alguna, así es amigo mío, ese barco se va a pique, no creo que vea el Sol de mañana- corroboró el francés
-Yo creo que se va a pique esta misma noche- opinó Jean, el capi bretón
-Se va a pique en horas- exclamó Sabino -En cuanto el agua comience a invadir el parque de pesca, adiós- añadió
-Vámonos a la vera del mercante ruso, Didier, gracias por acercarnos, eres un amigo-
agradeció el gesto el patrón bermeano dando una palmada en la espalda al otro.



