Comenzaba a oscurecer cuando una vez más pusieron los pies en la cubierta del “Captain Saieski”, cuyo capitán debió estar esperando su regreso porque de inmediato envió al segundo oficial de nuevo con el recado de que podían reunirse todos en el comedor de subalternos donde les sería servida la cena.
En unos minutos estaban todos contemplando curiosos el amplio local rectangular de diez metros por seis donde entraban todos los naúfragos sin agobios, y que estaba situado en la banda de estribor de la planta baja de la habilitación del barco.
Las paredes, techo y suelo de la estancia así como el mobiliario estaban confeccionados de manera espartana, con materiales baratos y sencillos, y colores sosos donde predominaba el beige claro. No había ni una sola concesión de cara a la galería en aquel local, cosa que por otra parte iba en consonancia con el resto del barco.
La cena en cuestión consistía en un par de huevos fritos acompañados de una salchicha que parecía sintética, por cabeza. Los musulmanes rehusaron en principio ingerir la salchicha de un color sospechosamente blanquecino, barruntando que pudiera contener carne de cerdo, pero el camarero les juró y perjuró que eran de caballo, así es que cuando se decidió el panguero a darle un bocado los demás le imitaron poco a poco. Para beber les suministraron una lata de cerveza por barba a los católicos y una de refresco de cola a los musulmanes.
Después les facilitaron dos cafeteras calientes de unos dos litros cada una llenas de un líquido que tenía un color parecido al té pero que en lugar de tener su sabor parecía más el agua donde habían cocido un viejo saco de esparto. El camarero que les sirvió y que atendía al nombre de Boris Trotski, tuvo la amabilidad de suministrarles un azucarero de plástico mediado de azúcar, unas tazas de loza y algunas cucharillas, además de un par de latas de leche.
-No se van a arruinar los cabrones- protestó Lito gruñendo
-¡La madre que les parió!, esta gente no tiene corazón- le apoyó Julián
-Desde luego todo esto no es muy normal- opinó Jon
-En menudo estercolero nos ha tocado caer- vomitó con rabia Sabino
-Me parece que éstos tienen la despensa vacía, mi hermano- soltó Israel
Después del ágape, Lito, como no podía ser menos sonsacó a Boris quien le informó que estaban mal de víveres porque hacía mucho tiempo que no habían recibido suministro. El gallego le preguntó si no tenían Entrepot a bordo, pues estaba interesado en adquirir una botella de lo que fuese para acortar el tiempo de espera hasta puerto, pero el marino mercante negó con la cabeza, solamente les quedaba tabaco de pacotilla.
Eso sí, generosamente aquel hombre alto, huesudo, rubio y de unos cuarenta y cinco años regaló al marinense una botella de medio litro de vozka ruso de su propiedad, era lo único que podía ofrecerle. Lito la aceptó encantado y como compensación Eustaquio entregó al camarero cuatro cajetillas de un conocidísimo tabaco rubio que el otro recibió con visible satisfacción. El primer mecánico no fumaba y carecía de tabaco en su equipaje.
Aprovechando la coyuntura Jon preguntó a Boris los nombres y apellidos de todos los oficiales del barco y los anotó en un papel que después guardó.
Aquella botella no alcanzaba para mucho pero la repartieron como hermanos en las mismas tazas que habían utilizado para “degustar” el anterior brebaje, a razón de un chupito por cabeza entre los nueve que quisieron catarlo.
Ningún otro de los tripulantes de aquel carguero se dignó en obsequiar a los caídos en desgracia con una mísera botella de lo que fuese o unos cigarrillos.
Eso sí, momentos después del trueque apareció por allí un individuo de rostro patibulario y enfundado en un mono azul que increpó al camarero con rabia. La discusión fue breve pero tensa y al término de la misma el malencarado espetó mientras se alejaba:
-¡Sraka!- (1)
-¡Yob tvoiu mat!- (2) respondió Boris escupiendo en el suelo a continuación
-No parece que sean amigos- opinó Sabino
-Creo que el camarero se ha acordado de la madre del otro- corroboró Jon
-Vete a saber lo que ha pasado, a lo mejor le negó con anterioridad que tuviera alcohol y ahora se lo echa en cara el caraculo aquel- reflexionó Lito
Eustaquio entregó a Jon todas las cartillas de navegación, de vacunaciones y los pasaportes de los tripulantes naufragados excepto los suyos y el bermeano los guardó en su maleta junto con la de él y el pendrive con su libro inacabado, junto con los documentos personales de los tripulantes, el capi le entregó un par de cajetillas de tabaco rubio para compartir con los escasos fumadores que había entre sus hombres.
A las diez menos cuarto el “Alborada Diez” estaba parado y con todas las luces del exterior encendidas a tres esloras de ellos. Enviaron su panga al costado del barco ruso y Eustaquio embarcó en la misma acompañado de su mochila y su maletín, después cogieron la panga del barco siniestrado de remolque y se fueron despacio hacia el cerquero que había salido de puerto la víspera.
Al poco Somarriba recibió en su walkie-talkie la llamada de Didier que le comunicó que ya no hacía nada allí y que se marchaba a buscar pesca, se despidieron cordialmente ambos patrones.
Alfonso, el patrón del “Alborada Diez” llamó a Jon a su vez para comentar con él los pormenores del asunto, Eustaquio quedaría allí en su barco custodiando al “Apóstol Segundo” hasta que se hundiera, después se dirigirían a puerto con la panga de remolque.
Se despidieron los dos paisanos y Somarriba ascendió hasta el puente del “Captain Saieski” para advertir a su capitán de que estaba todo claro y podía poner proa al puerto de Abidján sin la menor pérdida de tiempo.
Minutos después el veterano cascarón negro se ponía en movimiento ¡y de qué manera!
Por lo visto aquel motor propulsor no necesitaba de calentamiento progresivo ni zarandajas por el estilo tan en boga con los motores modernos, porque en un tiempo récord aquel barco evolucionaba al rumbo Este-nordeste a una velocidad sostenida de 17 nudos, lo que no había alcanzado jamás el “Apóstol Segundo” aunque estuviese en lastre y navegara a toda máquina. Lo máximo que le habían sacado navegando a toda por la ría de Vigo fueron 16.
En sus numerosos viajes por los diversos puertos del Atlántico, Índico y Pacífico, la mayoría de los pescadores de atún habían conocido barcos frigoríficos de los cuales algunos eran rusos, que se habían diseñado en su día para transportar frutas desde el Trópico hasta cualquier parte del mundo. Estos barcos tienen que ser necesariamente muy rápidos para poder realizar su cometido sin que se deteriore la carga, y en consecuencia suelen ser naves de manga estrecha y muy afilada carena además de generosa caballería.
Esencialmente se tratan de cascos semejantes a traineras gigantes ideados para correr, dejando en segundo término la capacidad de carga.
No son raros los barcos frigoríficos fruteros que alcanzan velocidades máximas cercanas a los treinta nudos.
(1) Sraka= Mierda, en ruso
(2) Yob tvoiu mat= Jode a tu madre, el insulto favorito de los rusos.
Por ejemplo, meses antes transbordaron la pesca capturada a un ex-frutero ruso que tenía una capacidad de carga de cuatro mil quinientas toneladas y estaba propulsado por un motor Diesel de once mil caballos, alcanzaba los veinticuatro nudos.
Obviamente tanta potencia en proporción al porte del barco no se da en ningún otro tipo de buques mercantes, de hecho el “Captain Saieski” tenía más toneladas que caballos, de ahí que eso unido a su avanzada edad fuera sorprendente que navegara a tanta velocidad sostenida aunque estuviera en lastre.
Reunidos en el convex de babor y con una oscuridad solo mancillada por la siempre tardona Selene en cuarto creciente que asomaba por entre las algodonosas nubes blancas, los oficiales del barco siniestrado fumaban mientras admiraban la fantástica velocidad adquirida por aquel navío vacío de carga.
Estaba claro que el capitán ruso tenía prisa, y como es natural a los naúfragos no les desagradaba en absoluto las prisas del personaje esta vez.
Curiosamente y a pesar de que el motor propulsor del barco mercante giraba a un régimen cercano al máximo, el sonido que emitía a través del gran tubo de escape que emergía de la chimenea era muy contenido, al menos desde cubierta. El silenciador de escape cumplía bien su cometido, a buen seguro debía ser gigantesco porque lo que escuchaba era un apagado y lento BUM BUM BUM BUM. El veterano carguero apenas se movía, y el poquísimo balanceo era de un período muy lento, la calma chicha acompañada de la Luna hacía que el mar pareciera una gran balsa de aceite aquella noche.
Esta vez fue el primer oficial el que se les acercó con la noticia, el Segundo estaba acostado, tenía guardia de doce a cuatro, y el capitán descansaba también.
Podían pasar la noche los oficiales en el comedor de oficiales, y el resto en el de subalternos, es decir, en el mismo en el que habían “cenado” todos.
Rendidos, mejor dicho muertos de sueño y de cansancio se retiraron a sus respectivos “aposentos”. Jon se tumbó sobre un sofá de sky color granate de los varios ubicados en aquella amplia estancia de mamparos color verde claro, suelo gris y techo empanelado blanco. Incluso en los rincones había algunas plantas que sobrevivían en unas macetas improvisadas de respetable tamaño obtenidas de pequeños bidones de plástico que habían contenido originalmente productos químicos del departamento de Máquinas ¡todo un lujo! ¿Os dais cuenta? plantas de verdad.
Afortunadamente el sistema de aire acondicionado de aquel viejo cacharro era más débil que la ventosidad de un virus, porque en caso contrario los naúfragos se hubieran muerto de frío, dado que ni una manta les fue facilitada.
Somarriba, Porriño y Olivares estuvieron un rato de charla, pero después la estancia quedó en silencio solo interrumpido por el oficial de puente y el de máquinas que a intervalos regulares de aproximadamente media hora les “visitaban” invariablemente con sendas aperturas y cierres de puertas tanto del comedor como del frigorífico que había allí, aparentemente buscaban agua fría para beber.
Jon sospechó que estaban siendo vigilados por orden del capitán Sokolov, ¿qué temían los rusos de unos pescadores caídos en desgracia?, misterio.
Media hora después de acceder a aquel lugar Israel roncaba sonoramente y Somarriba se revolvía cabreado, para él era de todo punto imposible dormir en aquellas condiciones. ¿Cómo iba a dormir así si le costaba hacerlo en una cama? Sabino se encontraba en parecida tesitura, pero éste era más impaciente, hora y media después de entrar en aquel lugar se hartó de repente y salió a tomar el aire.
La noche no fue lo que se dice agradable para la mayoría de los naúfragos, pero hubo de todo, algunos como Israel roncaron como benditos durante horas y otros como Jon o Sabino no cerraron ojo, de todo hay en la viña del Señor.
Amaneció a las seis y Lito se encargó de recordárselo a todos los oficiales por si no se habían enterado:
-Buenos días, ya es de día y se ve tierra- anunció con media sonrisa -Hay café y galletas en el comedor de anoche- agregó
-¡Ostia! café y galletas, nos estás tomando el pelo- exclamó Javier
-Habrá que acercarse antes de que se terminen, mi hermano- dijo Israel incorporándose rápidamente
Marcharon por aquel laberinto de pasillos hasta llegar al comedor de subalternos. Efectivamente había café, leche y galletas, eso sí, de éstas últimas no había muchas, pero supieron a gloria a los maltrechos pescadores medio despiertos que se movían como zombis. Después del frugal desayuno se lavaron la cara con agua fría en el baño donde se habían duchado la víspera y a continuación salieron al convex de babor desde donde pudieron contemplar sin esfuerzo las playas próximas a Gran Bassan por su parte occidental, algunos cayucos de pesca e incluso también pequeños sardineros de cerco que regresaban a puerto. No se divisaba el Sol aquella nubosa y fresca mañana otoñal, solamente se dejaba vislumbrar su claridad por Oriente.
Un poco más al Este, ya casi en la bocana del canal de Vidri, media docena de buques mercantes de diversa índole y tamaño esperaban fondeados su entrada en puerto.
A las siete menos cuarto el motor propulsor del buque mercante comenzó a perder revoluciones hasta detenerse por completo, con la arrancada llegaron hasta las inmediaciones de la boya AN, el lugar habitual donde se toma y se deja al práctico en aquel puerto, uno de los más importantes de todo el África Occidental.
Justo en el momento en que la máquina del carguero ruso arrancaba atrás a Media Máquina Víctor Azark avisaba a Jon Somarriba que subiera rápidamente al puente pues tenía conferencia telefónica.
Medio minuto después el bermeano cogía el microteléfono de manos del capi, Iván Sokolov:
-Jon al aparato, buenos días-
-Buenos días Jon, soy Emma ¿cómo estáis?-
-Estamos bien Emma, gracias, encantado de escuchar tu voz. Solamente el marmitón necesita asistencia sanitaria, tiene un fuerte golpe en una rodilla y otro en las costillas- -- Estamos informados. Nada más estéis aquí en el muelle de SOGEM le enviaremos al hospital en coche, no te preocupes.
Te llamo para decirte que el remolcador “Teck” ha salido a buscaros porque sois muchos para poder transbordaros en una lancha. El mercante que os trae se niega a entrar en puerto-
-De acuerdo guapísima, a mí me importa un comino quién nos meta en puerto con tal de que sea pronto, para poder asearnos y mudarnos como Dios manda-
-Comprendo Jon, pierde cuidado porque en unos minutos tendréis ahí al remolcador y en menos de una hora estaréis aquí. Os estaremos esperando con Edurne Orbe, la Embajadora, está aquí conmigo para sellaros las cartillas de navegación, después os transportaremos al hotel Ivoire Star de inmediato-
-Está bien Emma, de acuerdo y hasta luego- terminó el patrón
El bermeano hizo lo mismo bajo la atenta mirada de Iván, Anatoli y Víctor y les comunicó en su pésimo inglés de que un remolcador venía hacia ellos para recogerles.
El primero de ellos extendió su brazo derecho hacia tierra y Jon girando su cabeza pudo ver cómo el “Teck” había salido ya de la bocana y se dirigía hacia el mercante negro levantando una gran rompiente de espuma nívea.
Jon estrechó la mano de los tres marinos mercantes y solamente acertó a decirles <<Tank you very much>> y <<Good bye>>. Después descendió las escaleras metálicas rápidamente.
Los rusos como de costumbre, habían sido también parcos en palabras a la hora de despedirse, lo hicieron con monosílabos como <<Dásvidantya>>, <<Udáchi>> o <<Shchaslíva>>, aquellos personajes ahorraban hasta en saliva.




