Efectivamente así era, tomé parte en esas los años 72 y 73, en verano a bonitos cada vez que divisábamos un tronco flotando recogíamos los aparejos de cacea porque siempre los llevábamos aunque estuviéramos pescando al tanqueo y nos arrimábamos al tronco. Dos hombres armados con cañas largas lo mantenían al costado sujetándolo por los extremos y otros con las mismas cañas de bonito encarnados sus anzuelos se ponían a pescar chernas.
En aquel entonces ya no había necesidad, en el barco que estaba yo embarcado se comía de vicio pero era por comer algo distinto.
Cuando parábamos de noche pescábamos potas que después comíamos troceadas y guisadas, una delicia. Teníamos un cocinero extraordinario.
Otras veces nos perseguía una bandada de pardelas y mascatos acuciados por el hambre y alguno se enganchaba en los aparejos de cacea hasta que ideé un aparejo para cazarlos a mis 16 años y un día metimos 130 pardelas y 6 mascatos. Las pardelas guisadas después de 2 días en la nevera limpias y salteadas con ajo eran un manjar de dioses. Los mascatos no tanto
