Familiares y amigos estuvieron prudentes, comedidos, en Pedreña...
Desconocedores de vuestro estado físico, tras semejante periplo, os tenían preparado un recibimiento moderado, reparador: una cenita tranquila y a dormir.
Pero, cuando descubrieron que tenéis cuerda para rato y que estábais frescos como lechugas, os esperaron en la siguiente escala, desataron cariño y admiración, y armaron la zambra morisca.




Me alegro mucho.


Os hice unas fotos (muy malas) en las Quebrantas. Por supuesto, están a vuestra disposición. Y sí, sí, yo era el del barquito blanco, chiquitín que iba de aquí para allá sin ton ni son.
