Buenas a todos

Esta isla se convirtió en nuestro lugar de residencia Caribeño durante un mes. Todo el mes de abril estuvimos en Bequia, conocimos también a una española Murciana que estaba casada con un estadounidense, y que todos los años pasaban una temporada por el Caribe. Dejaban el barco en la isla de Granada y volvían para pasar unos 6 meses todos los años.
Los días pasaban entre pesca de arpón, pesca con anzuelos, mariscadas de langostas, de Lambies, barbacoas de pescado, y los consabidos días fijos de bares y resort. Por la tarde siempre un paseo por las desiertas playas de la bahía, y paradas en algún chiringuito para la cervecita, y admirar el atardecer.
El atardecer en el caribe era un acontecimiento diario en esta bahía, el sol se iba perfilando en el horizonte limpio del mar, donde la línea de este se dibujaba perfecta. El ardiente sol caía de un rojizo espectacular, siempre era así, la magnitud de la belleza de la puesta de sol la media la cantidad de nubes y el estado de la atmosfera de esa tarde, pero ese color de intenso rojo se repetía cada tarde. A esa hora ya se veían los tripulantes de los veleros fondeados situarse en la cubierta, para despedir el día, y con el ultimo rayo de sol asomando en el horizonte hacían sonar las sirenas de los barcos, este rito se repetía a diario, a modo de agradecimiento por este privilegio gratuito del que disfrutábamos a diario. La sensación de vida era esa, el privilegio del disfrute de cosas efímeras que te hacían sentir afortunado por lo que tenias la posibilidad de vivir.
La pesca era abundante, sobre todo no había visto tantas langostas juntas. De todos los tamaños, las más grandes para la brasa, y las medianas para el arroz. Había veces que capturábamos algunas pequeñas para utilizarlas como cebo para la pesca con anzuelo.
Comencé a pescar con anzuelo, con aparejo de fondo por las noches, al poco tiempo me di cuenta que era tirar el dinero y perder a diario los aparejos. Pero aparejos enteros, por muy fuerte que pusiera al cordel o resistente que pusiera el anzuelo. Por la noche lo que ocurría que salían a comer los grandes depredadores. Por la mañana lo que quedaba era el hilo al viento desprovisto de cualquier elemento integrante del aparejo de pesca. Incluso rompían el cordel de platico de un aparejo de fondo al uso. Una noche con la linterna en la cabeza empecé a escudriñar las inmediaciones del barco, y por allí pasaban, tiburoncitos, grandes mantas rayas incluso mas grandes que la del video, y claro, cuando un bicho de esos pasa junto al anzuelo se lo llevan todo.
La pesca del anzuelo las pasamos al día, que se daba bastante bien.
Las grandes caracolas denominadas Lambi, eran exquisitas, la primera que cogí me dio un poco de miedo comérmela, hasta que las vi preparar en un sitio local. Era exquisita, es como el pulpo, además muy duro con lo que requiere congelación o muchísimo tiempo de hervido, vamos igual que el pulpo. Se hacían unos arroces de Lambi y Langosta que estaban espectaculares. De ve en cuando nos reuníamos en nuestro barco algunos amigos para degustar estos arroces (en paellera), que no es por que yo lo diga, me salían bastante bien.
Una tarde ya casi al final del mes de abril, otro acontecimiento nos recordó donde estábamos, una gran tortuga, apareció en la playa como a las cinco de la tarde y se puso a desovar. Increíble, como generalmente no había mucha gente en la playa pues estas tortugas salen tranquilas. Lo que ocurre, según me enteré luego es que la población local, se comen los huevos, y si pueden a las tortugas, con lo que existen asociaciones en la misma isla que las tienen en santuarios hasta que las puedes soltar. Aunque se veían muchas tortugas en esta bahía, cuando salías para hacer snorkel y veías una tortuga salían corriendo, no se quedaban. No era igual que en Tobago Cays, que nadie las molestaba y se quedaban a que las pudieras admirar de cerca.
Había una especie de comuna situada (convertida en residencias) en un lugar horadado por el mar, Moon Hole, fundado por un norteamericano.
Este es el inicio del artículo de La Vanguardia que adjunto el enlace, sobre este sitio:
https://www.lavanguardia.com/ocio/vi...sidencial.html
Al norte de Venezuela, en el mar del Caribe, la isla de Bequia es una de las menos turísticas del archipiélago de las Granadinas. Sin cadenas hoteleras, ni servicios, solo playas vírgenes y ambiente tedioso que invita a la holgazanería, es un sueño para los que desean perderse en la naturaleza.
A este rincón perdido llegaron dos neoyorquinos a finales de 1950, Thomas y Gladys Johnston. Se enamoraron de un rincón inhabitado de la isla, accesible sólo a pie o en barco y compraron 12 hectáreas de terreno en los años 60. Y sin ninguna formación, Thomas empezó a construir un campamento, piedra a piedra, junto con huesos de ballena, madera reciclada, y conchas para decorar la estructura. Finalmente se convirtió en su casa.
Como bien dice esta isla invita al descanso y a la holgazanería. La foto principal del articulo es la que se ve desde el mar, desde tierra te ponen pegas para entrar si no estas alojado, hay que llegar a pie.
Como veis esta es de los sitios más privilegiados dende pudimos montar nuestra improvisada oficina. Después del trabajo, nos disponíamos casi todas las tardes a nadar junto a infinidad de peces de colores. Había que tener cuidado a que no te pasara una lancha auxiliar por encima, por lo que había que llevar una boyita, o estar pendiente cada vez que escuchabas un motor cerca.
Los días pasaban inexorablemente anunciándonos el final de nuestro viaje caribeño, el cercano mes de mayo se presumía como el mes de los preparativos, esperando la suerte de días que presentaran la ventana idónea para iniciar el viaje de vuelta a Europa………….. Continuará
Saludos,

