Pues me permito pensar que no necesariamente la afición, como sentimiento, tenga que ir ligada con una estable situación económica.
A los 18 años,pobre como una rata, disfruté como un enano el relato de Bernard Motessier en su obra “ El largo viaje”, como había anteriormente disfrutado leyendo las gestas de Vito Dumas...y si los centenares de miles de franceses unidos por una afición que es un sólido valor nacional tuvieran que medir tal afición con la capacidad de armar un barco,y tener dinero para mantenerlo, no habrían en el continente suficientes amarres para ubicarlos.
La afición nacida de grandes marinos anteriores y posteriores al gran Eric Tabarly, el que decía que solo había en el mundo algo que le interesara y gustara más que el mar, y cuando el más inocente ya barruntaba viendo redondeces sentenciaba, los barcos!!!, estoy seguro se referia a ellos en general y no así a “sus” barcos, aunque al final el más querido de ellos le llevara a la muerte con un inesperado “ rechazo”.
En 1978 tuve ocasión de acercarme a la primera salida de la “ Route du Rum”
Íbamos a despedir a Joaquín Coello que participaba con el Gudrun IV, un slop de 38” en aluminio diseñado por él para la ocasión y sólidamente construído en Bazán.
El espectáculo de los barcos engalanados e iluminados en el puerto de la ciudad amurallada de Saint Malo, muchedumbre, reuniones temáticas, mercadillos, daban un ambiente tremendo.
El dia de la salida de aquella regata, la edición del lamentable “ Manureva ne repond plus” ...y desaparición de Alain Colás, la pleamar cumplía a las 6,30 horas en que todos los barcos debian abandonar el Vieux Port para cerrar compuertas y que no se vaciara. Noche cerrada de un 8 de Noviembre con frío pelón, niebla espesa, pero ya miles de personas en los muelles para vitorear y despedir a sus héroes. Aquello era realmente afición!
Durante las seis horas que trancurrieron hasta la señal de salida se fueron juntando en la bahía hasta, según la prensa, siete mil barcos, algunos con bandera inglesa y que habían cruzado para estar tambien allí. Un bosque de mástiles que impedía ver el horizonte, con incidentes como el de un catamán participante que arrolló al barco de un aficionado que no calculó la velocidad a la que aquél venía ni uno ni el otro tenían espacio para apartarse...
Con el recuerdo tan vivo de la experiencia, ocho años después volví a Saint Maló con mi esposa a presenciar la salida de la tercera edición, aquella en la que desapareceria el gran Loick Caradec a bordo del cata “Royale” de dimensiones quizás exageradas para gobernar en solitario.
El parte de lluvia, viento, y olas, era horroroso y desistimos comprar un billete para ver la salida desde alguno de los cruceros fletados para la ocasión para evitar el previsible mareo con el barco al pairo, atravesado y dando bandazos.
Se nos ocurrió la “brillante idea” de acudir por tierra a las inmediaciones del Cap Fréhel, donde se ubicaba la boya de desmarque dispuesta para que centenares de miles de aficionados vieran desfilar a sus héroes cerca de la costa a lo largo de varias millas.
A ocho Kms de distancia un Gendarme nos ordenó aparcar en una cuneta y seguir a pié hasta el destino en medio de una romería compuesta por gente de todas las edades ataviada con chubasqueros y paraguas.
Llegados al lugar, en los prados de la ladera descendente hasta el mar, miles y miles de personas, al estilo estadio de futbol, música, venta de comidas y bebidas, y al frente, el gran espectáculo de la Marine Nationale, con varias unidades de buques de guerra, otros lanzando potentes chorros de agua hacia el cielo, y en éste vuelos rasantes de aviones dibujando la bandera nacional con los vapores de sus estelas...y la multitud coreando el nombre de cada participante que superaba la boya para despedirle. Recuerdo la imagen de una “ abuela” alzando la muleta con un salut nos heros...y mi extrañeza de como habría llegado hasta allí en tales condiciones.
De vuelta al coche, tras andar dieciseis kms entre ida y vuelta, exhaustos y mojados como un pulpo esperé a escuchar el primer comentario, que no fuera la fundada solicitud de divorcio inmediato, para poder comprobar que mi matrimonio seguía tan firme como la afición que acabada de presenciar, y que tantos paseos por tantos puertos de cuantas ciudades costeras visitábamos igual despertaban para ella mayor interés que el que a los hombres nos despierta transitar por la clásica calle de tiendas, menos mal....
Explico lo qje antecede porque asistí también en el Port Vell de Barcelona a la llegada de Patxi Rivero y Bubi Samsó en la primera edición de la BWR. Verles avanzar con sus bengalas rojas por un puerto desiero y silencioso, y recibirles un grupo de unas cincuenta o sesenta personas a lo sumo, no guardaba la menor relación con la otra experiencia.
Eran españoles que después de meses sin pisar tierra ni ver a nadie llegaban al punto de partida tras circunnavegar el globo, pero eso no interesaba a nadie.
Al dia siguiente, tras leer el número de eruptos, la situación física de los tendones, músculos, estado mental y dietas de los futbolistas de turno, una brevísima reseña de su llegada, y a otra cosa...
Pensé que Barcelona no merecía sinceramente ser anfitriona de similar evento, y lo digo no tanto pensando en autoridades u organización, que también, sino pensando en el pueblo llano que, con o sin dinero, no siente ni sentirá nada, en cuanto a afición se refiere, por la nautica y por las regatas como lo sienten los franceses, los ingleses, los escandinavos, los holandeses, los australianos o los neozelandeses. Es así y no hay que darle más vueltas.:

Saludos
