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Predeterminado Respuesta: Re: La gestión del sueño en navegaciones en solitario

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Originalmente publicado por MISTERCHAT Ver mensaje
Más anécdotas, por favor...
La has hecho buena De hecho, la anécdota se me ha ido tanto de las manos al intentar ponerle “contexto” que recomiendo, a quien quiera ir al grano, pasar directamente al quinto párrafo

Creo que todos los que llevamos algún año en esto pero, al mismo tiempo, seguimos siendo novatos tenemos un montón anécdotas de bailes de luces nocturnos al son del RIPA; reconozco que, desde que tengo AIS, los bailes –sobre todo con mercantes- son un poco menos emocionantes, pero hay una situación que me sigue gualdrapeando los nervios: la que combina, por un lado, un "contrario" que dudas si te ha visto o no y se acerca demasiado a rumbo de colisión, y, por otro, una velocidad y un rumbo propios que te impiden maniobrarle de forma efectiva. Afortunadamente, no es la situación más frecuente, y ahora se me vienen a la cabeza sólo dos anécdotas. Por un lado, la que he contado en Cerdeña de la motora a 25' dándonos alcance, que nos maniobró en el último momento tras descargarle, como último recuso, medio cartucho del gas de la bocina de niebla. La segunda fue en Murcia, que por lo leído de otros cofrades parece el Triángulo de las Bermudas del RIPA

El contexto de lo anterior fue una travesía de 4 semanas que hice hace diez años con mi barco anterior, el Ocam -Puma 29- por todo el Marruecos mediterráneo; salí de Alicante hacia de Cabo de Gata, de ahí -Levantada mediante- cruzamos hasta la frontera de Marruecos con Argelia y desde Saidia fuimos costeando al país amigo hasta Tánger. De todo el tiempo, decidí hacer 3 semanas con algunos buenos amigos y me dejé la última -del Estrecho a Alicante- para navegar en solitario, con un plan en el que mi intención era hacer escala en Gibraltar, Fuengirola, Almerimar, Garrucha y Cartagena. Fue una última semana rápida, en la que tuve muy buen viento y mis tiradas estaban entre 60 y 90' al día; tan buen viento que, empezando a centrar el tiro, a Garrucha llegué con 35' -el Ocam, con dos rizos en la mayor y un foque los maneja bien-, de noche y sin nadie de marinería para ayudarme con un atraque que todavía no me explico cómo terminó de salir (he cometido pifias sonoras con la mitad de ese viento y tripulación). Celebré el buen día de navegación con unas gambas y un pez en el Birras -bar cercano al puerto - debidamente maridadas y al día siguiente amanecí a las 6 AM para hacer el penúltimo tramo, hasta Cartagena.

El día amaneció con poco viento así que, tras dejar atrás la bocana de Garrucha, icé únicamente la mayor para desperezarme mientras hacía las primeras millas a motor; un motor al que, igual que los últimos días, le había costado arrancar -cada vez le costaba mas-. Cuando el térmico empezó a levantarse con ángulo suficiente, tiré de foque y empecé a navegar a vela, a una velocidad aceptable y con el motor inicialmente en marcha y desembragado mientras dudaba si mantenerlo así -por si no volvía a arrancar- o apagarlo. De cada diez veces que lo dudaba, nueve pensaba que era más prudente mantenerlo encendido… así que me bastó la una restante –qué bien se navega sin más ruido que el del mar, etcétera- para apagarlo. Y así navegué unas diez horas a vela hasta que, ya con cabo Tiñoso por el través, decidí volver a arrancar un motor que se declaró definitivamente en huelga, con la mala suerte de que, con los repuestos que tenía a bordo, no tenía capacidad para reparar lo que había dejado de funcionar. Tras pensar en la mejor opción y con el viento que tenía en ese momento, descarté entrar a vela a Cartagena y decidí, aunque me supusiera pasar la siguiente noche en vela, seguir navegando hasta Alicante, donde conocía mejor el puerto y tenía un mecánico de confianza.

El viento fue volviéndose cada vez más perezoso según avanzaba el día, lo que alargó los bordos entre Cartagena y Palos, una costa de una gran belleza sobre la que el atardecer dejó unos tonos rojizos que levantaban el ánimo. Lo que no levantaba era el viento: al pasar Palos era ya noche cerrada y con la medianoche cayó definitivamente el térmico, lo que me dejó a merced de la corriente durante algo más de dos horas; dos horas que fueron largas, porque ya llevaba casi veinte despierto, y porque la corriente, aunque ayudaba a avanzar algo, parecía empeñada en desplazarme hacia el bajo del Farallón, dejándome una casi nula capacidad de maniobra. Afortunadamente, poco a poco fue apareciendo el terral y, con él, pude empezar a navegar y hacer rumbo casi directo a Alicante, a una velocidad que apenas llegaba a los dos nudos. Para añadirle un poco más de romanticismo debo añadir que sin motor, tras veinte horas navegando a vela y el destino a más de diez, la electricidad es un bien escaso y el piloto automático un lujo, con lo que mantener esos dos nudos me obligaba a timonear a mano, ayudándome de la gran sensibilidad de la caña del Ocam para mantener una mínima concentración, aprovechar el débil terral y así poder avanzar a una velocidad digna; con todo, las horas pesaban mucho, y mi precisión de rumbo se aproximaba a la de una vaca con patines.

Pendiente de las horas y el rumbo en una noche sin luna y de encontrar, por proa, el faro de Tabarca, comencé a ver una luz que no podía ser un faro –era fija- y destacaba por su intensidad. Una intensidad fuera de lo común, que, poco a poco, iba creciendo hasta el punto de ser, en un contexto de gran oscuridad, casi cegadora. Dudaba qué estaba viendo y recordaba cómo, hacía unos años, patroneando un chárter con clientes tras dos días sin dormir, en dos ocasiones malinterpreté luces de otros barcos a un límite que rozaba la alucinación. Pero no, no era el caso, la luz brillante estaba ahí, abierta por la amura de estribor, y su irrealidad se debía, sencillamente, a que no tenía la más mínima idea de qué podía ser. Continuaba acercándose, y me preocupaba acercarme demasiado; poco después, comencé a distinguir varias combinaciones de luces blancas y verdes, con las que las dudas se fueron diluyendo hacia lo más probable, que eran pesqueros arrastrando, con la luz blanca brillante como el potente deflector de alguno de ellos. Así que, mientras me ocupaba de mantener el rumbo e intentar trimar para mantener mi esmirriada velocidad, me ocupaba también de no perder de vista esas luces que balizaban varios pesqueros que, cambiando periódicamente su rumbo, tenían preferencia sobre mí. Y, al mismo tiempo -no vaya a ser todo demasiado fácil-, esperaba las luces de una piscifactoría que, a muy escasas millas, debían aparecer a proa.

Recuerdo que, de vez en cuando, miraba también las luces que, silenciosas, quedaban a la otra banda, en tierra; detrás de ellas, y siendo un fin de semana de verano, se escondían los atractivos de tierra. Pensaba en ello y dudaba dónde preferiría estar; también dudaba que, quizás, debido a ellas mis luces serían menos visibles a los barcos que tenía por la banda contraria; y, más que dudar, tras consultar el compás de marcaciones, tuve la certeza de que una combinación de las otras luces, las que me acompañaban por la otra banda y llevaba un par de minutos sin mirar, se dirigían hacia mí sin cambiar de demora, a rumbo de colisión. El acercamiento era lento pero su distancia cada vez menor, y me preocupaba: el pesquero, que arrastraba redes por sus luces, tenía preferencia sobre mí, pero mi velocidad, claramente inferior a la suya, me hacía complicado maniobrarle. No sabía si me habían visto, así que intenté contactarle por radio; tras no recibir respuesta, lancé un mensaje genérico advirtiendo sobre mi poca capacidad de maniobra, nuevamente sin ninguna respuesta. Intenté escanear los distintos canales de VHF para ver si estaban activos en alguno de ellos, lógicamente en vano. Comenzaba a oír su máquina cuando empecé a adivinar las que creía eran las luces de la piscifactoría que, ahora sí, aparecían por la banda equivocada. Seguía sin saber si me habían visto –pensé si el voltaje reducido de mis baterías podía dar a mis luces una potencia insuficiente- y me preocupaba que, aunque sí me vieran, él tenía preferencia sobre mí. Caí a estribor para romper el rumbo de colisión –al pesquero y a lo que calculaba que serían sus redes-, aun a costa de reducir todavía más mi velocidad. Y, cuando la situación iba poco a poco mejorando tras haber pasado un par de minutos, el pesquero cambió su rumbo... que, ahora y claramente más cerca, volvía a ser de colisión, lo que me me llevó a pensar que no me había visto, me subió varias decenas las pulsaciones y me rompió mis pocos esquemas; poco después, decidí caer a babor, hacia mi rumbo original, para ganar algo de velocidad y, separado de él por no mucho más de cien de metros, hacer un rumbo que me alejara del suyo; al tiempo, lancé dos pitadas cortas y afónicas con la bocina de niebla y, una vez en el nuevo rumbo, iluminé mis velas con la linterna, lo que debía hacerme claramente visible a la poca distancia a la que estábamos. Desde el VHF volví a intentar contactar con él y, tras no tener respuesta, volví a cantar mi letanía sobre mi escasa capacidad de maniobra y agónica velocidad y, esta vez sí, escuché a modo de respuesta algo que no sé si fue un “te he visto” o un simple chasquido, pero pareció que el pesquero caía algo más para, al fin, cruzarnos, verde con verde, a unos cincuenta metros. Con los pesqueros ya por popa, la noche continuó sin más novedad que un bonito amanecer frente a Guardamar y, diez horas más tarde, entraba en el puerto de Alicante, tras 4 semanas de una travesía de la que guardo un gran recuerdo y 35 horas ininterrumpidas de navegación en solitario, más de la mitad sin electrónica, de las que guardo un recuerdo algo menos bueno pero algún que otro aprendizaje

En fin, a diferencia de otros hilos, aquí tenéis una anécdota en la que los aprendizajes son, seguramente, más sobre lo que no hay que hacer que lo que sí, en ámbitos que van desde la mecánica hasta otros más vinculados al tema del sueño que da pie a este hilo. En este caso, la "gestión del sueño" se complicó de forma inesperada por partida doble: por tener que navegar una noche “de propina” y por que ir a vela y marginal de electricidad supuso tener que timonear continuamente a mano, por lo que el tiempo de descanso abundó tanto a bordo como –parafraseando a Luis Jar- los espectáculos de variedades. Desde entonces, y por lo que pueda venir, mi primera norma sobre cómo plantear el sueño en una noche de navegación en solitario es llegar descansado a ella por si, caprichos de la mar, el sueño decide no aparecer en toda la noche.

Una ronda para quien haya conseguido leer hasta aquí (eso sí que es aguante y no el de las noches en vela)

Editado por Avante en 28-02-2021 a las 19:41.
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