Dejando la política -"inspiración" de ultramar incluida- a sotavento, comparto mi experiencia como usuario de un coche híbrido enchufable -530e- y un velero eléctrico en origen -Ro340 Eco-.
En primer lugar, en lo que tiene que ver con el vehículo, señalo que es híbrido enchufable porque es un coche de empresa y la política de mi compañía es que toda la flota de vehículos sea híbrida o eléctrica. Es probable que, si esta política no existiera, hubiera elegido, igualmente, un híbrido, aunque en mi decisión habría influido notablemente el tipo de uso que le daría. Y esta mención al tipo de uso la hago porque considero que, hoy en día, un vehículo de estas características tiene tres ventajas fundamentales que varían en función de él:
- En primer lugar, la energía eléctrica que consume ha sido generada por fuentes de energía, a priori, menos contaminantes y con menor huella de carbono que un motor térmico convencional. En el caso de España, en 2020 algo más de un 42% de la energía -eléctrica- generada provenía de fuentes renovables (de ellas, un 22% eólica... la misma que propulsa nuestros veleros) y en torno a un 65% de fuentes que no emiten CO2 u óxidos de nitrógeno de forma directa. El 35% restante se reparte principalmente entre gas natural, fuel y carbón (esta última residual, con menos de un 2.5% del total).
- En segundo lugar, cuando el vehículo funciona en modo eléctrico, no realiza emisiones directas a la atmósfera. Teniendo en cuenta que los COx y NOx son muy nocivos especialmente en concentraciones altas -por eso son un peligro en ciudad-, esto tiene un impacto positivo en entornos urbanos, dado que separamos las fuentes de emisión -centrales eléctricas, con los matices del punto anterior- de los lugares de concentración de población.
- En tercer lugar, y esto es en lo que me parece más inteligente en los sistemas "terrestres" de hibridación eléctrica, son equipos particularmente eficientes en determinados tipos de uso. Esto es así porque aprovechan la energía que en otras ocasiones se desperdiciaría en su totalidad, para generar energía eléctrica con la que cargar las baterías y propulsar, posteriormente el vehículo; en este sentido, tanto la retención como, hasta una cierta deceleración, el frenado, corren a cargo de un alternador que transforma la energía cinética o potencial en energía eléctrica, en vez de perderse en desgaste de pastillas / zapatas de freno y calor.
El caso es que, de estas tres ventajas, las dos últimas se dan únicamente en ciudad. Personalmente, en este entorno circulo siempre en modo eléctrico y, probablemente, de forma más eficiente que con otros tipos de propulsión. Ahora bien, cuando realizo viajes por carretera -hago con frecuencia Madrid / Barcelona-, apenas hago uso de las ventajas anteriores, el sistema prácticamente no carga batería -en autovía, los momentos de frenado son proporcionalmente mucho más escasos- y apenas interviene el motor eléctrico; las ventajas en este uso son escasas y los inconvenientes varios, como tener que cargar con el peso de dos motores -térmico y eléctrico- y un conjunto de baterías a los que no se les da apenas uso. Y aquí podemos sumar el resto de inconvenientes que tienen este tipo de motores, como los problemas de accesibilidad y tiempo de carga, la limitada autonomía en los vehículos 100% eléctricos, el reciclaje de las baterías... o cómo, aprovechando la "moda" de lo eléctrico, varias marcas -entre ellas una sueca que fabrica muchos motores marinos- ofrecen híbridos en coches familiares cuyas opciones de motorización empiezan por los 250 o 300cv en su sistema térmico, lo que, en función de su uso, los vuelve claramente más contaminantes que sus alternativas de motor térmico. No sucede así en todos los casos, pero está claro que la picaresca a veces marida bien con el progreso y habita cómodamente también fuera de nuestras fronteras.
Volviendo al punto anterior, si tuviera que decidir si compro un coche eléctrico / híbrido o convencional y no dependiera de la política de mi compañía -donde la mayor parte de la flota se mueve en ciudad-, lo haría si mi uso mayoritario fuera en entornos urbanos, y no si fuera lejos de ellos. Y todo el "tocho" anterior conecta con la aplicación de esta tecnología en motores de embarcaciones de recreo.
¿Cómo afecta lo anterior en un barco de recreo? En primer lugar, éstos por lo general tienen un uso en el que podrían matizarse algunos de los inconvenientes que aparecen en los vehículos "terrestres"; el caso más claro me parece el de la accesibilidad de su carga, donde casi siempre hay subministro eléctrico en los lugares de amarre y donde aparecen otras ventajas alrededor de ella: los barcos de recreo están mucho tiempo detenidos y, además, tienen espacio para situar medios de carga alternativos (placas solares, eólicos, etc.), si bien su capacidad de carga es proporcionalmente limitada. Dicho esto, con lo anterior se terminan las ventajas y aparecen varios inconvenientes: En primer lugar, las ventajas de eficiencia de las que hablábamos antes en el caso de los coches -especialmente en ámbito urbano- desaparecen prácticamente por completo, puesto que las deceleraciones, muy frecuentes en éstos y uno de sus principales medios de carga, no se dan navegando, lo que reduce drásticamente su capacidad de carga en funcionamiento frente a un vehículo terrestre. Esto tiene un impacto directo en la autonomía, cuyas necesidades en el caso de un barco de recreo son considerablemente mayores, tanto en la teoría -5h pueden ser adecuadas en un coche, pero claramente insuficientes en cualquier velero que aspire tan sólo a saltar entre península y las islas- como en la práctica, donde lo cambiante del entorno marino requiere sobredimensionar la energía que almacenamos a bordo. Por último, la necesidad de contar con un generador térmico que cargue las baterías en caso de necesidad añade complejidad al sistema, matiza sus ventajas en términos de emisiones y hace que el peso se dispare frente a una instalación convencional, asunto nada baladí en un velero, más si tiene, además, alguna aspiración regatera.
Lo anterior conecta mucho con la experiencia que he tenido con mi actual velero, un Ro 340 Eco (motor eléctrico) que ya compré reconvertido a motor convencional. Como he mencionado ya en alguna ocasión, fue un modelo que, en su variante eléctrica, no tuvo ningún éxito, y el lanzamiento no sólo resultó fallido por el rendimiento limitado del conjunto con el que se presentó esta versión, tanto en términos de potencia como de autonomía: ésta andaba en torno a 4h a 4,5 nudos en modo 100% eléctrico, y bastantes horas más tirando de generador: si sólo fuera por eso, creo que habría [no muchos] usuarios que asumirían sus limitaciones a cambio de las ventajas que pudieran encontrar en esta propulsión, aunque no sea mi caso, por el tipo de travesías que realizo. Resultó fallido, ante todo, porque el rendimiento real era, tras unas cuantas millas, muy inferior al planteado: cuando fui a visitar el barco las primeras veces, la autonomía de la batería apenas llegaba a la hora, pasada la cual saltaba el generador y, ahí sí, se anulaban una a una las ventajas -evidentes para algunos, discutibles para otros- que aportaba el motor eléctrico, mientras los inconvenientes -varios centenares de kg de sobrepeso, escasa potencia, etc- permanecían. Tras repetidas visitas de especialistas, el conjunto no alcanzó nunca a su rendimiento teórico, con lo que la empresa que me lo vendió incluía, ya en su oferta, su remotorización a un sistema convencional.
En resumen, entendiendo que los combustibles fósiles tengan los días contados -y compartiendo, de hecho, que así sea-, creo que la tecnología eléctrica presenta, todavía, limitaciones significativas a la hora de ser aplicada a la náutica de recreo. Limitaciones que son evidentes en términos de potencia, autonomía y peso, a cambio de unas ventajas muy matizables considerando que, hoy por hoy, la manera más ecológica y silenciosa que tiene de navegar cualquier velero, no son los amperios... sino la vela.
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