

“… al comienzo de la decada de los veinte, miles de septuagenarios como él habian muerto en las unidades de cuidados intensivos, y en el resto de las camas de los hospitales, en los geriátricos, en sus casas, en las ambulancias… A menudo morian en soledad, sin el acompañamiento ni el consuelo de sus seres queridos. Cuando morian auxiliados por medicos, enfermeras, o familiares, estos estaban uniformados por batas cerradas por delante y máscaras que les tapaban casi toda la cara, menos los aterrados ojos.
Eran miles, decenas, cientos de miles, millones en todo el mundo. Para los gobiernos y sus lacayos de los medios de comunicación, eran una simple cifra, la de los fallecimientos, minimizada entre decenas de datos estadísticos manipulados y cocinados adecuadamente para que el ataque del virus, que ellos, por su falta de compromiso y su desidia, habían convertido en hecatombe, fuese menos ingrato a los ciudadanos, en realidad, sus súbditos. Les hablaban de “olas”, de “inmunnidad de rebaño”, y, como en todas las guerras, escondian “nuestros muertos” bajo la capa “cifras de fallecimientos que hay que lamentar”… y al resto de la población no le iba mucho mejor”