Las alarmas no tienen porqué ser electrónicas todas ellas. Mi viejo despertador de cuerda atronaba mis mañanas con sus dos campanillas antes de que los japoneses empezaran a vendernos aparatos con manuales inentendibles.
El barco de Kirsten, con las manos de Kirsten, obviamente, no sólo es bonito sino que vuela. Esperemos que sea además resistente y el mar del sur no lo rompa. Ya va cuarta, pero la veo llegando a casa la primera.


