Re: HISTORIAS Marineras (contadas por gente común)
Corría el año 1974, yo contaba entonces con 18 años. Estaba embarcado en un barco pesquero dedicado a la pesca del atún con redes de cerco perteneciente a una conocida empresa de Bermeo propietaria de una flota de buques dedicados a esta actividad. La zona de pesca era en el golfo de Guinea, concretamente entre Senegal y Gabon. El sistema de detección y pesca de esta especie por esas latitudes consistía en navegar sin parar durante el día y muchas veces de noche en busca de los bancos de túnidos y para su localización, además de la utilización de los equipos electrónicos de a bordo, buscábamos las “pajareras” y también objetos a la deriva (troncos, palés de madera cuerdas etc) que podían llevar meses o años flotando y que servían de refugio y alimento a centenares de pequeños peces.
La tripulación, compuesta de españoles y senegaleses utilizábamos enormes binoculares instalados en las zona mas altas del barco para detectar los bancos de pescado, bien localizando los pájaros, los objetos y también lo que llamábamos “serguera”, espuma blanca que formaban los cientos o miles de atunes atacando en superficie a los bancos de pequeños peces de los cuales se alimentan. El relato que os quiero comentar comienza en una apacible jornada de navegación cotidiana en busca de los bancos de pescado. Disfrutábamos de mar en calma, un sol radiante y temperatura tropical. Teníamos por nuestro través a unas 10 o 12 millas de distancia la pequeña isla de Annobon, cercana a sus hermanas mayores Sto Tomé y Principe situadas a unas 150 millas al oeste de las costas de Gabón y Guinea Ecuatorial.
En un momento dado alguien desde el puesto de prismáticos grita ¡objeto por la amura de babor!. Al instante, el buque se pone a toda maquina rumbo a una especie de tronco negro y alargado y en todo el barco se prepara la maniobra para largar la red si se detecta que hay pescado comenzando una actividad frenética de todo el mundo a bordo despertando del letargo que reinaba hasta ese momento. Algo así como un zafarrancho de combate en un buque de guerra ante la presencia de un submarino enemigo.
Cual fue nuestra sorpresa cuando estábamos ya cercanos al supuesto objeto y nos percatamos que se trataba de un cayuco, un tronco de unos tres metros vaciado en su interior y afilado en sus extremos con un hombre en su interior y como único medio de propulsión tenía un frágil remo de una sola pala. No es posible pensabas….. la costa más cercana era la reseñada isla que apenas se vislumbraba su escarpada silueta en el horizonte.
El mar era un espejo y el hombre no paraba de agitar los brazos en demanda de nuestra atención. Nos abarloamos a su costado todos observando curiosos desde la altura de un moderno buque de pesca de unos 100 metros de eslora intentando entablar un dialogo con el tripulante de la minúscula embarcación. Se trataba de un hombre de edad indefinida de tez muy oscura, escuálido solamente cubierto con un taparrabos que con una enorme sonrisa que dejaba entrever la ausencia de la casi totalidad de sus dientes, intentaba canjear pescado que tenía a bordo flotando en dos palmos de agua, por comida. Siguiendo las órdenes del capitán, amarramos el cayuco por la popa y subimos al hombre a bordo y nuestra sorpresa fué en aumento cuando este hombre cuando se percató que eramos españoles, no habló con cierta fluidez en nuestro idioma y fuerte acento guineano. Al parecer este hombre era pescador y habitante de la isla de Annobón y nos dijo que llevaba tres días a la deriva y sin la mas remota posibilidad de regresar ya que las corrientes eran fuertes y lo alejaban cada vez mas, extenuado y resignado a su suerte.
Como os podréis imaginar, comió y bebió como no había comido en su vida. Acto seguido pusimos rumbo a la isla con el cayuco a remolque para devolver a este hombre a su casa. Era de un carácter muy alegre y durante el trayecto nos fué contando su vida, la de su aldea y su isla. De su etapa de colonia española conservan el idioma español que lo conocen los mas viejos, si bien las nuevas generaciones ya no lo practican tanto. Como ya he dicho, tenía un carácter jovial y, bien por que estaba alegre por su rescate y regreso a su entorno o por la alegría que desbordaba o por el sabroso marmitako con que le obsequió el cocinero, lo cierto es que hablaba hasta por los codos. Comentó que a principios de los años setenta del siglo pasado, sufrieron una epidemia de malaria o cólera en la que murió mucha gente que les dejó muy diezmados. Entre otras cosas nos dijo que en esa época dependían de Guinea Ecuatorial que les enviaba un barco con suministros y medicinas cada tres o cuatro meses y que durante esa epidemia, los habían dejado abandonados a su suerte sin recibir asistencia médica alguna.
Tras casi hora de navegación, llegamos a la isla de Annobon, una isla volcánica impresionante y paradisíaca, cubierta de una vegetación verde exuberante y salvaje, grandes cocoteros que llegaban hasta el mismo borde de la playa y un pequeño rio de aguas cristalinas desembocaba en dicha playa.
Tras fondear en la resguardada bahía en la cual estaba ubicada la aldea, el capitán hizo acopio de un buen botiquín de medicinas, sobre todo antibióticos y quinina y nos autorizó a bajar a tierra a todo el que quisiera en dos botes.
Obviamente, ante la perspectiva de salir un poco de la rutina diaria y vivir una experiencia nueva, todos excepto los que se encontraban de guardia, optamos por desembarcar. Los dos botes iban atestados.
Hace de esto mucho tiempo y la memoria ya va fallando si bien recuerdo con nitidez un anécdota curiosa. Cuando nos acercábamos en el bote y a escasos metros de la playa dispuestos al desembarco, apareció en la orilla una niña de unos 12 años que portaba una piña de plátanos sobre su cabeza. Al percatarse de nuestra presencia, soltó un tremendo grito y acto seguido tras dejar caer al suelo la piña, salió corriendo como alma que lleva el diablo perdiéndose en la espesa vegetación, como si hubiese sido testigo de una aparición fanstasmagórica. No la volvimos a ver.
Ya una vez en tierra, guiados por el rescatado (Nos dijo su nombre pero no lo recuerdo) y seguidos por varios de los habitantes de la aldea que se habían acercado curiosos nos dirigimos al poblado y, casi tal como se ve en los documentales , consistía en un grupo de chozas redondas cubiertos sus tejados de hojas de palmera en forma circular y una amplia plaza en el centro donde nos esperaba el cacique, y no digo lo de cacique de forma despectiva ni mucho menos, sino que es como ellos le llamaban, algo similar a como nosotros llamamos alcalde al regidor de un municipio.
Además de las mencionadas medicinas, les dimos ropa y comida no perecedera. El cacique (alcalde) se hizo cargo de todo y recibió con mucha atención las instrucciones de nuestro capitán, sobre todo en lo referente a los medicamentos, dosis, síntomas de enfermedades etc.
Tanto para ellos como para nosotros fue un dia de fiesta, les dimos casi toda nuestra ropa, calzado gorras tabaco etc. y ellos nos llenaron los botes de plátanos, mangos y otras deliciosas frutas tropicales.
Recuerdo que en lo alto de un colina a la cual nos llevaron, había un pequeña y humilde ermita, muy cuidada y limpia con un cristo en su altar central al que le faltaba un brazo. Nos contaron el anécdota del brazo pero esto ya no lo recuerdo, lo siento. Nos hablaron de un misionero vasco, muy anciano que venía por la aldea de vez en cuando. Quisimos visitarlo pero al parecer residía en una población mas grande al otro lado de la isla y dicho sea de paso, no existían ni carreteras asfaltadas ni vehículos, solo senderos de tierra en mejor o peor estado.
Tras un par de horas de estancia, se decidió el regreso. De los los dos botes, uno se había ido antes hacia el barco con gente y ya no regresó. Los demás que aún quedábamos en la isla embarcamos en el bote que quedaba e íbamos como en el metro en hora punta y con el agua a unos centímetros de la borda pero estable avanzando despacio ya que no había oleaje. La tripulación eramos mayoría gente joven, fogosa y con ganas de juerga. A alguien le hizo gracia zarandear el bote de lado a lado en mitad del trayecto entre la playa y el barco y el agua comenzó a entrar a pocos por un costado y otro hasta que no hubo ya vuelta atrás. El bote, que iba impulsado a remos se hundió lentamente y hubo que saltar y nadar unos 200 metros hasta el barco. Se perdieron gafas, calzado y hasta hubo uno que perdió la dentadura postiza, y el remate de esta aventura bien pudo costarnos una tragedia.
Con todos en el agua y lejos aún del barco, algún gracioso gritó entre risas ¡TIBURÓN, ME HA ROZADO UN TIBURÓN! Por supuesto era una gracia de mal gusto y así nos lo tomamos casi todos, pero uno de los compañeros le entró angustia. Asustado y con lo ojos abiertos como platos comenzó a pedir socorro mientras ya braceaba y nadaba con dificultad y totalmente descoordinado, llegando a tragar agua porque comenzaba a hundirse y salir a superficie. Suerte que nadábamos todos juntos y enseguida lo sujetamos y tranquilizamos hasta que llegó el bote del barco y lo rescató del agua. El bote hundido se rescató sin mayores problemas del fondo a unos cinco metros sin dificultad y con ayuda de globos inflados de aire en el fondo y bidones vacíos.
Bueno pues este es el relato. Si habéis llegado hasta aquí sin bostezar ya es un logro. Siento el tocho. Saludos
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