Es difícil disentir de Zar, pero llevo tanto tiempo siendo leguleyo que, en unos tiempos en los que todos palpan y se lamentan de una mala ley, por lo menos nosotros los marinos debemos alabar a la vieja ley del mar.
Porque sí, la tecnología ha vuelto a Tapio algo más que una pequeña mancha naranja en la inmensidad de la mar, aunque no ha sido suficiente como para que los rescatadores no tuvieran que rebuscar en los alrededores.
Pero los rescatadores no fueron allí por la tecnología, fueron por la vieja ley.
La tecnología sirvió para que el capitán del mercante, Naveen Kumar Mehrotra, oyera lo contento que estaba su armador de que se desviara del rumbo calculado a la décima de segundo por la tecnología más moderna y que tanta tripulación quita, también escuchara la profecía del cálculo preciso de lo que costaría cuando lo escuchó y efectivamente ha costado en tiempo y por tanto dinero con precisión de al menos seis decimales, gracias por supuesto a la tecnología. Pero si a pesar de todo ello, que para un Capitán Mercante significa que te hable la nómina y el puesto, y que lo que no le dijo el armador, eso de no dormir, y de salir varias veces al alerón del puente, en el que la tecnología no consigue que deje de hacer fresquito, que ya sabía que se lo tenía que comer sin pasarlo por el microondas, fue. Obedeciendo a la ley.
Una competidora, o sea adversaria, desprecinta el GPS, y le mete el tute a su barco de ponerlo a todo lo que da, barco en el que seguirá compitiendo en esa maravillosa piscina que finaliza en el trampolín de Hornos y de la que te saca cualquier cosa que falle, pues eso, que a su tripulación también la mete de guardia, zafarrancho de combate total toda la noche, para qué seguir contando, si el fresquito, los rociones, etc. todos somos capaces hasta de vivirlos. ¿Por qué hace todo eso? Porque obedece a la ley.
Está escrita en las olas, en el viento y en las leyendas y ahora hasta en papeles y boletines. Y es la que salva las vidas que se pueden salvar. La ley que hace que todo lo demás se posponga y se subordine a la misión de rescatar.
Porque sin la ley, al borde de una carretera en la que no estorbes porque no pase ni el tato, sin seguro de grúa, por mucho que llames desde el iphone más caro, no se arrima ni el camionero que va con el tacógrafo recién conectado ni por supuesto tu enemigo acérrimo.
Sin la ley, Tapio disfrutaría de grandes comunicaciones y podría detallar cómo se pasa en una balsa en el Indico, cuánto dura la comida, discutir horas interminables cuánto le cobrarían por recogerlo, "que no es por no ir, que si hay que ir se va, pero es que esa movida cuesta una pasta y no lo voy yo a poner, no sé si usted me entiende", pero en menos de 24 horas no estaba seco y con un ron en el cuerpo y, después, con un plato de sopa caliente rumbo a China.
Brindo por la ley y por sus abnegados súbditos.


