En una taberna no tiene sentido perder los colores. Nadie lo hace de su equipo de fútbol. De lo que estoy seguro (y apostaría que también lo está alguno más de los que leen pero no escriben) es que no perderás ocasión de aplaudir todo aquello que creas bien hecho de cualquiera de sus competidores (del real y del moral).
A mí me ha vuelto a pasar. Caen pronto mis favoritos por simpatía inicial y todos los que quedan (en esto me dan igual las categorías) al pasar Cabo das Agulhas, poco a poco, unos; a toda prisa, otros, otra, me comen la moral. Pero no creo que eso varíe en mucho mi opinión sobre las maniobras o el temperamento al afrontar las dificultades de los distintos participantes. Esto no es el fútbol de gol de penalty injusto en el último minuto.
Estoy seguro de que si cualquiera hubiese tenido la experiencia de conocer a la que se te presentó como un gatito mojado ("nadie le hacía mucho caso ni le prestaba mucha ayuda", perdona que ponga como cita lo que es de memoria, a estas horas, estoy vago para rebuscar), pero que descubriste, dentro de una nube de polvo de lija, una marino con más millas en la mirada, con más cables de acero en los antebrazos y con más madera en las plantas de los pies que muchos viejos cascarrabias con salitre en las venas. Y que ella, a base de arriesgar, dispuesta a hacer más millas que nadie, oliendo los vientos como sólo los mejores lo han hecho, está a poco más de 4000' de ganar el París-Dakar de la mar. Pues eso, coño, que tienes que tener cuidado de no terminar como la Batalla de Samotracia de tanto comerte las uñas.
Es obvio que el botalón es el que permite la operativa del trapo gordo de proa, pero no me ha quedado claro si Don lo vió en Hobart y lo mismo es lo que ha visto ahora Kirsten, o Kirsten ha notado ahora algo que es consecuencia de toda esa etapa empeorando lo que ya sabía desde Hobart.
Mañana lo escucharé más despacio. Y escudriñaré por ahí...


