Discusión: Minitransat 2023
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Predeterminado Re: Minitransat 2023

Historias de la Mini.
en 1981...¿hasta dónde habríamos llegado los marinos españoles si la patria y su administración nos hubiesen tendido la mano en lugar de convertir nuestras singladuras en navegaciones de obstáculos? (Lo decía Pipe Sarmiento en su libro)

El Malu lo era todo para él pero, además, era cuanto poseía. Jordi Nadalmany fue construyendo su barco durante meses en una nave prestada pudo con todo y, sin saberlo ni siquiera él, un día llegó a la línea de salida; extenuado, delgado y consumido.
Helen, una amiga de Cristian Massicot, le cedió algunas de las cosas del regatista francés, que falleció en Cabo Lizard cuando navegaba para tomar la salida. Muchos dijeron que traía mala suerte coger cosas de un náufrago, pero las necesidades de Jordi eran demasiadas como para andarse con supersticiones: por ello no despreció unas cartas de navegación, poleas inexistentes en su jarcia y otros accesorios para completar el precario estado de su barco. "-Con salir creo que moralmente he ganado la regata".

Esta es la historia de su naufragio en primera persona.

“Al salir, el viento era bastante fresco, e iba con rumbo de ceñida subiendo y bajando por una mar de fondo realmente importante. El barco escoraba demasiado; apenas había tenido tiempo de probarlo, por lo que no conocía bien su comportamiento; pero se tumbaba mucho cuando cazaba las velas y le pedía potencia en ceñida. El primer día transcurrió con esa normalidad que se da en los barcos pequeños fabricados por uno en los que hay que ir terminando cosas sobre la marcha. Navegué de ceñida toda la jornada; la marcha era buena, a pesar de que ceñir no era su fuerte al estar diseñado para popas.
El segundo día, desde el amanecer, comenzaron los problemas serios: la escotilla de proa hacía mucha agua. Para cuando lo advertí, la cámara de proa estaba anegada, y como no tenía presupuesto, no había podido instalar una segunda bomba. También se rompió el "reacher", que quedó inservible. Para colmo de males los depósitos de agua dulce empezaron a perder, juntándose con el agua que embarcaba por la escotilla de proa. Todo estaba mojado, las cartas, los víveres, la ropa. Con tanta agua las baterías empezaron a perder su carga y tuve que encender el generador de gasolina, con el peligro de los gases que lanzaba su escape en el interior del barco.

Me estaba ocupando de todo menos de a hacer que el barco navegase. Estaba deprimido y agotado de reparar una cosa tras otra. Así que descuidé la estima y, durante unas horas no sabía en qué punto me encontraba. El jueves uno de octubre me pude situar al través de Ribadeo, lo que me indicaba que había abatido mucho. Para acabar de arreglar mi complicada situación, entre el viernes dos de octubre y el sábado tres tuve que ponerme a la capa, pues la cola del huracán Irene alcanzó las costas españolas. Fue una experiencia terrible con vientos desatados que me hizo preguntarme si lo superaría; pero lo aguantamos, aunque quedé desfallecido.

Con los radiofaros de Estaca de Bares y Cabo Prior pude posicionarme de nuevo. También tomé un par de rectas de altura, a pesar de las nubes que cubrían el cielo y del movimiento del barco, que saltaba entre las olas aumentando paulatinamente las averías.

Pasada la Coruña, decidí dar bordos hacia fuera hasta alcanzar el meridiano diez, para después virar. Hacía 70 millas hacia el Oeste y regresaba a tierra. Convencido de que me encontraba al través de Vigo, el domingo cuatro de octubre hice balance de la situación: según la BBC se esperaban vientos del norte que me llevarían en la buena dirección. Físicamente estaba agotado, ya que el piloto automático no gobernaba bien. Mi cuerpo se estaba llenando de llagas debido a la humedad. Había roto un par de velas y todas las fundas de los sables de la vela mayor, dos candeleros que me arrancó la mar, y otras desgracias más o menos llevaderas. Pensé abandonar, pero tras cavilar un rato y respirar muchas veces decidí aguantar en espera de tiempos mejores.

Aquella noche me costó acomodarme en la litera pero me dormí agotado. Me desperté bruscamente muerto de miedo y congoja. Una ola enorme había roto sobre el barco y lo escoraba de forma brutal. Caí de la litera golpeándome en la espalda y las piernas. Asomé la cabeza por la escotilla de la cámara, y vi un aterrador acantilado definido en la noche. Buscaba una linterna cuando el barco, empujado por otras enormes masas de agua, chocó contra las rocas. La quilla se arrancó de cuajo. Otra ola aún mayor volcó el Malu y lo desarboló, dejándolo volcado con la cubierta apoyada en las piedras. Estaba encerrado y no podía salir.

La mar golpeaba una y otra vez contra los restos de mi barco, y no podía hacer nada por evitarlo. A través del tambucho veía las rocas negras y la espuma blanca que me castigaba con furia. No podía escapar por la escotilla al estar apoyada contra las rocas. El agua comenzaba a subir en el interior de la cámara, y un vértigo que nunca había sentido me invadió al tiempo que era zarandeado por las enormes olas rompientes contra las siniestras rocas que pasaba ante mí con velocidad como en la peor de las pesadillas.

A pesar del intenso ruido, el casco aguantaba, pero el techo de la cabina se estaba haciendo añicos. Los compases colocados en los mamparos saltaron como el corcho de una botella, y comenzó a entrar agua por los agujeros que dejaron. Con prendas de ropa los taponé, aunque el agua entraba ya por el techo. No sé cuánto tiempo pasé dentro de aquella ratonera, hasta que una ola más grande depositó al barco sobre dos enormes piedras, que me permitió salir arrastrándome por el espacio que dejó la resaca cuando se retiró.

No miré atrás, y comencé una loca carrera trepando por las peñas, mientras los trenes sucesivos de olas lamían la pared y casi llegaban a arrastrarme. Llegué arriba del acantilado como pude y anduve durante un rato sin rumbo, mareado y extenuado por la subida. No sabía dónde me encontraba, pero estaba vivo y no tenía heridas graves; solo rasguños por todas partes. Un sendero, que apenas lograba distinguir en la noche, me llevó hasta una edificación: era una ermita solitaria cuya campana repicaba de vez en cuando movida por el viento. Anduve durante una hora hasta que divisé las primeras casas de un pueblo. Eran las seis de la mañana cuando llamé a la primera puerta que tuve delante. Estaba en Camariñas como me dijeron después, y seguía vivo, aunque había perdido mi barco”




Va por él
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