Re: Orcas, averías, risas, aventuras y desventuras en nuestra navegada del Cantábrico
Las zonas conflictivas de nuestra ruta empezaban en Estaca de Bares y continuaban hacia el sur hasta penetrar en el Mediterráneo y a pesar de que en las fechas en que comenzó nuestro viaje no suele ser frecuente encontrar orcas en Galicia, fue desde A Coruña desde donde empezamos a seguir nuestro plan de prevención anti-orcas. En la costa gallega sólo suelen verse a partir del mes de julio aunque antes se pueden emncontrar ocasionalmente, pero de allí hacia el sur, todo era posible así que, aunque sin extremar las precauciones, comenzamos a vigilar desde Estaca de Bares ya que esta temporada la costera del bonito había comenzado pronto y podríamos tener algún percance. Este verano fue a principios de julio cuando una de las familias empezó a moverse desde el Estrecho hacia el norte y, más o menos, teníamos noticias de su avance, así que hasta que llegaran a nuestra latitud decidimos que la única medida que no seguiríamos al pie de la letra sería las de navegar en menos de 20 metros porque la costa gallega es una de las zonas donde es más complicado navegar en aguas poco profundas. Aún así establecimos la norma de dejar siempre cerca y en una bolsa anti-humedad los petardos lastrados y colocar una botella de lejía en cada lavabo listas para ser abiertas rápidamente.
El peligro de encontrarnos con las orcas estaba sobre todo en las zonas más difíciles de navegar; la Costa da Morte, Finisterre y la zona exterior de las Rías Baixas. Teníamos también señaladas en rojo la zona de Peniche, el Cabo Da Roca, El cabo Espichel, ya al sur de Lisboa y la costa de Sines, el Cabo San Vicente y finalmente el triángulo Barbate-Gibraltar-Tanger, pero eso quedaba aún muy Lejos.
Nuestra estrategia de prevención era quedarse en el interior de la Ría de Vigo hasta que pasara el primer grupo de orcas hacia el norte y funcionó a la perfección. A parte de disfrutar de algunos de los fondeaderos más bonitos de nuestro viaje, como son la Isla de Ons, Cies, la playa de Barra, la de Boiro o puertos como el de Villagarcía o Ribeira, fue en esos días en los que la primera familia de orcas subió hacia el Cantábrico siguiendo a los atunes. Unos días después de que pasaran ellas salimos nosotros siguiendo una ruta contraria, hacia el sur y a partir de aquí navegando ya siempre que fuera posible en menos de 20 metros de agua y vigilando nuestro estribor constantemente porque, como de hecho ocurrió este año, nadie garantiza que no haya grupos de orcas más pequeños y sin controlar.
Todo fue a la perfección y navegamos sin incidentes hasta Oporto tal y como habíamos planeado, poco a poco. En Oporto pasamos algunos días, pero a pesar de saber que este año las orcas se estaban dividiendo en más grupos de lo acostumbrado, decidimos salir hacia Aveiro. Fue un día espléndido, soleado, con una ligera brisa del norte que a medio día nos animó a desenrollar el génova y navegar con las dos velas y apoyados en el motor para mantener una buena velocidad media. La mar estaba apenas ligeramente rizada y no había mar de fondo, un par de millas por detrás y siguiendo nuestro mismo rumbo sobre el veril de los 20 metros venía un barco irlandés.
A eso del medio día M iba hablando por teléfono mientras yo controlaba el horizonte por estribor. La profundidad en esa zona baja muy poco a poco, así que iríamos a unas dos millas de tierra cuando a unos 60 grados por nuestro estribor y a unos 500 metros de nosotros vi una aleta y un lomo que por el tamaño no podían ser de un delfín. Lo había visto claramente, sin duda. Llevaba dirección contraria a la nuestra, hacia el norte y no era tan grande como para ser una ballena. Me puse en tensión inmediatamente y en mi cabeza surgió como un relámpago todo el protocolo a seguir, todo perfectamente claro. ¿Serían orcas? Por el tamaño tuve la seguridad de que delfines no eran. Decidí esperar un par de minutos para ver si volvía a verlas. Podría decir que fueron dos minutos eternos, pero no fue así, casi sin darme cuenta volvieron a aparecer, esta vez dos aletas y en la misma dirección, una más grande que la otra y curvadas, no eran aletas de ejemplares macho que suelen ser más altas y mas rectas. Había que salir de allí a toda prisa; puse rumbo a la costa y aceleré el motor casi al máximo. Recuerdo que M me miró intrigada por la rapidez de la maniobra y le dije que colgara el teléfono. En su expresión no vi más que sorpresa cuando le expliqué lo que pasaba, ni ella ni yo sentimos peligro. Entre los dos enrollamos el génova en un santiamén y ya con el barco a casi nueve nudos en dirección a la costa. Volvía mirar hacia el lugar donde había visto aquellas aletas y volví a verlas otra vez, seguían en dirección norte. No sé si serán orcas, le dije a M, pero no nos vamos a quedar a comprobarlo, así que salimos de allí pitando hacia la costa. Avisamos por el canal 16 del VHF al barco que venía detrás nuestro y dimos aviso también a la costera portuguesa. La costera no contestó, pero sí lo hizo el otro barco, que cambió también el rumbo hacia la costa de inmediato y sospecho que como nosotros estuvo vigilando un buen rato la mar por si aparecían las orcas, pero ni él ni nosotros volvimos a verlas.
Media hora después bajamos las revoluciones del motor hasta la velocidad normal de crucero y el resto del día los dos barcos navegamos cerca uno del otro y nos mantuvimos lo más próximos que pudimos de la orilla. No vimos nada más, ni delfines. Nada. Afortunadamente.
No llegamos a saber que eran exactamente, quizás calderones, quizás orcas. Delfines seguro que no y ballenas más grandes tampoco, pero por nada del mundo me hubiera quedado allí para saberlo. Tampoco nos estresamos mucho, simplemente nos mantuvimos alerta hasta llegar al fondeadero de Sao Jacinto en la entrada de la ría de Aveiro, por cierto un muy buen sitio para fondear. La guardia portuguesa no respondió a nuestro aviso, pero al día siguiente se reportó un avistamiento verificado en la misma zona, así que creo que tuvimos mucha suerte.
Nosotros nos quedamos unos días en un puerto seis millas río arriba, justo donde empiezan los canales de Aveiro, en el embarcadero del Club A Vela, un amarre difícil contra corriente sin comodidades, pero tranquilo, barato y con gente encantadora que nos facilitó nuestra estancia en la Venecia portuguesa. Lo recomiendo, pero solo hay una o dos plazas de tránsito, así que hay que llamar por teléfono al club para reservar. Es un sitio ideal para conocer bien Aveiro porque se llega perfectamente a la ciudad caminando y tampoco está lejos de la estación de tren y autobuses para conocer Cohimbra, cosa que hicimos y también recomendamos. Después seguimos en dirección sur, siempre vigilando la mar a nuestro estribor. Próxima etapa Figueira da Foz. Por esta vez nos habíamos librado.
Editado por XALOC en 03-11-2023 a las 11:42.
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