Dicen que no es posible superar la velocidad de la luz. Pues sí. Llegas al amarre, intuyes la maniobra, ralentizas el motor, calculas hacia dónde te llevará el viento, te cuelas entre los dos vecinos mirando de reojo las defensas, paras el barco y... aparecen frente a tu popa los invitados, ya instalados en el pantalán, con sus pertrechos ordenados en los macutos y a punto de partir sonrientes mano en alto para decirte que ha sido un día maravilloso y que se van yendo para no molestar. Coges el bichero, agarras la guía y sonríes. Los perdiste de vista justo entrando en la bocana. Colocaron sus cosas, saltaron al pantalán quién sabe por dónde y, ya estarán en el coche con el aire acondicionado a tope!. Lo dicho: la velocidad de la luz es superable.

