Hasta no hace muchos años alimentábamos la afición de navegar pudiendo comprar barcos a precios razonables, amarrarlos en puertos a precios asequibles, podíamos echar el ancla en un buen número de calas; llegar a otros puertos distintos del habitual y pasar la noche por un precio aceptable; quitarse el gusanillo de acercarse a Baleares y encontrar plazas disponibles, poder repostar sin perder medio día esperando turno... y acabada la temporada con un buen sabor de boca, apetecía acercarse al Salón de Barcelona por el interés de ver las novedades y ponerse al día, pasar por las diferentes tiendas de artículos náuticos simplemente por el placer de compartir un ambiente relacionado con la afición, y sin necesidad de plantearse necesariamente adquirir un barco. Hasta aquí mi experiencia de años.
Hoy los barcos cuestan mucho más que lo que valen; encontrar un amarre medianamente asequible es una quimera; amarrar en puerto ajeno cuesta como hospedarse a un Hotel cuatro estrellas en temporada alta, y por supuesto mucho más de lo que cuesta en Francia, intentar anclar en una cala es misión imposible gracias a la proliferación de prohibiciones y la casi "criminalización" de un acto tan grave y agresivo como echar un ancla al agua, aunque el fondo lo sea de arena; acercarse a Baleares un calvario, y si para celebrar lo bien que marcha la afición con tantas trabas te acercas al Salón náutico, para subir a un barco tienes que pasar por un largo filtro de expedición de datos personales; si de entrada aclaras que es mera curiosidad lo que motiva la solicitud poco menos que estorbas, y cuando resulta que el número de visitantes cae a una tercera parte de la cifra hasta hace bien poco habitual, entonces escuchas a los organizadores cuan satisfechos se encuentran del elitismo que ahora domina el Salón de Barcelona, que ha expulsado así a quienes se consideraban un miembro más de la conocida náutica popular.
Con similar ambiente posiblemente en pocos años la náutica quede reducida a la presencia de unos pocos mega yates al alcance de otros pocos millonarios, veamos los actuales puertos vacíos por el desistimiento de tantos usuarios ya hoy maltratados, las tiendas, talleres, y cuantos servicios hoy completan la estructura de la náutica como la conocimos hayan pasado a la historia y sus empleados en el paro o dedicados a otras actividades menos excelsas.
Nunca he presenciado tales filtros en salones como los de La Rochelle, Cannes, o Cap D´Agde, donde el personal que atiende se desvive con el visitante y su mera convocatoria de celebración atrae masas de aficionados.
Personalmente no veo nada claro que el Salón que nos ocupa vaya a mejor.
