Cita:
Originalmente publicado por ROyOR
Muy buenas Egis, ¿aquí es donde entra la compra de fondos de productores y vendedores de uranio para las centrales nucleares? la subida de estos años ¿van por ahí? Lo pregunto porque no hay otra forma de "fabricar" electricidad en esas cantidades a no ser que sea con las nucleares ¿no crees?
Rafa
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Estamos ante un momento de inflexión energética. No es un cambio cualquiera: es una reconfiguración estructural de cómo el mundo capitalista —o sea, el mundo que le importa al mercado— produce, almacena y consume energía. Y como siempre ocurre en el capitalismo, detrás de la promesa tecnológica hay una lógica de
apropiación que conviene no perder de vista.
I. La irrupción de las «nuevas energías»
La transición energética en curso no se reduce a paneles solares en los techos. Abarca una reconfiguración más profunda: nuevas generaciones de baterías de acumulación (las de litio ya empiezan a quedar atrás), mejoras significativas en energía fotovoltaica y eólica, energía mareomotriz, y el regreso —con nueva tecnología— de la energía nuclear.
El mundo se prepara para un incremento sostenido de la demanda eléctrica durante la próxima década. Los motores son varios: los acuerdos de descarbonización en ciertas regiones del globo, la escalada industrial permanente (cada año se producen más bienes), y —quizás el factor más disruptivo— la explosión de los grandes centros de datos, la inteligencia artificial y la computación cuántica, una tecnología emergente que podría representar el próximo paradigma computacional y cambiarlo prácticamente todo.
II. El retorno de lo nuclear
El contexto: décadas de impasse y nuevo interés
Luego de décadas de parálisis —marcadas por Chernóbil, Fukushima y el estigma político que ambas catástrofes dejaron—, la energía nuclear vive un renacimiento. El interés se reavivó por razones en parte políticas y en parte técnicas, aunque ambas dimensiones están entrelazadas: una vez que lo nuclear volvió a interesar políticamente, se impulsó la investigación técnica, y los avances técnicos, a su vez, retroalimentaron el interés político.
En ese marco, muchas centrales construidas en los años '60 y '70 obtuvieron extensiones de vida gracias a reformas y renovaciones técnicas. Y surgió una tecnología que cambió las reglas del juego: los Reactores Modulares Pequeños (SMR, por sus siglas en inglés).
Los SMR: otra escala, otra lógica
Los SMR son reactores de potencia inferior a 300 MWe, fabricados en serie, que ofrecen energía limpia y baja en carbono con construcciones más rápidas y mayores estándares de seguridad respecto a las centrales tradicionales. Son ideales para redes descentralizadas, zonas remotas y aplicaciones industriales. Su modularidad permite incrementar la capacidad eléctrica de manera gradual, sin necesidad de construir grandes —y costosísimas— infraestructuras centralizadas.
En Estados Unidos, empresas como NuScale Power Corp y otras se encuentran en etapas avanzadas de diseño y producción. La lógica es clara: reactores relativamente pequeños, instalables en parcelas acotadas, cerca de los puntos de consumo.
Argentina: pionera que retrocede libertariamente
Argentina supo ser pionera en tecnología nuclear en América Latina. En ese marco se desarrolló el proyecto CAREM, un reactor modular de diseño nacional con potencial para escalar gradualmente la capacidad instalada. Fue impulsado durante gobiernos que priorizaban la inversión tecnológica soberana. Hoy, el gobierno
libertario de Milei le recortó el financiamiento y el proyecto está en vías de cancelación.
Una decisión que,
más allá de cualquier ideología, implica resignar décadas de know-how acumulado en manos del Estado argentino —y entregárselo, en los hechos, al mercado internacional, que traducido se entiende como EEUU.
III. El uranio: el commodity que nadie miraba
El precio del uranio sufrió una transformación radical desde 2022. A inicios de ese año, el precio spot rondaba los $40-45 por libra. En 2023-2024 escaló fuertemente, alcanzando picos de $100-106/lb en 2024 (en enero de ese año marcó $100,25). En 2025-2026 ha fluctuado entre $80-100/lb, con valores recientes en torno a $89-94/lb (aproximadamente $94,28 en enero de 2026, según promedios de Cameco).
El aumento total representa entre un 100 y un 150% desde los mínimos de 2022. El rally principal comenzó en 2021-2022 y se aceleró notablemente tras la invasión rusa a Ucrania.
Los drivers: demanda, geopolítica y suministro lento
El renacimiento nuclear global es el principal motor del alza. Desde la invasión a Ucrania —provocada, no olvidemos, en parte por la política de expansión de la OTAN impulsada por los Estados Unidos— muchos países revaluaron el nuclear como fuente de energía limpia, segura y de bajo carbono, frente a los altos precios del gas y el carbón, las metas net-zero y las preocupaciones por la seguridad energética.
Los números hablan por sí solos: la demanda de uranio para reactores fue de 60.000-68.000 toneladas en 2022-2024, con proyecciones de un incremento del 28% para 2030 (87.000 t) y una duplicación para 2040 (más de 150.000 t), según la World Nuclear Association.
A esto se suman factores concretos: unos 60 reactores en construcción a nivel global, extensiones de vida en plantas existentes, el boom de centros de datos e inteligencia artificial, y compromisos adoptados en la COP para triplicar la capacidad nuclear instalada.
El resultado es una escasez percibida: el suministro primario cubre ahora cerca del 90% de las necesidades (contra el 78% en 2022), los stockpiles secundarios se reducen, y la nueva producción no responde con la misma velocidad que la demanda, por regulaciones y los bajos precios que rigieron durante años.
Níger: geopolítica y uranio neocolonial
No puede omitirse el caso de Níger. Este país produce unas 4.700 toneladas de uranio anuales, extraídas fundamentalmente por empresas francesas —como Orano— con mano de obra local mal remunerada. París se ilumina con uranio nigeriano, por manos semiesclavas. El esquema es tan antiguo como el colonialismo, apenas barnizado con formalidades corporativas.
El golpe de Estado de 2023, que intentó —veremos si lo logra— sacudir el yugo neocolonial francés, generó incertidumbre y algunas disrupciones en exportaciones, empujando el precio spot de ~$56 a ~$65-72/lb en ese año. Sin embargo, los expertos coinciden en que el impacto fue moderado: la producción continuó en gran medida y otros productores —Kazajistán (40-45%), Canadá, Australia— compensaron. La crisis de Níger añadió prima de riesgo geopolítico, pero no fue el driver principal del alza.
IV. No mires el mineral: mirá quién hace la tecnología
Hay una trampa analítica habitual al estudiar estos mercados: focalizar en el commodity primario —el mineral— y no en la cadena de valor real. Y aquí es donde la economía política se vuelve imprescindible.
Chile es el principal productor de cobre del mundo, el metal más indispensable —más que el litio— para la movilidad eléctrica y la electrónica en general. Y una parte importante de su pueblo vive en condiciones de precariedad mientras ese cobre se extrae, procesa y exporta. El commodity se arranca del suelo sudamericano y el valor se captura en las cadenas industriales del Norte global.
El uranio no es distinto. El verdadero valor no está en la libra de U₃O₈ extraída en el Sahel o en Kazakhstan: está en quien diseña y fabrica los reactores, en quien domina el enriquecimiento del combustible, en quien posee la patente del SMR.
David Harvey acuñó y desarrolló el concepto de acumulación por desposesión para nombrar exactamente esto: el capitalismo no se distingue por producir valor —eso lo ha hecho la humanidad desde el Homo habilis—, sino por apropiarse de ese valor. La tecnología energética del siglo XXI seguirá este patrón: los países periféricos proveerán las materias primas y la mano de obra; los países centrales se quedarán con las rentas tecnológicas, las patentes y los contratos.
Entender esto no es un ejercicio académico: es la condición para no repetir, como sociedad, los errores de resignar soberanía tecnológica —como le ocurre hoy a la Argentina con el CAREM— en nombre de la
eficiencia de mercado y el derecho de una libertad para hambrear al pueblo.