Me acaricias
con tu cuerpo revoltoso
cubriéndome de algas
o de pececillos despistados
que resbalan entre mis dedos
como tu espuma blanca,
como el canto melifluo y sincopado
de tus risas y de tus quejas.
Me sumerjo en ti
y me mandas tu mensaje
de caracolas lejanas,
o me golpeas duramente con tus olas
zarandeando mis silencios
que quieren esconderse
del otro lado del inicio del levante.
A veces me arrastras,
me llamas desde tus corrientes
escondidas y falaces
susurrándome con tus resacas
promesas de sirenas y jardines
mar adentro...
Y a veces estoy a punto de creerte
Ondulas y escarceas
tu cuerpo inmenso y soberano,
tu cuerpo trasparente
y sin embargo impenetrable...
Me meces y me agredes
con todo el enigma de tus aguas
distintas y distantes
y sin embargo tan cercanas
que me llaman por mi nombre:
“Baja, sumérgete en el cristal
de mi cuerpo cambiante,
ven a ver mis delfines
y mis tiernos hipocampos,
baila con mis pulpos y mis estrellas,
abraza el profundo silencio
de mis simas y mis rocas”.
Y desde este alta mar
que besa tu cuerpo hoy calmo
yo dudo de continuo
entre la tierra que me atrapa,
el aire que me lleva
y el agua que me llama.
Te digo: “espérame,
dile a tus peces y a tus algas,
a tus misterios insondables,
a tus enigmas manifiestos,
que estoy preparando mi camino
para el último buceo”.
Y una brisa suave y vaporosa
acaricia tenue mis mejillas...
Luís E. Prieto


