He escrito un cuento para poner alrededor de las fotos que he hecho. Ahí va.
Vikingo
Juan E. Pérez de Treviño y Jiménez-Malo se sentó sobre la cama de la revuelta habitación del hotel de cuatro estrellas en la que Amaranta y él, hacía escasamente dos horas, dormían plácidamente. El hotel daba al puerto deportivo de la ciudad y Juan había estado mirando, unos minutos antes, a través del ventanal, tratando de vislumbrar los altos palos del velero que ambos iban a comprar a las 12 en punto de esa mañana. Pero no los vió; la neblina y el marasmo de arboladuras de las embarcaciones amarradas en primer término se lo impedían. Miró el reloj: las diez. Se acordó de los largos palos de los veleros de los que le hablaba ella.
- Palo mesana, trinquete, menor ¿o era mayor? ¡Vaya usted a saber!- se dijo- ¡Caray con tanto nombre!. Pues y los de “cangreja” “juanete” “velacho” “gabia”...
A él lo único que le importaba era estar con Amaranta (el era de secano, caramba) y a Amaranta sólo le interesaba navegar. Pues navegarían. De momento comprarían un Castro Sloop o algo así (para él era más fácil recordar el
hydroxypropyltrimonium chloride, por su profesión, o cualquier nombre de setas tóxica, como la
lactarius torminosus, por afición, que el nombre de cualquier mástil o vela). Menos mal que el tipo aquel que conocía Amaranta le había conseguido, por 3.000 €, un título canadiense de algo parecido a Capitán de yate. Ella, extranjera, gobernaría el barco, pero para salir en aguas españolas era conveniente que el título y los papeles estuvieran a nombre de él.
Tres meses hacía que Amaranta había entrado en su farmacia, contoneándose descaradamente y le había embrujado con su hermoso cuerpo y su gracejo. Dos meses más tarde eran inseparables y el ya estaba dispuesto a dejar el pueblo salmantino -donde siempre había vivido y donde poseía, aparte de la farmacia, una extensísima heredad- para seguirla por esos mares de Dios. Amaranta le convenció de que en ese pueblucho se pasaría otros 43 años tan aburridos como los 43 anteriores. Ella le enseñaría a vivir, sólo tendría que vender la farmacia (nunca le había dicho a ella lo de las tierras, no se lo preguntó) y comprar un barco con el que recorrer el mundo. Amaranta, curioso nombre. Impuesto por una madre que adoraba a García Márquez –al menos eso decía ella. Él, sin embargo, sospechaba que no era su verdadero nombre y que, igual que él ocultaba el Eulogio que se escondía tras la E. que seguía a Juan, Amaranta ocultaba, tal vez, un degradado, por la castellanización, nombre yanqui o francés típico en el subcontinente del que ella procedía y que en España sonaba ridículo por los sonoros apellidos españoles que solían acompañar estos nombres.
Se estremeció al recordarla. Alta, esbelta, con su abundante pelo rojo, grandes ojos color ámbar, piel dorada por el sol, anchas (quizás en demasía) caderas y senos que parecían querer salirse del amplio escote de sus chillones vestidos o ajustadas camisetas. Sonrió. Si doña Soledad, su madre, de exquisita elegancia, siguiera viva, habría dicho que llevaba dos tallas menos de la que necesitaba y eso, unido a los estampados de vivísimos colores y los abandonados movimientos, le hacían presentar ese porte tan chabacano. A él todo esto le “ponía”. Sonrió de nuevo, esta frase habría hecho que su madre tuviera un soponcio.
Juan se levantó y volvió a mirar por la ventana. ¿Dónde se había metido la alegre pelirroja? Miró el reloj de nuevo: las once. Cuando a las ocho y veinte se había introducido en la ducha, ella le había gritado desde fuera: “Bajo a la peluquería, mi amor, ahorita mismo me regreso. Se pasó la mano por la rapada cabeza. Habían quedado a las 12 con el holandés dueño del velero y todavía tenían que sacar el dinero de la cuenta bancaria que había abierto tras cerrar el trato de la farmacia.
- Lo sacaré yo sólo –pensó- así iremos ganando tiempo.
Buscó en la maleta pero no encontró la cartilla. Sí encontró el título canadiense que le convertía en todo un señor marino. Sonrió. Se lo echó al bolsillo del pantalón y se dispuso a salir.
- Miraré en la peluquería del hotel –pero allí no la encontró.
(Continuará, ya es muy tarde). Sofía.