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Crimilda Crimilda esta desconectado
Hermano de la costa
 
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Predeterminado Re: Cuento marinero ilustrado

Capítulo ocho: Tecnicismos

Juan observó detenidamente los chicotes y aflojó ambos, para deshacer los ochos hechos firmes en las cornamusas y los cabos se soltaron. Lanzó ambos cabos sobre el cemento gris del pantalán en un alarde marinero. La proa del velero, liberada, se desplazó ligeramente hacia atrás y el improvisado patrón, sujetándose en el obenque de babor, caminó ágil hacia la popa. Soltó el de babor y tras éste, el de estribor, observando fijamente como se hundían en el agua brillante. El motor seguía en marcha y aunque el velero no se movió de su sitio, Juan percibía una especie de aleteo bajo sus pies.

-Hay que salir de aquí -se dijo- y empuñando firmemente la manija del motor, la desplazó ligeramente hacía atrás.

El velero inició un desplazamiento muy ligero y desde su popa, Juan veía como la proa se alejaba lentamente del pantalán cabeceando muy suavemente.

-Despacio –murmuró- si sigo atrás me empotraré contra aquella motora.

Observó atentamente la proa y a continuación ladeó la cabeza para ver la evolución del barco que devoraba el espejo de agua mientras acercaba su popa al resto de las embarcaciones. Juan sujetó la rueda de la embarcación con una mano y decidió que ya era suficiente. Con la otra mano, cambió la manija y le dió avante.A continuación, agarrando la rueda con ambas manos la giró.

Todo estaba saliéndole a pedir de boca gracias a su curiosidad innata, que le había hecho fijarse atentamente aquella mañana en los movimientos efectuados por el tipo de al lado al zarpar. Empezó a cantar Light and Thunder, siguiendo la letra y el ritmo del conjunto que estaba sonando con fuerza.

Pero por alguna desconocida razón el barco, que hasta entonces había recorrido atrás un buen trecho del espejo marino, inició su marcha hacia delante. Su proa se acercaba ahora peligrosamente al barco que estaba situado a estribor.

¡Le voy a dar! –gritó- y un crujido confirmó inmediatamente su raudo pensamiento.

El barco seguía desplazándose en línea recta y Juan volvió a girar bruscamente la rueda para intentar que la proa del velero obedeciese y dejase de crujir contra el barco de estribor. Tras unos momentos de tensión y sin saber cómo, Juan se vió en mitad del pantalán, el barco libre y dirigiéndose a la salida del pequeño puerto.

Diez minutos más tarde, la bocana se había quedado atrás y Juan, agarrotado y como fundido a la rueda, teniendo delante la inmensa masa azul sin más límite que el horizonte, comprendió por primera vez lo que sintieron los diez mil de Jenofonte. El también grito eufórico: ¡Thalassa, Thalassa!

Continuará (sólo quedan dos capítulos, pronto sabréis el desenlace)


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Editado por Crimilda en 26-06-2008 a las 23:02.
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